domingo, 6 de marzo de 2011

La cultura en el conocimiento humano

En abril del año pasado envié un trabajo en el curso Diálogo de Civilizaciones y Diversidad Cultural, coordinado por el profesor Antonio Castellanos y dentro del máster Cultura de Paz, que titulé "La cultura saharaui. Una cultura milenaria en un contexto conflictivo". Lo que aquí aparece se corresponde con la primera parte, en la que hago una breve reflexión teórica acerca del concepto de cultura.




Una duda epistemológica inicial

A la hora de iniciar este trabajo me he visto envuelto en varias dudas, derivadas, en parte, de la manera de tratar la información de la que dispongo; y, en parte, de la forma de abordarlo epistemológicamente. Ello me ha obligado a tener que ordenar mis escasos conocimientos en el campo de la antropología y de la sociología, también de la historia, a la vez que buscar nuevas fuentes de información, con el fin de profundizar un poco más.

Definir la palabra cultura supone un reto, en la medida que depende tanto de la disciplina que se tome como referencia como de la   perspectiva elegida en una de esas disciplinas. En un diccionario de Antropología (Álvarez y Álvarez, 1986) se parte de la idea de una “herencia social de una sociedad” para a continuación referirse a un conocimiento total de “creencias, usos, costumbres y normas”, dentro de lo espiritual, así como “técnicas heredadas” y “el equipamiento técnico” de una sociedad, dentro de lo material. En otro diccionario, éste de Sociología (Strobl, 1980), muy en la línea de la anterior, se distingue lo material de lo inmaterial. Harris (2000, pp. 165-166) define la cultura como el “estilo de vida total, socialmente adquirido, en un grupo de personas, que incluye los modos pautados y recurrentes de pensar, sentir y actuar”.

Teniendo en cuenta a Lévi-Strauss

Francia quizás sea el país europeo-occidental donde se ha hecho más hincapié en la totalidad social como una estructura donde conviven distintos niveles. Desde el paradigma estrictamente marxista se ha destacado el modelo de la base económica / superestructura política e ideológica, la autonomía de cada nivel y la determinación en última instancia de lo económico. Teniendo en cuenta que esta tradición racionalista no es exclusiva del marxismo, otros paradigmas, más o menos próximos con aquél, como el de Annales o el estructuralismo de Lévi-Strauss, también se han visto influidos. Incluso en el Reino Unido ha habido historiadores que se les puede encuadrar dentro del marxismo estructuralista, con Perry Anderson como el autor más relevante.

Acercándome a Lévi-Strauss he podido comprender mejor todo esto, para lo que me ha ayudado la relectura parcial de su obra Antropología estructural y algunos trabajos sobre él, como La estética de Lévi-Strauss o un artículo de Althusser.

Para el padre de la antropología estructuralista, la estructura no es una realidad empírica que se pueda observar, sino un modelo teórico desde el que se puede explicar la realidad social. Huye, de esta manera, del modelo inductivo y con él de la observación permanente de los acontecimientos en principio aislados, aunque después puedan ser comprendidos desde su análisis a posteriori. Opta, por tanto, por el modelo deductivo, de base cartesiana y de las ciencias positivas actuales, desde la formulación de una hipótesis a verificar que sirva para construir una teoría explicativa. Para él las diferentes culturas, tan diversas a través del tiempo y en la actualidad, tendrían unos patrones comunes de conductas, mitos o lenguas, lo que permitiría entender sus características y los cambios que se producen en ellas.

Su obra ha sido ampliamente reconocida, incluso por quienes, de alguna manera, le han criticado en mayor o menor grado. Es destacable, por ejemplo, que el etnocentrismo dominante  haya ido perdiendo terreno en los estudios antropológicos y en las otras ciencias sociales en favor de una mayor valoración de la pluralidad cultural. Considerándose él mismo marxista, fue duramente criticado desde ese campo por quienes, reconociéndole sus importantes aportaciones a mundo de la antropología, osó extender su teoría al conjunto de las ciencias sociales, incluyendo la Historia.

Conocer para comprender y actuar

El conocimiento humano no es más que una continua búsqueda por comprender la realidad en todas sus manifestaciones. Dotarnos de modelos teóricos para intentar comprender la realidad pasada y presente no tiene por qué ser incompatible con aprender de las experiencias vividas. Para quienes nos planteamos proyectos sociales  para el presente desde posiciones igualitarias en todos los órdenes de la vida y respetando la pluralidad de expresiones, el dotarse del conocimiento de la realidad sirve de gran ayuda. Pero esa conciencia de las cosas, para que sea útil, no debe separarse de la acción, de lo que Marx llamó praxis o, si se quiere, del suceso del que hablaba Thompson. Quien esto escribe, quizás por deformación profesional, no puede por menos que referirse a la Historia entendida como una disciplina  global. Ha habido historiadores que así lo han hecho desde el estudio de la realidades culturales, en especial las culturas populares (Batjin, Thompson, Vovelle…).  Concebir la realidad social, siguiendo al propio  Thompson, como una síntesis de “las relaciones productivas en las que el hombre nace” y la manera en la que “las experiencias se manejan en términos culturales: encarnadas en tradiciones, en sistemas de valores, ideas y formas institucionales” (Kaye, p. 162), supone una forma de tratar la cultura desde una dimensión más amplia que el mero análisis de aspectos como el arte, la literatura o la música, entre otros, tratados de una forma yuxtapuesta o alejada de la realidad social.

