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sábado, 25 de octubre de 2025

Teatro en Zahara de los Atunes: La Des-Metamorfosis


El colegio Cervantes de Zahara de los Atunes ha acogido esta tarde la representación de la obra de teatro La Des-Metamorfosis. Un acto más de la Semana Cultural que ha organizado su Ayuntamiento. 

La obra, escrita por Ignacio Andreu y dirigida por África Martínez Ferrín,  ha sido para mí toda una sorpresa por magnífica. También, por la actuación excepcional de su único actor, el propio Ignacio Andreu. Y finalmente, por la puesta en escena, más que interesante, con guiño incluido a Vincent van Gogh y su El cuarto en Arlés. ¿Qué más se puede pedir? 

Pero vayamos al grano. Estamos ante una comedia, pese a lo más que dramático del contenido. El actor se desdobla en dos personajes: Gregor Samsa -castellanizado como Gregorio-, protagonista de la novela La Metamorfosis,  y su autor, Frank Kafka. Lo que al principio es una descripción de las rutinas diarias del agente comercial Gregorio, al poco se transforma en una disputa entre él y el novelista. Aflora así, primero, la angustia que va sintiendo Gregorio en su transformación en un insecto monstruoso. Y luego, trasladándose al cuento del propio Kafka Informe para una Academia, la frustración como mono de no poder convertirse en  un humano. 

Y en medio de todo eso, un humor intercalado, que ayuda a que nos planteemos una reflexión sobre la vida, sobre la deshumanización desde el trabajo simbólicamente esclavo, sobre la banalización de las relaciones entre personas, sobre la alienación, en fin, de nuestra existencia humana. 

domingo, 20 de julio de 2025

Pequeñas piezas de teatro en el centenario del natalicio de Carmen Martín Gaite


Estamos en el centenario del nacimiento en Salamanca de la escritora Carmen Martín Gaite (1925-2000). Por este motivo se han organizado diversos actos, entre  los que se encuentran representaciones de pequeñas piezas teatrales por diversos rincones de  la ciudad. He tenido la suerte de asistir a tres:  Carmen Martín Gaite y vecinos (La Troyana);  Carmen Martín Gaite (Calila): escritora y actriz (Komo Teatro); y Retahílas con Unamuno (Cultur-Arts).


En la primera de ellas se muestran, a través de un diálogo con Miguel de Unamuno, aspectos de sus vidas, con reflexiones y referencias a sus respectivas obras, recordando otros personajes relacionados con la ciudad. A la vez, tal como su título indica, paseamos y contemplamos algunos de los escenarios donde tuvieron lugar. 


Es así como van apareciendo la plaza de los Bandos, donde nació la escritora y en la que se ubicó el mismo año de su muerte un busto suyo, obra de Narcisa Vicente Rodríguez; la plaza y el convento de Santa Teresa, cercana a su casa familiar, sobre cuyo personaje participó como guionista  en una serie televisiva; la casa de Unamuno en la calle Bordadores, lugar donde se encuentra una conocida escultura de Pablo Serrano; la Plaza de Monterrey, con el palacio homónimo y la iglesia de las Agustinas; la calle Compañía y, en especial, el (des)encuentro (para la propia Martín Gaite) entre la Casa de las Conchas y la Clerecía jesuitina; la Plaza de Anaya, contemplando la Catedral Nueva y la parte trasera de la Universidad; en la misma plaza, el Palacio de Anaya, edificio donde cursó sus estudios universitarios; y finalmente, el Huerto de Calixto y Melibea.


La segunda de las piezas teatrales ha tenido como escenario el Patio Chico, con fondo entre una de las portadas laterales de la Catedral Nueva y la Torre del Gallo de la Catedral Vieja.


En esta ocasión han sido cinco los personajes que han acompañado a Carmen Martín Gaite: una estudiante de la Universidad que aspira a imitarla; los amigos Ignacio Aldecoa y Rafael Sánchez Ferlosio, escritores de la conocida Generación de los 50; "Alejandro", el personaje principal de su novela El cuarto de atrás; y su hija Marta.


