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martes, 3 de junio de 2025

Mariana Pineda


Federico García Lorca la inmortalizó en una obra dramática que llevaba su mismo nombre, pero su figura ya pertenecía a la leyenda como una heroína de la lucha por la libertad en una época de tiranía y oscurantismo. Nacida en Granada en 1804, poco sabemos de ella que no sea su vinculación a una familia acomodada y los avatares de una mujer que desde muy joven se vinculó a la casusa liberal frente a quienes defendían el viejo orden feudal y absolutista. No era frecuente en aquel tiempo que las mujeres jugaran un papel activo en la vida pública, ni siquiera cuando los derechos políticos que se empezaron a reconocer después de su muerte dejaron marginado a ese género durante un siglo todavía. Una causa, la liberal, que arrancaba en nuestro país de la defensa de la Constitución aprobada en Cádiz en 1812 en el fragor de la guerra contra el ejército napoleónico y que el rey Fernando VII se empeñó en derogar tras su regreso dos años después, mientras había quienes lo aclamaban al grito de "Vivan las caenas". Una gente, la liberal, que defendía una nueva forma de entender las relaciones políticas basadas en los derechos individuales, la soberanía nacional o la separación de poderes. Todo, en una época de cambios, donde el triunfo definitivo de la burguesía como nueva clase social dominante estaba pronto por llegar, los enfrentamientos y la violencia de uno y otro lado estuvieron presentes y crearon víctimas como la que representa Mariana Pineda, entre otras muchas. En este caso, el personaje que nos ocupa fue acusado de confeccionar un estandarte o bandera que tenía inscritas la palabras "Libertad, Igualdad, Ley". Por ese simple acto, penado como delito, fue condenada a muerte y, rechazando el arrepentimiento y la delación que le propusieron a cambio de salvar la vida, fue pasada por el garrote el 26 de mayo de 1831. Se sabe que escribió una carta de despedida en la que decía que moría por la libertad y por la patria.

(Fue publicado en Ciudadano de Barbate, n. 33, enero 1999).

miércoles, 21 de mayo de 2025

Rafael Pérez del Álamo


La semana pasada, visitando con un grupo de amigos y amigas el municipio cordobés de Iznájar, que está situado en la Subbética, me topé con un mosaico de cerámica dedicado a Rafael Pérez del Álamo. Se encuentra en la plaza Nueva del pueblo, próxima al castillo. Hace bastantes años, en 1997, le dediqué una breve semblanza en el boletín Ciudadano de Barbate (n. 22, diciembre). Ahora lo reproduzco.

 
A mediados de siglo XIX en Andalucía estaba culminando un proceso iniciado décadas atrás mediante el cual las propiedades agrarias fueron pasando del pequeño campesinado o los ayuntamientos hacia los grandes propietarios, quienes también se habían aprovechado de la venta de tierras expropiadas por el Estado a la Iglesia. La reacción del campesinado no se hizo esperar, como lo prueban las revueltas que protagonizaron reclamando las tierras usurpadas. A su vez, aumentaba el descontento político de amplios sectores de la población, testigos de la pantomima de libertades y de la corrupción reinante que les impedía, entre otras cosas, votar o asociarse libremente. En este contexto apareció Rafael Pérez del Álamo, granadino de Loja, hombre de la clase media-baja (era albéitar) que se erigió en 1861 en el líder de una revuelta  con unos diez mil campesinos armados, que llegaron a tomar Loja, con el fin de derribar la monarquía y recuperar las tierras perdidas. Justificó su actuación por "el advenimiento del bienestar social, convirtiéndose todos los hombres en usufructuarios de los instrumentos de trabajo". Fracasada la sublevación, pudo huir y, a pesar de la dureza de la represión (seis ajusticiados y más de cien encarcelados), al año siguiente se benefició de un indulto, temerosa la reina Isabel II de empañar el viaje que realizó por Andalucía. En 1868 participó en la revolución que destronó a la reina al frente de dos mil voluntarios, pero enseguida se desilusionó ante el rumbo que tomó el nuevo régimen ("unos cuantos señores se impusieron a toda España"). Mostró su integridad moral rechazando diversos cargos que le ofrecieron ("pude ser coronel (...) y pude obtener un empleo lucrativo; pero entre mi dignidad y mi deshonor, opté por mi dignidad") y llegó a declararse en 1872 como un republicano federal socialista. No nos debe extrañar que Benito Pérez Galdós mencionara en La vuelta al mundo en la "Numancia", uno de sus Episodios Nacionales, a este personaje como protagonista de la sublevación de Loja. Al fin y al cabo, es un claro exponente de las luchas que los sectores populares mantienen para no ser sojuzgados. Como él mismo indicó, "cuando callan las leyes ante los estridentes chillidos de la injusticia y de la sórdida avaricia, entonces habla con estruendosa y formidable voz la terrible e imponente cólera de los pueblos".
 