Isidoro Moreno (2002, p. 138) se ha referido a la cultura como “el conjunto de representaciones colectivas, de cogniciones y valores” que, entre otras cosas, “dotan de significado a la existencia de los individuos y del pueblo que se identifican con ella, especialmente a través de los elementos que en cada época son seleccionados como marcadores de identidad”. La noción de identidad resulta para él como uno de los elementos centrales de las actuaciones humanas.

En este trabajo se ha buscado un tratamiento de la cultura desde una perspectiva que abarca lo material y lo espiritual, lo material y lo inmaterial, las relaciones sociales y las expresiones de un pueblo… También teniendo en cuenta una concepción dinámica, que entiende que las relaciones y las creaciones humanas se sitúan dentro de un proceso continuo de construcción colectiva donde las personas actúan por sí mismas y en relación a las otras, y donde cada cultura está sometida a las influencias mutuas con otras, lo que hace que a la vez que se transforman, también mantienen rasgos de identidad propios. 


Bibliografía

ALTHUSSER, L. (1966). Sobre Lévi-Strauss, en http://www.scribd.com/doc/16175213/Althusser-Louis-Sobre-LeviStrauss-1966 (consultado el 1-12-2009).
ÁLVAREZ, A. y ÁLVAREZ, J. A. (1986). Antropología cultural. Diccionarios Ridoduero. Madrid, Rioduero.
FONTANA, J. (1992). La historia después del fin de la historia. Reflexiones acerca de la situación actual de la ciencia histórica. Barcelona, Crítica.
GINER, F. (1996). Sociología. Barcelona, Península.
GUILHERME, J. (1978). La estética de Lévi-Strauss. Barcelona, Destino.
HARRIS, M. (2000). Introducción a la antropología general. Madrid, Alianza.
HARRIS, M. (1990).  Antropología cultural, 3 vv. Madrid, Alianza.
KAYE, H. J. (1989). Los historiadores marxistas británicos. Un análisis introductorio. Zaragoza, Universidad de Zaragoza.
LÉVI-SRAUSS, C. (1968). Antropología estructural. Buenos Aires, Eudeba.
MORENO, I. (1979). Cultura y modos de producción. Una visión de la antropología desde el materialismo histórico. Madrid, Nuestra Cultura.
MORENO, I. (2002). La cultura andaluza en el comienzo del tercer milenio: balance y perspectivas, en Revista de Estudios Regionales, n. 63, http://www. revistaestudiosregionales.com/pdfs/pdf717.pdf, pp. 137-157 (consultado el 29-03-2010).
STROBL, W. (1980). Sociología. Diccionarios Ridoduero. Madrid, Rioduero.

sábado, 5 de marzo de 2011

Tristes guerras

Ignoro en qué momento concreto escribió Miguel Hernández estos versos:

Tristes guerras
si no es amor la 
       / empresa.
Tristes, tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.

Tristes hombres
si no mueren de 
          / amores.
Tristes, tristes.

La conocida editorial argentina Losada los incluyó en 1963 con el número 90 de los poemas, de un total de 98, dentro de la obra Cancionero y romancero de ausencias, cuya fecha de elaboración se sitúa entre 1938 y 1941, sobre lo que no hay discrepancias. La primera edición, publicada por Lautaro, salió a la luz en Argentina en 1958 con prólogo de Elvio Romero. No hay coincidencia con el número total de poemas ni el orden del que nos ocupa. Se sabe que los fue anotando a mano en un cuaderno escolar y quizás por ello se pueda concluir que, estando entre los últimos de todas las ediciones, "Tristes guerras" podría haber sido escrito en 1941.

Cancionero y romancero de ausencias fue surgiendo durante los últimos meses de la guerra civil española y los dos primeros años de la posguerra. Un contexto enormemente duro para el poeta con la muerte de su primer hijo en octubre de 1938, la pérdida de la esperanza sobre el transcurso de la guerra y la derrota definitiva que lo llevó al calvario de la huida a Portugal, los dos encarcelamientos, los juicios y la enfermedad que acabó siendo mortal. Un tiempo también enormemente duro para su gente, por la que se entregó como militante comunista durante tres años en los frentes de batalla como combatiente de la cultura.

Según nos cuenta José Luis Ferris, el título del libro lo había puesto el propio poeta en la portada del manuscrito. Elvio Romero lo ha calificado como "su poemario más entrañable". Javier Pérez Bazo (citado por Ferris) se ha referido como una "autobiografía íntima, especie de cuaderno de bitácora por las sendas del alma". José Antonio Serrano, por su parte, ha escrito que "El morir diario ya de por sí es bastante para aniquilar a un hombre y mucho más si ese hombre es un poeta". María de Gracia Ifach, en el prólogo de la Antología de Miguel Hernández editada por Losada, escribió en 1960 sobre el poeta y el libro: "A golpes de corazón y de conciencia, su soledad y su tormento surgen en los versos con fuerza más vívida y profunda".