Aquí aparecen, además de Salamanca, los recuerdos de otras ciudades: Coimbra, a donde viajó siendo estudiante con un gran atrevimiento; y, en mayor medida, Madrid, en la que desde 1948 acabó residiendo el resto de su vida. En los diálogos se van entrecruzando numerosos recuerdos de lo que fueron su vida y sus obras. El anhelo por la escritura, por encima de todo. Algunos amores de juventud o la fracasada relación matrimonial con Rafael Sánchez Ferlosio. Sus primeros logros literarios, como fueron los premios Café Gijón de 1953, por El balneario, y Nadal de 1957, por Entre visillos... Y no falta el dolor que sufrió con las muertes de su hijo Miguel, a los pocos meses de haber nacido, y de Marta, una talentosa filóloga en ciernes y estudiosa de la obra de su madre, que falleció prematuramente a finales de los 80. 


Y ayer asistí a Retahílas con Unamuno. La obra parte de una ficción: un encuentro ocurrido a finales de 1936 entre la escritora, siendo una niña de once años, y Miguel de Unamuno, poco antes de morir. De ahí que la obra se haya representado frente a la portada del templo de las Úrsulas, contiguo a la casa del catedrático bilbaíno.


El título hace alusión a la novela Retahílas, de la que en su forma se ha hecho uso del diálogo entre un personaje plenamente maduro (Eulalia/Unamuno) y otro de menor edad (Germán/Carmen). De esa manera se dan rienda suelta a los recuerdos y los afectos, incluso entre generaciones aparentemente lejanas, y se reivindican cosas como la curiosidad por aprender, la creatividad o la necesidad de mantener la memoria. 


Y para acabar, no está de más abundar sobre la figura de Carmen Martín Gaite. Fue una escritora que cultivó especialmente la Literatura a través de la novela o el cuento, pero con escapadas al mundo de la Historia. Varios son los libros que he podido leer de ella. Me vienen a la  memoria Entre visillos, Caperucita en Manhattan, Lo raro es vivir o Retahílas, de lo primero; y Usos amorosos del dieciocho en España o Usos amorosos de la postguerra española, de lo segundo. También recuerdo el documental que presentó y protagonizó para la serie Esta es mi tierra. Salamanca, emitido en 1982 y al que podemos acceder a través de la red electrónica.

Una figura, en fin, que rompió moldes y superó los obstáculos que se le fueron presentando como mujer en una época más que oscura, a la vez que fue aportando a lo largo de su vida una más que meritoria obra como escritora.

domingo, 17 de noviembre de 2024

MORIA, una obra de teatro que denuncia las respuestas (inhumanas) ante las migraciones


Isla de Lesbos, Grecia. Septiembre de 2020. 
En el campamento de Moria, el mayor de Europa, vivían miles de migrantes. Son personas procedentes de distintos países que buscan refugio en Europa. Se ha dicho que allí había 13.000, cuatro o cinco veces más de lo proyectado. Era tiempo de pandemia del COVID-19. Había muchas personas contagiadas. 

Teatro Moderno de Chiclana: MORIA, una obra de teatro puesta en escena por la compañía canaria Unahoramenos Producciones, con texto y dirección de Mario Vega, e interpretada por Marta Viera y Andrea Zoghbi.

Estamos en una tienda de campaña. Hemos entramos descalzos. En cierta medida, la situación resulta claustrofóbica. Vemos imágenes reales en 360º. Y, claro está, dos personajes. Dos mujeres: una, de Irak; la otra, de Afganistán. Dos refugiadas que nos cuentan sus historias. Sus vidas. Sus viajes. Sus sufrimientos. Sus sueños. Una hora escuchando, contemplando, reflexionando, intentando comprender. Vemos cómo preparan un kebab, se enseñan fotos familiares, preparan sus camas, comparten un té, se limpian, rezan... Son testigos de las voces de la violación de una niña. Y una de ellas le confiesa a la otra que también fue violada por un policía. Hablan, confraternizan, se apoyan entre sí... Y llega el incendio y huyen. 