(Citas extraídas del propio Rafael Pérez del Álamo, en su libro Apuntes sobre dos revoluciones andaluzas; Madrid, Zero, 1971).


martes, 24 de octubre de 2023

"Tomás Iglesias" (recordando una semblanza de 1999)


El otro día, dentro de la entrada que dediqué a Antonio Roldán sobre su último libro, dedicado a Tomás Iglesias, mencioné una semblanza al personaje allá por 1999. Como ya indiqué, lo hice en Debate Ciudadano de Barbate (n. 40, noviembre), que era el boletín de la Asamblea de IU de Barbate, donde participé en primera línea, tanto en su edición como en la aportación de artículos. En este caso "Tomás Iglesias" formó parte de los algo más que 30  personajes que conformaron una sección del boletín que llevaba el título de Galería. En algunas ocasiones he aprovechado algunos de estos personajes para darles entrada en mi cuaderno, como hice con Clara Campoamor, Blas Infante, Ernesto "Che" Guevara, Fermín Salvochea, Rosa Luxemburg o Hebe de Bonafini. En esta ocasión  le corresponde a Tomás Iglesias. 


Originario del municipio vecino de Conil, donde nació hace 50 años, este hombre ha sido protagonista tres años después de su muerte (Sevilla, 1996) de un episodio sorprendente, del que él mismo se sonreiría. Persona muy vinculada a la lucha política durante la transición, allá por los años 70, tuvo claro su opción por la gente más débil. Abogado de profesión y afincado en la capital andaluza, participó en la fundación del Sindicato de Obreros del Campo desde su puesto de asesor laboral, y puso su esfuerzo, su sabiduría y su ilusión en la defensa de la clase obrera y de las personas que el régimen franquista en decadencia se encargaba de encarcelar o multar por pedir libertad, amnistía o cosas por el estilo. Fue militante del Partido del Trabajo de España, ese pequeño, pero combativo, grupo que estuvo (y en parte continúa a través de buena parte de su antigua militancia) como el que más en la lucha por las libertades, la autonomía andaluza,  los derechos sindicales... Desaparecido su partido, no claudicó, continuando en su labor de abogado laboralista, denunciando la legislación que los gobiernos del PSOE introdujeron sobre flexibilidad laboral y buscando otros caminos, no por ello diferentes, como la fundación de la asociación Derechos y Democracia. Dichas estas cosas, Tomás Iglesias podría ser otra de tantas personas que van quedando en el recuerdo de su gente más allegada, como quienes tuvieron la idea de recordarlo a través de una calle de la Sevilla que lo acogió y que fue testigo de su abnegación. Lo malo es que ha habido también quienes han puesto el grito en el cielo en nombre de algo como que "lesiona considerablemente nuestros intereses económicos a la hora de valorar tanto nuestra propiedad como nuestra condición social". Hubieran preferido que la calle se llamara San Francisco de Asís, más rentable económicamente por lo que se ve. "Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen", se les podría contestar. Pero es que en este mundo, hoy como ayer, ser rojo (así se insultaba durante el franquismo a socialistas, comunistas, demócratas y demás) resulta al parecer poco rentable para tanto mercader (y aspirante a serlo) que pulula por ahí. Qué curioso, ¿verdad, Tomás? 