Decir que "Tristes guerras" está entre los poemas que mejor sintetiza el sentido de la obra no creo que esté extraviado -me quedo, no obstante, con los versos de "Llegó con tres heridas…"-, pero vienen muy bien para ilustrar este tiempo de guerras, de todas, las que nunca acaban. 


Bibliografía de referencia

Ferris, José Luis (2002). Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta. Madrid, Temas de Hoy.
Gracia Ifach, María de (1975). Prólogo de Miguel Hernández, Antología. Buenos Aires, Losada.
Hernández, Miguel (1975). Cancionero y romancero de ausencias. El hombre acecha. Últimos poemas. Buenos Aires, Losada. 
Romero, Elvio. Miguel Hernández en América, en http://www.miguelhernandezvirtual.com/xml/sections/secciones/biblioteca_virtual/pdf/actas_i/poetica/poetica14.pdf
Serrano Segura, José Antonio. La obra poética de Miguel Hernández, en http://jaserrano.nom.es/mhdez/index.htm#_9._Cancionero_y

jueves, 3 de marzo de 2011

Simiente del odio

Vitoria, 3 de marzo de 1976. En plena huelga general, cuando salían de una asamblea celebrada en la iglesia de San Francisco de Asís, los trabajadores de Forjas Alavesas fueron atrapados por los disparos a mansalva de la policía armada. El resultado final fueron 5 muertos. El clamor de repulsa se extendió por todo el país y traspasó las fronteras. Fue una muestra más, la más feroz, de la incapacidad del gobierno, llamado aperturista, de Arias Navarro para llevar a cabo el lavado de imagen del régimen franquista. Su ministro de Gobernación, el de la represión, era Fraga Iribarne, que por aquel entonces había acuñado una frase que daba miedo: “la calle es mía”. Durante esos días no tuvo escrúpulos en justificar lo ocurrido y lo que hizo: “aquello de Vitoria había que aplastarlo, porque estaba dirigido por dirigentes que manipulaban a la clase trabajadora y eran pequeños soviets que se estaban gestando y había que extinguirlos”. La Salamanca antifranquista conoció la noticia con dolor. Ese día una asamblea de distrito en la facultad de Medicina había dado lugar al inicio de un nuevo encierro en el edificio de Anayita, donde, por distintas razones, confluyeron estudiantes y penenes de la Universidad. Varios días después, el 7, se celebró un acto religioso por las víctimas. Tuvo lugar en la iglesia de San Martín, donde su párroco, Andrés Fuentes, se había ganado desde un  tiempo atrás la fama de crítico con el régimen por sus homilías dominicales. Uno de los muertos, José Luis Castillo, era además originario de un pueblo de la provincia. En ese acto estuve yo y después en la manifestación que le siguió discurriendo por la calle Toro. Duró poco, porque pronto  fue disuelta por la policía, que llenó el silencio de la noche con el sonido de las sirenas y contaminó el aire con el metal frío de la violencia. La misma que días atrás había sesgado cinco vidas. La misma que estaba dejando un reguero de sangre por las calles de las ciudades del País Vasco y de otros lugares. Hasta un total de 18 muertes hubo en ese año del 76: Elda, Alicante (febrero); Tarragona (marzo); Basauri, Vizcaya (marzo); Baracaldo, Vizcaya (abril); Montejurra, Navarra (mayo), con dos; Madrid (mayo); Santurce, Vizcaya (julio); Almería (agosto); Madrid (septiembre); La Laguna, Tenerife (septiembre); Santesteban, Navarra (noviembre); y Madrid (diciembre). Simiente del odio. Un año después salió a la luz Campanades a mort, una cantata con orquesta y coro compuesta por Lluis Llach e interpretada por él mismo. Es muy bella, aunque resulte paradójico, y emotiva. Sirve para recordar lo ocurrido. Para no olvidar. 

Recordando al monte Vitoscha





































Según regresaba de mi paseo diario se me ocurrió la posibilidad de reproducir una de las anotaciones que casi diariamente escribía durante mi estancia hace 27 años en la capital de Bulgaria, Sofía, mientras disfrutaba de una beca de estudios de postgrado. Pensé más concretamente en una breve estampa que dediqué al monte Vitoscha, por lo que nada más sentarme delante del ordenador no dudé en hacerlo. Sólo cuando acabé de transcribirlo fui consciente de la fecha exacta: un 3 de marzo, como hoy.
Ha sido una pura coincidencia. Y bonita.

Es Vitoscha para los sofietzi algo así como su montaña sagrada. Es frecuente en las grandes ciudades tener un pulmón que sirva para oxigenarse de las cargas que lleva consigo estar sometido a la presión ambiental de millones de almas, miles de automóviles, trabajo diario, ruido de “civilización”, contaminación del medio, stress… Aunque Sofía no es una ciudad donde esos elementos sean dominantes, porque conserva parte de la herencia del pasado y ha sabido crear unos cánones urbanísticos menos salvajes que los de las grandes ciudades del mundo capitalista, bien es verdad que al cabo de una semana laboral de 5 ó 6 días se ansíen los momentos de descanso y esparcimiento. Y qué mejor lugar para hacerlo que esa montaña privilegiada donde a las nieves del invierno se le unen la permanente presencia de los pinos, robles o cedros que se reparten por doquier o las rocas graníticas desnudas o tapadas de verde y blanco, según dicte el tiempo, todo ello enmarcado en las pendientes que se alzan arriba y abajo y que ofrecen a los ojos del que las mira el encanto y la grandeza de la madre naturaleza.