Los días 9 y 10 de septiembre de ese año el campamento sufrió un pavoroso incendio. Fueron muchas las personas que intentaron huir. Se sabe que el ejército, la policía y grupos de extrema derecha trataron de impedir que se esparcieran  por la isla.

Para Amnistía Internacional lo ocurrido fue: "Un colapso, símbolo de la respuesta ineficaz de la UE ante el desafío migratorio, rodeado de alambradas en el que las personas hacinadas tienen que hacer cola para asearse, comer o pedir documentos. Un lugar de pesadilla, un laberinto de callejones colmatado de basura, barro y desperdicios".

Lo que vimos en la obra de ayer, dentro de "una experiencia inmersiva de teatro-documento", fue "una denuncia social". Estamos, por tanto, ante los derechos humanos.

viernes, 16 de agosto de 2024

Carlota O'Neill, romanzas en la Guerra Civil, una obra de teatro sobrecogedora


El Teatro Moderno de Chiclana sigue sorprendiéndonos en su programación cultural. Y el miércoles pasado lo hizo con la obra Carlota O'Neill, romanzas en la Guerra Civil. Representada por el grupo Sibila Teatro, la obra está dirigida por Ceres Machado, con guion suyo y de Salva Martos Cortés, si bien está basada en escritos de la  propia Carlota O'Neill.

Nacida en Madrid en 1905, creció en un ambiente familiar culto, cursando estudios universitarios y participando en la actividades del Lyceum Club, un foco cultural, progresista y feminista a la vez, que surgió a mediados de la década de los 20. Empezó a escribir con 20 años, primero mediante novelas, para luego pasar  a otros géneros, como el teatro o la poesía. Se casó con el militar Virgilio Leret, cuya fidelidad con la República lo llevó a la muerte en Melilla, precisamente  en el primer momento del golpe militar, que se había iniciado en esa misma ciudad africana. Ella, por su parte, fue recluida en la cárcel, donde permaneció hasta 1940, perdiendo la custodia de sus hijas, a las que consiguió recuperar en 1941. Se vio obligada a escribir bajo pseudónimo, tomando finalmente la decisión  de exiliarse en 1949, alternando su residencia entre Venezuela y México. Falleció en Caracas en 2000.

En la obra representada cobra especial relieve Romanza de las rejas, una obra que se publicó en 1977. Escrita en forma de prosa poética, expresa lo vivido, y sufrido, durante su estancia en el cárcel melillense. Uno de sus poemas reza así:

Entre este pórtico y la romanza de las rejas, hay un puente. Lo pisé en Melilla siendo una chamaca.
El primer año, solo quise morir; incrustarme en aquellas mismas piedras rezumantes de morbo. La muerte se hizo sorda.
El segundo año quise vivir, salir, abrazar, así, con fuerza, con todas mis fuerzas, con mi sangre, a mis dos pequeñas cachorrillas que seguían enronqueciendo llamándome.
El tercer año, después del consejo de guerra, fui condenada.
El cuarto año me adapté a la cárcel. Alguien me llevó libros. Recuperé mi herencia. Leí.
En el quinto año… ¿cómo fue? Sí. Un día sentí deseos de escribir. Había publicado dos novelas, de niña prodigio; artículos de prensa de Madrid y Barcelona. Era escritora, también por herencia. Lo iba  a ser, por necesidad. 

En la puesta en escena de la obra de teatro puede disfrutarse de una fusión entre la poesía, la música y la danza, desde las que podemos percibir la belleza que desprenden. Pero también, contradictoriamente, esa sensación sobrecogedora de la crueldad que se transmite a través de las vivencias sufridas por la protagonista y sus compañeras de infortunio. 

sábado, 20 de julio de 2024

Comuneros, sombra y sueño, una pieza teatral de Ángel González Quesada

 

Aprovechar los veranos de Salamanca viendo teatro por sus calles y plazas es una delicia. Como lo ha sido disfrutar de Comuneros, sombra y sueño, obra del escritor Ángel González Quesada e interpretada por el grupo Etón. El autor, además, la ha dirigido e incluso participado como actor, en su caso en la figura de Juan de Padilla. Y el marco, ese bello rincón entre las dos catedrales que es el Patio Chico, un espacio por donde fueron desfilando y disertando cada uno de los personajes. 