(Noviembre de 1999).

lunes, 2 de octubre de 2023

Isidoro, Felipe, X, Felipe González

Felipe González es un político muy conocido. Se encuentra en la cima de quienes han pilotado la nave del Estado desde los años de la Transición. El grado de comunión con quienes le votaron entre 1977 y 1996 fue tan alto, que era conocido y nombrado por su nombre de pila. Pero la cosa resulta más compleja. Fue llamado traidor por quienes en 1974, en Suresnes, se vieron desplazados de la dirección del partido. El momento del Isidoro, un nombre de clandestino para un partido que no lo ejercía. Fue criticado por reformista desde los grupos a su izquierda. Y más, a medida que con los años fueran desfilando lo de "OTAN de entrada No", las reconversiones industriales, los recortes en las pensiones, las privatizaciones, los contratos basura... Sin olvidarnos que se erigió (negándolo) en la X de la guerra sucia contra ETA. Y fue odiado por la derecha más rancia, que desde 1993 empezó a saludarlo con ese "Váyase, señor González". En 1996 fue derrotado por Aznar y al año siguiente anunció su retirada. Desde entonces ha llevado una vida plácida y acumulando capital a base de una pensión de lujo, las cuantiosas retribuciones como conferenciante o consejero de una gran empresa energética, las ventas de libros... Pero no ha abandonado su vocación política. Y curiosamente acercándose, cada vez más, a quien le lanzara tiempo ha las envestidas del "Váyase...", mientras se ha ido alejando, en proporción inversa, de los correligionarios suyos que han acabado dirigiendo el Gobierno. Así se entiende que entre los medios de la derechona estén aplicando eso del "Donde dije digo, digo Diego".  

viernes, 3 de febrero de 2023

¡Ay, Ramón!


Sí, Ramón Tamames parece que está dispuesto a encabezar la moción de censura contra el actual Gobierno, auspiciada por Vox. ¡Quién lo iba a decir! Economista en otro tiempo de prestigio, fue famoso por sus libros (sus "estructuras", su "introducción", sus "monopolios"...). Y comunista/eurocomunista -
o miembro del PCE- desde mediados de los 50 hasta 1981, llegó a pertenecer a su Ejecutiva y soñó -y hasta lo noveló, Elio mediante- con ser ministro de Economía en un gobierno de coalición UCD-PCE. Fundó después la Federación Progresista, con tintes ecologistas, y participó en 1986 en la constitución de IU, donde duró poco. Luego se incorporó a un CDS -el segundo partido de Adolfo Suárez- en estado terminal y tras su desaparición/absorción por el PP fue transitando poco a poco hacia la derecha más rancia en lo económico y en lo político. Con esa trayectoria resulta lógico que haya acabado aceptando la invitación de Abascal. Pese a sus 89 añitos y echando mano del refranero -nunca es tarde, si la dicha es buena-, le cuadra. ¡Ay, Ramón!

domingo, 13 de enero de 2019

Rosa Luxemburg






































Hace algo más de dos décadas escribí para Debate Ciudadano (n. 25, marzo-abril, 1998) una breve dedicatoria a Rosa Luxemburgo. En el centenario de su muerte no está de más que lo reproduzca.