(Sofía, 3 de marzo de 1984).

miércoles, 2 de marzo de 2011

Un paseo por el enjambre de gentes

No sé por qué razón mis visitas a Málaga hacen con frecuencia un hueco para acercarme al Rastro durante las mañanas de los domingos. Eso hice hace tres días, aprovechando además el tiempo más que primaveral que nos ofreció el día. Después de un largo paseo previo por las calles de la ciudad, llegué a la zona subiendo por la orilla izquierda del río Guadalmedina, con el cauce seco ya, como la mayor parte del año, excepto cuando los pocos días de lluvias obligan a abrir la espita del pequeño embalse del Limonero que protege a sus habitantes de las riadas. Unos cien metros antes de llegar al puente de la Rosaleda ya estaban situados entre acacias y naranjos los cada vez más numerosos puestos de frutas y verduras que regentan camperos y calós en mayor medida. Pasar entre cajas de tomates en rama o cherry, cebollas sueltas o en manojos, cabezas de ajos, calabacines blancos y verdes, fresas (“a dos cincuenta el kilo”), plátanos canarios y bananas americanas, limones y naranjas, muchas naranjas, de la vega del Guadalhorce, y tantas cosas más es hacerlo por un pasillo que avisa  de lo que va a ser la gran aglomeración de gentes que cada domingo transitan, miran, preguntan o compran en medio de un ruido incesante de voces de todas las clases. Girando a la izquierda me encaminé por el puente, donde las cajas de frutas fueron disminuyendo para dar paso a una mayor variedad de oferentes, en su mayoría de menor escala que hasta utilizan una silla para exponer su mercancía, sin que falte alguna compañía de telefonía rara con sus empleados encorbatados cazando clientela. Una vez pasado el puente y girando de nuevo a la izquierda me encaminé por la calle más transitada y donde, según mi parecer, mejor se condensan las sensaciones. Por allí pululan, vendiendo u observando, calós, bereberes, lumpen, sudacas, europeo-orientales, guiris de diversa procedencia, negroides de varias tonalidades, payos, payas y hasta gentes que parecen de mejor ver. Situados en mayor medida al principio están los puestos mejor montados, donde no faltan, poniendo por caso, artículos de ferretería, electricidad y hasta electrónica, zapatos, cintas y discos, o minerales para coleccionistas. Adentrándonos hacia el corazón de la calle y hasta su final, que es el principio del sentido contrario, abundan más los puestos dispuestos  con mantas sobre el suelo por donde se “arrastra” de todo, pero viejo, cutre, raro, roto o empolvado por la suciedad y el paso del tiempo: libros, lámparas, revistas, discos duros de ordenador, radiocasetes, cuadros, tebeos, marcos, pomos de puertas, estampas, bisagras y tantos objetos más que sería largo enumerarlos. En medio se pasean quienes venden bebidas, que llevan en carros y que enfrían con trozos de hielo, y también en medio se sitúan quienes ofrecen a voces calcetines, pilas o alguna cosa más. “¡Venga: doce pilas por dos euros! ¡No engaño, son de garantía!”, decía un gitano. “¡Tres pares de calcetines, dos euros!”, hacía lo propio más adelante otro. No faltaba quien lo ponía más barato: “¡Cuatro pares de calcetines, dos euros, oiga!”. No sé la diferencia que podría haber entre una oferta y otra, pero, por lo dicho, los primeros eran “de la marca Nai”. Por mi parte fui a lo mío, en busca de algún libro que mereciera la pena por barato y atractivo. Mucha colección repetida con los mismos temas de literatura o biografías, enciclopedias del año la pera, libros religiosos más de ayer que de hoy, manuales de bachilleratos antiguos y universitarios, ejemplares de obras ofreciendo felicidad y vida sana, novelas románticas amarillentas... Me agaché en varias ocasiones para ojear varias obras y estuve tentado de coger alguna, pero finalmente desistí. Acabada la calle y girando en esta ocasión hacia la derecha, me encaminé por otra de las calles laterales hacia la otra parte del Rastro, esta vez con la novedad del vendedor de pan cateto, el reencuentro con los puestos de frutas y la aparición de los de ropa, donde no faltaban los de ropa íntima, como el que ofrecía “Slips de coton” a no sé qué precio y pensando para mis adentros en plan jocoso si en el decir su vendedor añadiría una tilde para pronunciar “slips de cotón”. Girando de nuevo a la derecha me enfilé por el lateral situado junto a la calzada transitada por los coches del paseo de Martiricos, donde quizás se encuentren los puestos más señeros. Mi intención era hacerme con un saco de tierra para maceta que me habían encargado, por lo que decidí preguntar en los dos o tres puestos que por allí se encontraban. No intentaba tanto cotejar precios como su peso, pensando más en el regreso a casa. Aunque hacía tiempo que me había quitado el jersey abierto que saqué de casa, empecé a notar que la camisa de invierno, sin molestarme todavía, podría resultarme incómoda a la hora de la comida, por lo que decidí también buscar un puesto para hacerme con una camiseta de manga corta. Atrás iba dejando banderas de todos los colores, ropas de invierno y de primavera, más para ellas que para ellos, zapatos y zapatillas, artículos de piel baratos, empleadas, ahora, bien vestidas de compañías baratas de telefonía, discos acompañados de música a toda pastilla, vendedores de almendras salás y obleas de Salamanca, o el bar adecentado. No faltó una gitanilla joven que volteaba con sus manos ropa íntima femenina mientras gritaba: “Venga, venga, dos tangas a un euro”. De nuevo en otro de los vértices del recinto, esta vez el cuarto y último, al poco volví a girar a la izquierda con la intención de coger la primera calle interior, donde sabía que había mayor cantidad de puestos de ropa. Esta vez dejé de lado los puestos que en el frontal norte, mirando al campo de fútbol de la Rosaleda, están dedicados a hierbas olorosas, especias, frutos secos, aceitunas, caramelos, miel… En otras ocasiones me he parado a coger jengibre, pimienta en polvo o en grano roja, negra y blanca, canela en rama, nuez moscada, cilantro, cúrcuma, curry, cominos… Y por supuesto el té, que tiene para mí el atractivo de la combinación de tipos, ingredientes y lugares de procedencia: té negro, té verde, té rojo, té blanco y té rooibos, que solos o acompañados de pétalos de rosa, almendra amarga, hierbabuena, cacao, mango y tantas cosas más dan lugar a los  sugerentes nombres de senda del Himalaya, pasión turca, gran muralla, frutas del bosque, fragancia de pétalos de rosa, pasión de primavera, ruta de las Indias… Ya en la calle de la ropa, noté que abundaban más la de ellas, sobre todo de las más jóvenes, que de ellos. Y según avanzaba, no vi nada de camisetas de manga corta. Un poco desesperado, volví a la calle lateral de los coches, donde acabé encontrando el único puesto con camisetas de primavera y verano y del que salí, pagando siete euros, con una de color rojo garabateada en negro con unas palabras en inglés y que me pareció más atractiva que las otras. Como al lado estaba uno de los puestos de plantas, compré también un saco de tierra que abultaba más que pesaba y, cansado, me dispuse a irme. Según iban dejando atrás los puestecillos de los aledaños que ofrecen las cosas más variadas, en uno de ellos acabé comprando un libro de teatro de Fernando Arrabal de la editorial Cátedra conservado en buen estado. “Si se lleva usted más, se los puedo dejar más baratos”, me dijo la buena mujer que me atendió. Sin aceptar la oferta, pagué el euro que me pidió, dejé el enjambre de gentes y me encaminé, por fin, a casa después de casi dos horas de paseo.     