"Es frecuente encontrar en cualquier biografía de esta mujer lo de "revolucionaria alemana de origen polaco", porque, habiendo nacido en Polonia en 1870, donde participó en la formación del partido socialista, se trasladó a Suiza y finalmente, a Alemania. Concibió la lucha política como una síntesis de teoría y práctica,  cosa que aplicó con tenacidad, coherencia y dignidad durante su vida. En seguida destacó como hábil escritora en periódicos y revistas socialdemócratas, y fue autora de importantes obras políticas y económicas sobre el socialismo (La crisis de la socialdemocracia), el militarismo (Militarismo, guerra y clase obrera), el imperialismo (La acumulación del capital) o la revolución rusa. Se mostró implacable contra el reformismo dentro de la socialdemocracia, desconfiando de la burguesía y del parlamentarismo ("hoy el proletariado combate por la democratización del estado burgués, no junto a la burguesía, sino contra la burguesía"). Consiguió en 1907 que la IIª Internacional aprobara su propuesta de resolución contra la guerra, posición antimilitarista y pacifista que mantuvo durante la primera guerra mundial con su grupo de la Liga Espartaquista, lo que le valió persecuciones y encarcelamientos. Defendió la espontaneidad creadora de las masas, pero fue crítica con los bolcheviques en su concepción centralista del partido y el autoritarismo del nuevo régimen ruso tras la revolución de 1917 ("la democracia socialista comienza al mismo tiempo que la democracia del estado de clase"). Participó en el movimiento revolucionario alemán al acabar la guerra y a ella se debe el programa de fundación del partido comunista alemán en 1919". Detenida en los primeros días de 1919 junto con Karl Liebknecht (compañero en la lucha revolucionaria y antimilitarista), sus cuerpos fueron encontrados en un canal meses después. Dramático final que presagiaba el fascismo que se estaba incubando en esos años.

sábado, 24 de marzo de 2018

“El Monte”



























A mi querella el tribunal del viento
(José Manuel Caballero Bonald)

Su nombre era Manuel y Jiménez se repetía en sus dos apellidos. Nació durante la posguerra en el Hoyo de la Tota, lo que fue un pequeño barranco contiguo al casco antiguo del pueblo, donde fueron apiñándose durante años casetas de madera y hojalata. Las moraban en su mayoría familias de marineros, el oficio que fue de su padre. De éste alguien me ha dicho en voz baja, casi sin quererlo, que durante la guerra desfiló entre las filas prietas de los camisas azules y bordados en rojo. La familia se fue luego al Zapal, esa barriada inmunda que hería la sensibilidad de quienes visitaban el pueblo. Esa barriada de “trapos quemados, excrementos, cascotes y cáscaras de piñas”, como la describió Alfonso Grosso. A Manuel siempre lo conocí como “el Monte”, pero mucha gente le decía “el Montelegrí”.

Cuentan que le costó salir de las entrañas de su madre, pero cuando lo hizo, fue para no parar de vagar de un lado para otro con la compañía del sol y del levante. El monte de la Breña fue su territorio, por donde, ya desde muy niño, trasegaba sin parar recogiendo higos de tuna, tagarninas, cardos, palmitos o hierbas olorosas. Donde, cada dos años, batía las copas de los pinos para obtener su fruto más preciado, esos piñones que acababan desprendiéndose de los conos cuando eran abrasados en la hoguera.

Lo más seguro es que el apodo le viniera por hacer de ese lugar el medio donde encontró su razón de subsistir. Fue donde aprendió el oficio de piconero. Con la ayuda de su hermana estuvo incinerando ramas de los pinos en la "Piera Cuajá" para hacer el carboncillo que luego vendía por las casas. Su tez era morena, quemada por el aire que acogía los rayos del sol, pero también tiznada del polvo del picón, lo que hacía que lo fuera más negra. Quizás por eso lo llamaran “el Montelegrí”, como una derivación vulgar de “el Monte Negrín”.

Me han contado que con su hermana pudo haber hecho que la luna fuera testigo de la pasión que hierve cuando llega la noche para alumbrar algo más que un destello. Quién sabe o eso dicen. “No te extrañe, eso lo había así en este pueblo”, me dijo el otro día un amigo cuando se lo pregunté para cerciorarme.

La electricidad le dio la puntilla a sus quehaceres con el picón y tuvo que ir buscándose la vida de otras maneras. Y además, no mucho tiempo después, tuvo que trasladar de nuevo su residencia, dejando su Zapal de adopción para alejarse a las barriadas de arriba. A una cuyo nombre recordaba a un viejo marino de guerra, piadoso por demasía, que en su más que triste destino acabó muriendo en su ascensión hacia el cielo.