viernes, 25 de febrero de 2011

¿Ironías de la historia?

Me he enterado hoy que hace unas semanas se ha rechazado en la Universidad Autónoma de Barcelona el nombramiento como doctores honoris causa a los historiadores Jordi Nadal y Josep Fontana. Estoy sorprendido y mucho. Al parecer se han esgrimido como argumentos que no reúnen méritos suficientes para recibir tal distinción, lo que resulta contradictorio con unas trayectorias intelectuales que han tenido, además de su producción científica y labor docente, el haber estado entre los impulsores de la Universidad Autónoma de Barcelona. También se han hecho comentarios acerca de sus adscripciones políticas, siendo tachados de españolistas e incluso “marxistas españolistas”, algo que no deja de ser incongruente, dado que los dos profesores fueron decididos luchadores antifranquistas y defensores de los derechos históricos de Cataluña. No han faltado tampoco referencias a un posible castigo por el hecho de que los dos acabaran recalando a la Universidad Pompeu  Fabra. No está de más leer lo que han escrito al respecto Salvador López Arnal y Ricard Fernández.  

He indagado acerca de las razones que se han dado por quienes se han opuesto a tales nombramiento, pero no he encontrado nada, lo que me resulta, además de sorprendente, sospechoso. Pese a ello suscribo lo que se dice en un escrito firmado por numerosas personas del mundo académico y de la cultura que se ha publicado hoy mismo en Rebelión: “nos parece que negarse a reconocer la trayectoria y los méritos de los profesores Fontana y Nadal es un acto de miseria moral del que no podemos hacernos cómplices con nuestro silencio”.

Para mí los dos son de los historiadores que más me han marcado en mi modesta trayectoria vinculada al estudio, la enseñanza y la investigación históricas. A ellos me refiero explícitamente en mis clases de Historia de España y de ellos utilizo fragmentos de algunas de sus obras para intentar que el alumnado comprenda mejor sus entresijos.

De Fontana me resultaron imprescindibles libros como La quiebra de la monarquía absoluta o Cambio económico y actitudes políticas, de donde aprendí las claves de los primeros momentos de la revolución liberal en España y determinados aspectos del desarrollo histórico a lo largo del siglo XIX, donde su autor aúna las correlaciones existentes entre los cambios económicos y los políticos en contextos concretos. En el caso de Nadal, ¿quién no conoce El fracaso de la revolución industrial en España? Título polémico en sí, supuso un paso vigoroso en el análisis e interpretación del fenómeno de la revolución industrial en nuestro país, señalando las limitaciones que hubo en los inicios de ese proceso. Desde caminos distintos, los historiadores coincidieron en que una de las claves para entender el desarrollo histórico español estuvo en las dos grandes desamortizaciones agrarias del XIX, donde se conformó una estructura agraria desigual  territorialmente y muy polarizada en la mitad sur. Los dos historiadores fueron a su vez coautores del capítulo “España 1914-1970” de la Historia económica de Europa (6). Economías contemporáneas que coordinó Carlo M. Cipolla.

De Nadal también puedo referirme a La población española (siglos XVI al XX), una de las primeras obras en nuestro país dedicada al estudio de la demografía histórica. Por su parte, de Fontana son La historia, La historia después del fin de la historia y La historia de los hombres, propios del campo de la teoría de la historia o, si se quiere, de su epistemología. La primera fue un referente en España a finales de los setenta sobre las nuevas formas de enfocar el estudio de la historia, fuera de la tradición anquilosada heredada del franquismo; y la segunda, escrita al poco del fin de la Guerra Fría, una rica reflexión sobre los caminos más que diversos que estaba tomando la investigación histórica y, ante todo, un desmontaje del mito del fin de la historia que por entonces se propalaba.

¿Ironías del destino? ¿De la historia? ¿Ironías?


domingo, 20 de febrero de 2011

¡Vaya cruz la del nacional-catolicismo!

De niño, no recuerdo hasta cuándo, nos ponían en fila a lo largo de la galería del colegio mirando hacia la bandera roja y gualda, mientras cantábamos lo del “Cara el sol con la camisa nueva / que tu bordaste en rojo ayer”, para acabar gritando “¡España, una. España, grande. España, libre!”. Años después, ya adolescente y en el colegio de curas donde estudié el bachillerato elemental, una de las canciones a la que más se recurría en las misas era la que empezaba con los versos de “Juntos como hermanos, / miembros de la Iglesia, / vamos caminando / al encuentro del Señor”. Esta tarde la he vuelto a tararear mentalmente, como un acto reflejo, mientras leía una noticia sobre la irrupción de once mujeres en un acto de recuperación de la memoria de las víctimas del franquismo cantando las dos canciones.

El pueblo abulense de Candelada, en el corazón de la sierra de Gredos, se ha visto alterado por dos sucesos, con motivos distintos, pero relacionados, que hunden sus raíces en ese tiempo nebuloso que se resiste a clarear. En una fosa común del pueblo fueron enterrados el 8 de septiembre de 1936 siete cuerpos, sin que se sepa dónde pudieron enterrarse otros más. Y allí han permanecido hasta hace casi un  año, sepultados por la tierra levantada para ocultarlos y por la aún más pesada losa del olvido.

El deseo de recuperar la memoria de las víctimas, aprovechando el último suspiro de vida de quienes fueron testigos de esos años, llevó a que el pasado 15 de mayo se exhumaran los restos que había en la fosa, de los que en ese momento sólo se habían identificado los de cuatro personas. Julio Serapio Sánchez, con una edad cercana a los 90 años, fue testigo con apenas 12 de lo que ocurrió y gracias a él se ha podido llegar hasta allí.

En las actuaciones que le siguieron, el gobierno municipal, encabezado por un militante -¡ay!- del PSOE, no ha hecho más que poner impedimentos. Aunque aceptó que se levantara un mausoleo en el cementerio, se opuso a que aparecieran los colores de la bandera republicana, poniendo como justificación que sólo se levantara para “dignificar a las víctimas, siempre que no sea motivo de fricción”. Y hoy, cuando se procedía a su inauguración y en medio de la emoción de quienes, asistiendo, querían dar un poco de luz y color a la sombra del olvido, a once mujeres no se les ha ocurrido otra cosa que recurrir a los sones que teníamos que cantar durante los años del nacional-catolicismo.         

Producción de alimentos y crisis políticas

En 1991 Lester Brown advertía que la agricultura era el sector de la economía donde resultaba “más patente el contraste entre los indicadores económicos y ecológicos”. Ilustraba esa frase con datos sobre la producción de granos: si durante las décadas anteriores había habido un incremento sostenido e importante en todas las regiones del mundo, en los primeros años de la década de los ochenta esa tendencia se cortó, iniciándose un lento descenso en la producción per capita, variable según las regiones, que en 1990 aún se mantenía. Sólo África fue la excepción, pues fue en 1967 cuando vio paralizado su crecimiento. Para Brown la  espectacularidad de la subida en la producción de alimentos entre 1950 y 1984 estuvo claramente relacionada con el uso de los fertilizantes, que se multiplicó por nueve durante ese periodo. La explicación de lo que estaba ocurriendo las buscaba en los límites de la naturaleza, al haberse dado una sobreexplotación de las tierras, agravada por la extensión de las tierras de cultivo a zonas marginales menos productivas y en proceso de desertificación; y también de las aguas, lo que estaba ocasionando el descenso de los niveles en los acuíferos.