Nunca abandonó el monte y los frutos que le daba, pero fue la ocasión para centrar su mirada y sus manos hacia la mar. Me imagino que no fue un descubrimiento, que ya la habría tanteado desde muy niño. ¿Cómo si no hubiera podido sobrevivir cuando el calor arreciaba y el picón dejaba de tener sentido? El caso es que desde entonces se volcó en las oportunidades que dan las aguas para tenerlas en todo momento y no abandonarlas hasta que sus fuerzas declinaron. No lo hizo para adentrarse en su lejanía, como lo hizo su padre y la mayoría de la gente, sino mayormente para quedarse en el remanso salobre de la marisma, donde se juntan las aguas dulces del Barbate y las saladas del Atlántico. Lo suyo fueron las coquinas negras de río y, aunque menos, los camarones. En el pozo Montano casi cada día sumergía sus pies, que entraban suavemente en el fango para acabar inclinando el cuerpo y alargar las manos que recogían los seres que se escondían en el fondo. Cuando la mar apretaba poco y su oleaje lo permitía, se aventuraba a las rocas para arrancar las ortigas, los erizos y los ostiones que se ofrecían entre sus paredes.

Desde que llegué al pueblo “el Monte” formó parte del paisaje humano de personajes singulares de cada día. Lo vi siempre vestido con una ropa desaliñada, casi rota, un pelo y una barba con greñas, desplegando con timidez una tenue sonrisa de tristeza. ¿O no era sonrisa y sólo era tristeza?

A mí me pareció siempre un náufrago. Llevaba en un saco de redes o en una tosca carretilla su cosecha de cada día, enseñándola allá por donde pasaba. Su andar era pausado y parsimonioso, como si el tiempo no fuera con él o sintiera que lo que tuviera que llegar lo haría igual de todas las maneras. Por las mañanas solía parar en las proximidades del mercado y allí, sentado sobre el suelo con una pierna extendida y otra recogida o en cuclillas, ofrecía con su mirada y en silencio la mercancía.

Hay quien dice que ha muerto. No falta quien lo sitúa en una residencia lejana. Me lo imagino en silencio y en su soledad permanente. También, al igual que el poeta, ligero de equipaje, como los hijos de la mar, aunque él la mantuvo a cierta distancia. Por eso siguieron llamándolo “el Monte” o “el Montelegrí”.

(14-06-2011)


(Imagen: retrato de "El Monte", por Quirós, expuesto en una exposición de pintura en la Lonja Vieja de Barbate, mayo de 2012).

lunes, 9 de octubre de 2017

Ernesto Guevara, el Che













































Se cumple medio siglo de la muerte del Che. De su ejecución y, si se quiere, asesinato, como hemos sabido desde hace tiempo. Ocurrió el 9 de octubre de 2007 en el pueblo de La Higuera, sito en la región de Santa Cruz, al este de Bolivia. Recupero para ello un escrito mío de hace 20 años. Sirva de recuerdo. Al fin y al cabo sigue siendo uno de los imprescindibles.