Acabando el siglo, el mismo autor concretaba aún más la advertencia hecha siete años antes: “escasez de alimentos: una señal de alarma”. Lo que en la década de los ochenta había señalado como un cambio de tendencia en la producción de alimentos en relación a las décadas precedentes, ahora lo aumentaba en grado con su calificación como alarma. El artículo de Brown estaba claramente relacionado con un mundo bastante distinto: de un lado, por el desplome de la URSS y los regímenes de los países europeo orientales; y de otro, por la entrada en escena de los llamados países en vías de desarrollo, un grupo de países emergentes dentro del modelo de crecimiento económico tradicional situados especialmente del Extremo Oriente y Latinoamérica.

El resultado de todo ello fue que durante la década de los noventa continuó el aumento de la demanda de alimentos, y más en concreto la de cereales, lo que estaba relacionado con una mayor diversificación de la dieta alimenticia desde la ingesta de las féculas de arroz, trigo o maíz tradicionales hacia la carne, los huevos o los productos lácteos. Lo que resultaba evidente era que se había planteado un nuevo reto: sólo en los países del Extremo Oriente y de la península del Indostán, salvo Japón, la población superaba los tres mil millones, siete veces superior a la que tenían EEUU y Europa occidental medio siglo antes cuando, tras la Segunda Guerra Mundial, dieron el salto hacia una dieta más diversificada y más rica en proteínas de origen animal.

El nuevo impulso en la producción de alimentos se basó en los países en vías de desarrollo en una combinación del uso creciente de fertilizantes y del cultivo de especies seleccionadas que se consideraban más productivas. Esa opción mostró, una vez más, sus límites inherentes, derivados de los que marcan el uso de fertilizantes en sí como de la sobreexplotación de la tierra y el agua. EEUU, por su parte, como una potencia agrícola orientada a la exportación de productos y simientes, recurrió a la explotación de tierras que había mantenido en reserva. Pero en esta ocasión surgió una novedad, desde el  momento que también los precios de los productos se mostraron como un nuevo límite: la demanda de alimentos empezó a superar claramente a la oferta. Si entre 1950 y 1993 los precios de los cereales principales bajaron en una media anual entre el 2 y el 4%, desde 1993 se dio una inversión de la tendencia. Durante la primavera de 1996 se duplicaron, lo que fue motivo para que Brown planteara como una posibilidad lo que podría ocurrir si esa subida se mantuviera prolongada: “podría generar tensiones económicas y políticas de una magnitud sin precedentes”.

En 2009, con motivo de la publicación en España del libro Salvar el planeta, Brown fue categórico sobre la situación en que se encuentra el planeta durante una entrevista: “Las tendencias medioambientales que hemos seguido las últimas décadas -deforestación, erosión del suelo, retracción de los glaciares, expansión de los desiertos, subida de los niveles de CO2- avanzan implacables”. Teniendo en cuenta que vamos hacia un “colapso total”, su propuesta no dejaba de ser menos categórica: “Hace falta una ‘movilización de guerra’ para transformar la economía y hacer frente al cambio climático”, rememorando así lo sucedido en 1941 cuando durante la presidencia de Roosevelt se reorientó el aparato productivo estadounidense para poder afrontar el esfuerzo de guerra contra Japón y Alemania.

Hace unos días Paul Krugman en su artículo “Sequías, inundaciones y alimentos”, ampliamente difundido en los medios de comunicación, ha intentado dar una explicación a la explosión política que se está viviendo en los países árabes. Para el premio Nobel de Economía estadounidense no resulta ajena la relación que hay entre la crisis alimentaria que se está viviendo, “la segunda en tres años”, con esos acontecimientos, dado que “los precios mundiales de los alimentos batieron un récord en enero, impulsados por los enormes aumentos de los precios del trigo, el maíz, el azúcar y los aceites”. Una explicación de la subida habría que buscarla en el calentamiento de la Tierra y las secuelas de sequías e inundaciones que está dejando en numerosos países. “Los records de temperatura no sólo se batieron en Rusia, sino en al menos 19 países, que representan una quinta parte de la superficie terrestre del planeta”, ha advertido Krugman, que también ha recordado la gravedad de otras situaciones recientes, como la sequía en Brasil o las inundaciones en Australia. 

Las noticias sobre lo que está ocurriendo parece que vuelan. Sería largo referirse detalladamente a ellas. No está de más nombra al Banco Mundial, una organización poco sospechosa, que acaba de informar que desde el verano pasado la subida del precio de los alimentos ha aumentado en 44 millones las personas que viven en la pobreza, advirtiendo del riesgo que corren varias decenas más.

El cambio climático es una realidad que se está mostrando no sólo en las imágenes que nos ofrecen las televisiones de ciudades anegadas por las lluvias, suelos agrietados por falta de agua e incluso personas sudorosas buscando cualquier lugar u ocasión para refrescarse. El propio Lester Brown matizaba el título de su libro diciendo que lo que estaba en peligro no es tanto el planeta como la especie humana. Cuando hace más de una década planteó los riesgos que podía conllevar la acción humana sobre la naturaleza como generadora de estallidos económicos y políticos, ahora  Krugman los ha puesto de manifiesto con motivo de las rebeliones políticas en los países árabes. 