"Fue mito en los años 70. Su imagen barbuda, ataviado con una gorra, vendió millones de iconos en forma de póster e insignias por todo el mundo. Ha sido, posiblemente, el guerrillero más famoso. Nació en Argentina (Rosario, 1928), donde estudió medicina, y de allí no paró de viajar por toda América Latina. En Guatemala luchó en 1954 a favor del régimen progresista de Arbenz y contra la invasión estadounidense. En Méjico se unió en 1956 al grupo de cubanos, liderado por Fidel Castro, que en el barco Granma partió para Cuba y desde Sierra Maestra combatió la dictadura de Batista. Triunfante la revolución a principios de 1959 ocupó distintos puestos de responsabilidad, destacando el de ministro de Industria desde 1961. Muy crítico con los errores propios y ajenos, optó por impulsar entre la gente los incentivos morales frente a los materiales, en la línea de lo que él llamó  el hombre nuevo ("su imagen no está aún fijada, nunca lo podrá estar, ya que esta evolución es paralela al desarrollo de las nuevas estructuras económicas"). Sus viajes por distintos países del mundo le llevaron a una posición crítica frente a los regímenes socialistas ("no tenemos que crear asalariados sumisos al pensamiento oficial"), pero también a intensificar su actitud antiimperialista ("crear dos, tres, muchos Vietnam"). Abandonó Cuba para seguir en su actividad guerrillera, primero en el Congo y finalmente en Bolivia, donde llegó con la intención de crear un foco guerrillero que pudiera extenderse por el resto del continente. Su vida fue así, llena de una permanente consecuencia que le llevó incluso a la muerte en la cordillera andina hace ahora 30 años cuando, tras ser capturado por el ejército boliviano, fue fusilado por un oficial que hubo de emborracharse para llevar a cabo su acción". 

(Debate Ciudadano de Barbate, n. 20, septiembre de 1997).

jueves, 11 de agosto de 2016

Blas Infante, ochenta años después de su asesinato
















































Este texto fue publicado en febrero de 1997 dentro del número 15 Debate Ciudadano de Barbate, el boletín elaborado por la Asamblea local de IU de Barbate. Lo he rescatado para este cuaderno con motivo del ochenta aniversario del asesinato de Blas Infante, para lo que he hecho algunos retoques sin que afecten a la mayor parte y al sentido original del texto.

"Considerarlo con frecuencia como el padre de la patria andaluza puede parecer algo exagerado si lo tomamos al pie de la letra, pero no si lo hacemos de una forma simbólica. A este notario, nacido en el pueblo malagueño de Casares en 1885, le debemos que el blanco y el verde sean los colores de la bandera andaluza, que en el escudo primigenio rece la frase "Andalucía  por sí, para Iberia y la humanidad" y que el himno invite a levantarse y pedir tierra y libertad. Hoy son ya los símbolos oficiales, pero, sobre todo, se han incorporado al acervo de la identidad colectiva. Se puede discutir, matizar e incluso rechazar parte de sus planteamientos políticos, pero en ningún momento actuaríamos con justicia si no reconociéramos su lucha infatigable por dignificar su tierra desde la crítica al centralismo y a los señoritos. Trabajó por que Andalucía tuviera su autogobierno y defendió a los jornaleros del campo, para quienes demandó el reparto de las tierras que concentraban los latifundistas. Su mensaje andalucista caló poco en su tiempo, pero no paró de recorrer los pueblos y ciudades, organizar congresos o escribir en periódicos con el único fin de propagar la conciencia de ser andaluces y andaluzas. A su trabajo le debemos la elaboración del primer anteproyecto de estatuto para Andalucía en 1933, y por eso y por su trayectoria de compromiso con su pueblo lo pagó caro, cuando en agosto de 1936 fue fusilado en las cercanías de Sevilla. Hoy precisamente hace ochenta años. El fascismo era enemigo de la libertad que defendía Blas Infante, pero condenó aún más a Andalucía a la miseria y la marginación".

(La imagen corresponde a un busto de Blas Infante erigido en el pueblo de San Bartolomé de la Torre, Huelva).

martes, 23 de febrero de 2016

Dedicado a Antonio Machado




















































Días pasados estuve pensando en dedicar unos líneas a Antonio Machado, teniendo en cuenta que ayer, día 22 de febrero, fue el aniversario de su muerte en el pueblecito francés de Collioure, al poco de iniciar su exilio. Hoy he encontrado, casi por casualidad, un pequeño escrito que le dediqué en marzo de 1981, hace 35 años. No recuerdo por qué lo hice, pero sospecho que iba destinado a una modesta y efímera revista, Voz Universitaria, que por aquel entonces editamos un grupo de estudiantes de varias facultades salmantinas. Tras su lectura, me resultó oportuno publicarlo ahora, como una forma de retractarme por lo que no he logrado hacer en días pasados y también una forma de sacar a la luz lo que en 1981, no recordando las razones, no apareció en la revista citada. Sí he detectado que parte de su contenido tiene una deuda con la obra Historia social de la Literatura española (en lengua castellana), que tres años antes apareció gracias a la labor de Carlos Blanco Aguinaga, Julio Rodríguez Puértolas e Iris M. Zavala.  