Fidel Castro en un reciente artículo ha hecho una reflexión sobre lo que está ocurriendo en nuestros días y se ha referido ampliamente al artículo de Krugman. También ha recordado su intervención hace veinte años en la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, donde advirtió que “nuestra especie estaba en peligro de extinción”. No le ha faltado tampoco referirse en su artículo, en lo que es algo más que una anécdota, a “la cara sonriente de Bush padre” y a “la monumental mole del Canciller alemán Helmut Kohl”, que “propiciaba la impresión de que nada podía perturbar el feliz sosiego de nuestro espléndido mundo”. Era el momento de la felicidad de quienes habían resultado vencedores de la Guerra Fría. Fue una victoria política que abrió las puertas a lo que empezó a llamarse globalización, la extensión por doquier de las políticas económicas neoliberales y la idea de una arcadia feliz que llevó a Francis Fukuyama a teorizar sobre el fin de la historia. Pero también fue el momento en que se estaba incubando lo que vendría después, lo que vivimos hoy y, quién sabe cómo, lo que puede ocurrir mañana. No está de más reflexionar sobre estas cosas.  


Publicaciones de referencia

Boix, Vicent (2011). Otra crisis alimentaria y al “Dios mercado” no hay quién le tosa, en Rebelión, 16 de febrero, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=122403 &titular=otra-crisis-alimentaria-y-al-%E2%80%9Cdios-mercado%E2%80%9D-no-hay-qui%C3%A9n-le-tosa-.
Brown, Lester R. (1991). Un  nuevo orden mundial, en Lester R. Brown (dir.), La situación en el mundo 1991. Un informe del Worldwacht Institute sobre el desarrollo y el medioambiente. Madrid, Apóstrofe, pp. 17-43.  
Brown, Lester R. (1998). El futuro del crecimiento, en Lester R. Brown, Christopher Flavin y Hilary French (dir.), La situación del mundo 1998. Informe anual del Worldwacht Institute sobre Medioambiente y Desarrollo. Barcelona, Icaria, pp. 23-53.  
Brown, Lester R. (2009). Salvar el planeta. Plan B: ecología para un mundo en peligro. Madrid, Paidós.
Castro, Fidel (2011). La Humanidad hay que empezar a salvarla ya, en Rebelión, 17 de febrero, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=122545. 
Fresneda, Carlos (2009). El mundo que viene. Lester Brown, en El Mundo, 28 de febrero, http://www.omau-malaga.com/subidas/archivos/arc_2070.pdf.
Fukuyama, Francis (1988). ¿El fin de la historia?, en www.cepchile.cl/dms/archivo_ 1052_1200/rev37_fukuyama.pdf
Krugman, Paul (2011). Sequías, inundaciones y alimentos, en El País, 13 de febrero, http://www.elpais.com/articulo/primer/plano/Sequias/inundaciones/ alimentos/elpepueconeg/20110213elpneglse_3/Tes.
ONG Plan Internacional (2011). La subida de los alimentos hunde en la pobreza a 44 millones más de personas, en Rebelión, 17 de febrero, http://www.rebelion.org /noticia.php?id=122573&titular=la-subida-de-los-alimentos-hunde-en-la-pobreza-a-44-millones-m%E1s-de-personas-. 

jueves, 17 de febrero de 2011

Me lo sigo preguntando

El documental dura poco más de 23 minutos y se titula "Piratas". Se puede ver también desde la página electrónica de Cuba Información. No tiene desperdicio. Profundiza en un asunto muy manipulado del que la opinión pública poco conoce. Después de que las potencias imperialistas, incluidas las otrora colonizadoras, hayan ahogado cualquier intento de soberanía real, Somalia, al que se incluye dentro de la categoría perversa de los estados fallidos, sufre una cruel explotación de sus recursos naturales, en especial los pesqueros, a la vez que sus aguas son objeto de descarga de material tóxico y radiactivo, que son a su vez causa de numerosas enfermedades y muertes entre la población que vive junto a la costa. Una crueldad en grado superlativo, clara muestra de los límites a los que está llegando la codicia de quienes sólo tienen como objetivo el enriquecimiento cueste lo que cueste y caiga quien caiga. En este contexto operan quienes, llamados piratas, defienden sus recursos. Ya me referí en otra ocasión a ellos con un artículo titulado "¿Quiénes son los piratas?" Y eso mismo me sigo preguntando.

Una masculinidad todavía no extinta

"No tardé en llegar a la conclusión de que los tan cacareados 'encantos femeninos' no son femeninos en absoluto, sino sólo un reflejo de la masculinidad, y que ellas los han desarrollado para darnos gusto, porque no tienen más remedio, sin que sean en absoluto esenciales para la auténtica plenitud de su gran función existencial". Así se expresa Jeff Margrave, uno de los protagonistas de la novela Dellas. Un mundo femenino, una obra de la escritora estadounidense Charlotte Perkins Gilman, publicada en 1915. Pudiendo ilustrar tantas cosas, viene como anillo al dedo sobre espectáculo que Silvio Berlusconi está protagonizando desde hace tiempo y que cuenta con la complicidad de quienes le protegen, imitan y justifican. Menos mal que los movimientos ciudadanos contrarios a ese modelo de masculinidad tradicional, la de "los hombres de verdad", van tomando más cuerpo y se van extendiendo. Pero que conste que nada de lo que hace, dice y defiende con orgullo sería posible si no fuera porque se siente respaldado social y políticamente.