"Mucho se ha escrito y hablado sobre Antonio Machado, ese poeta mitad maldito por osar sentirse republicano, acercarse al pueblo y morir en el exilio; mitad amputado, porque de él se nos enseñó sólo parte de su obra y un aspecto de su poesía. Pero, a mi modo de ver, al hablar de Machado y su poesía no podemos olvidarnos del marco histórico en el que vivió y del ambiente familiar donde nació y que lo educó.

La España que conoció casi toda su vida, que él la llamó de "charanga y pandereta", era la España de la Restauración, de la oligarquía y el caciquismo, del hambre, del paro y de la ignorancia en el campo o de la miseria y precios altos de la ciudad. Dos Españas: la de los ricos y la de los pobres. Fuerzas que pretendían mantener el monopolio del poder y del dinero, los privilegios ancestrales cambiados, en algunos casos, de forma (la tierra por el capital). Y fuerzas que intentaban renovar la faz de la vergüenza: unas para modernizar lo viejo y otras para derribarlo todo y construir algo distinto.

Machado nació en 1875 en el seno de una familia liberal y avanzada, de los que pretendían renovar la sociedad para hacerla más accesible a todos, pero sin poner en entredicho el mecanismo culpable de todos los males. Su origen pequeñoburgués (su padre fue un famosos folklorista andaluz) lo llevó a la Institución Libre de Enseñanza, donde se formó y, andando el tiempo, después de viajar por Francia en varias ocasiones (donde conoció a Rubén Darío y Oscar Wilde), se convertiría en 1907 en un modesto catedrático de instituto de francés. Esto es lo que lo llevó a conocer profundamente lugares como Soria, Baeza o Segovia. 

Y fue ese contacto con la realidad de las gentes de esas ciudades perdidas y hundidas en el silencio y en la miseria lo que provocó una lenta transformación en su vida y en su obra. Todo lo contrario que sus compañeros de generación: mientras éstos en su casi totalidad evolucionarían de una juventud rebelde y radicalizada al conservadurismo (a veces reaccionario), Machado iría alejándose de su poca ruidosa juventud y se acercaría a lo popular.

Su poesía es un fiel reflejo de su vida. El soliloquio o mirar para adentro de Soledades (1899) se torna en un mirar para afuera en Campos de Castilla (1912). Su contemplación de las cosas muestra, pues, una mutación, aunque en ningún momento supusiera ruptura, sino más bien superación. Y esa Castilla, por ejemplo, se diferenciaba de la de Azorín por su temporalidad y presencia de lo humano. En sus versos ya habla de las gentes que laboran o de gañanes y braceros.

Coincidiendo con su estancia en Segovia (1919-1932) y en Madrid (desde 1932) dejó en un segundo plano la poesía y surgió el Machado-Mairena, el que, además de filosofar o reflexionar, colaboró en la fundación de la Universidad Popular de Segovia en 1920 y dio clases gratuitas a los trabajadores; el que participó en 1931 en la proclamación de la IIª República y, ya en 1937, en el Congreso Internacional de Escritores Antifascistas; o el que durante la guerra dedicó poemas a Líster o el Campesino, y dijo que empezaba a creer en el socialismo.

Pero dejemos que sea él mismo el que lo diga: "escribir para el pueblo, es escribir para el pueblo de nuestra raza, de nuestra tierra, de nuestra habla, tres cosas inagotables que no acabamos nunca de conocer (...). Yo no sé si puede decirse lo mismo de otros países (...). Pero me atrevo a asegurar que, en España, el prejuicio aristocrático, el de escribir exclusivamente para los mejores, puede aceptarse y aun convertirse en norma literaria, sólo con esta advertencia: la aristocracia escribe para los mejores. O escribimos sin olvidar al pueblo o sólo escribiremos tonterías".

Cuando cruzó la frontera camino del exilio y se instaló junto a su madre en Collioure, poco tiempo habría de pasar para que se cumpliera la profecía que un día poetizara. A él, en el 42 aniversario de su muerte, le dedicamos nuestro sincero homenaje".

(Salamanca, 6 de marzo de 1981)

(Imagen: busto de Antonio Machado, realizado por Emiliano Barral; se encuentra en el museo dedicado al escritor en Segovia).

jueves, 2 de abril de 2015

Los Daniel Lacalle

Un mismo nombre para tres personas de la
misma familia. Tres generaciones sucesivas. Hasta aquí, nada raro. Lo que llama la atención son sus trayectorias. 

El abuelo, un militar franquista de la familia política carlista, que ascendió a la cima del poder durante la dictadura y fue de los pocos procuradores que votaron en 1976 el hara kiri del régimen. 

Su hijo, un ingeniero metido a economista, militante comunista y de CCOO desde tiempos de la dictadura, y autor de La clase obrera en España. Continuidades, transformaciones, cambios. 

El nieto, hijo del anterior, un analista económico formado en las ubres del tatcherismo, profesional de éxito en la City londinense y divulgador exitoso de la fe neoliberal.

Como puede verse, con muy pocas cosas en común. 

El primero ya murió, allá por 1981. 

El segundo, ya septuagenario, sigue al pie del cañón como responsable de una de las secciones de la Fundación de Investigaciones Marxistas. 

El tercero acaba de aceptar ser asesor de Esperanza Aguirre en la campaña electoral para la alcaldía de Madrid. ¿Buscará con ello algo más? ¡¡¡¡Guaaaaau!!!!

miércoles, 12 de febrero de 2014

Clara Campoamor







































La portada del Google nos ofrece hoy la figura de Clara Campoamor por motivo de su natalicio. Hace años Debate Ciudadano (n. 7, abril 1997) publicó un breve escrito mío dedicado a ella, cuya acción en favor del voto de las mujeres no debe olvidarse nunca.

"La IIª República trajo el voto para las mujeres. Y en la  conquista de ese derecho, reconocido por la constitución de 1931, jugó un papel primordial Clara Campoamor (Madrid, 1888). Escritora y abogada, desde joven destacó como luchadora por los derechos de las mujeres durante la monarquía. Fue elegida diputada en 1931 por el partido Radical, destacando en el debate parlamentario sobre el voto femenino. Mantuvo su coherencia -y defendió con ella la dignidad de las mujeres- cuando se enfrentó a otra diputada, Victoria Kent (republicana y feminista), quien consideraba que no era todavía el momento de hacer efectivo ese derecho, temerosa (como la mayoría de sus compañeros varones de los partidos republicanos) de que sus votos pudiesen ser aprovechados por los partidos monárquicos (que, en esas paradojas de la vida y de la historia, la apoyaron). Con palabras como éstas contestó a su compañera: "¡Las mujeres! ¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República se les concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las mujeres por la República?... ¿Por qué el hombre, al advenimiento de la República, ha de tener sus derechos y ha de ponerse un lazareto a los de la mujer?". En las elecciones de 1933 fue retirada de las listas de su partido, por la osadía mostrada dos años antes y se llegó incluso a responsabilizarla de la derrota electoral de los partidos de izquierda. Aparte de ser injusta la acusación, ella misma declaró sentirse utilizada como un chivo expiatorio. Llegó a ser delegada del Gobierno en la Sociedad de las Naciones y directora general de Asistencia Pública. En 1936 escribió dos libros (El derecho femenino en España y El voto femenino y yo. Mi pecado mortal), donde reflejó su pensamiento y sus peripecias como diputada. La guerra civil la llevó al exilio por varios países, muriendo en la ciudad de Lausana (Suiza) en 1972".