Cuatro espectros de otro tiempo, de ese momento real que fue el movimiento de las Comunidades de Castilla, que entre 1520 y 1521 hizo frente al poder extraño que para muchas de las gentes supuso la entronización como emperador de Carlos de Gante. El heredero de los planes trazados años atrás por Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, quienes, tras unir dinásticamente dos de las coronas ibéricas, miraron hacia Europa a través del casamiento de su hija Juana, a quien apartaron como Loca, con Felipe, conocido como el Hermoso y heredero de vastos estados y territorios del centro y norte de Europa. Vastos, porque iban desde Austria y parte de la actual Alemania hasta Flandes, Borgoña y el Franco Condado. El celo por mantener sus libertades, como se denominaba entonces la capacidad de las ciudades castellanas de autogobernarse y limitar el poder de sus monarcas, llevó a que amplios y diversos sectores de la población, desde el campesinado y el artesanado hasta el patriciado urbano, se alzasen en armas contra lo que temían que ocurriera y acabó ocurriendo. 

De los cuatro personajes, dos son conocidos: Juan de Padilla, el jefe comunero de Toledo y luego capitán de las tropas comuneras que se enfrentaron en Villalar a las que defendían al emperador Carlos; y María Pacheco, su esposa, la aguerrida mujer que resistió en Toledo. Los otros dos son presentados como símbolos del sufriente pueblo llano, lleno de personas anónimas: Cristóbal Díez, peletero y combatiente comunero; y Benedicta Morán, esposa y madre, que perdió a varios miembros de su familia y que sola tuvo que hacerse cargo de sus vástagos menores.

Sus voces se dejan oír para mostrarnos lo que hicieron, dejar constancia de sus sueños y hacernos ver que, pese a las sombras, la memoria de lo ocurrido sigue siendo necesaria.

 

domingo, 19 de enero de 2020

A la misma hora, una distopía en teatro del grupo Trotea
























Ayer asistí a la representación de la última de las obras del grupo Trotea: A la misma hora, escrita por Gaspar Rodríguez, que también es su director. El grupo, que se encuadra dentro de l
a Asociación de Amigos del Teatro de Conil, lleva desarrollando una trayectoria que viene del año 2003. 


En la sinopsis que ha hecho el grupo se dice qu
e en el texto "escrito en clave del más puro y ácido humor, se muestran las andaduras de unos personajes que viven en una estrambótica realidad, en un marco dictatorial que los encadena". Es lo que vemos bajo un mismo marco, una estación de tren abandonada, que está presidido por un reloj que siempre marca la misma hora: la lorquiana cinco de la tarde. Por esa estación van desfilando los personajes, dos de los cuales, vagabundos, buscan al deseado Goliat que nunca llega. Los otros completan una realidad sórdida y oscura por donde pululan oportunistas, víctimas del sistema y los propios verdugos. 

Estamos ante una readaptación o, si se quiere, transposición de una obra conocida: Esperando a Godot, del irlandés Samuel Beckett. La misma estación, los dos vagabundos, el amo y su criado... Entre las diferencias, lo que para Beckett se desarrollaba en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, para Rodríguez se hace en un mundo que conecta con lo actual. Maestro, Beckett, del teatro de lo absurdo, el autor de A la misma hora ha preferido calificar su trabajo como de humor ácido. 

Me he atrevido a definir la obra como una distopía. Lo es en la medida que el sueño de los dos vagabundos, que desean liberador, parece que nunca llega. Pese a ello, se lanza una llamada de atención acerca de la necesidad de no bajar la guardia ante los peligros que permanentemente nos acechan. Es también un grito de esperanza para que, pese a las dificultades, mantengamos la conciencia de no ceder. Y en todo ello, la búsqueda de Goliat, que parece que nunca llega, pero que tiene que ser un referente que no podemos perder, si no queremos que nos aplasten definitivamente.

martes, 16 de julio de 2019

Lisístrata de 'Puerto Reá', una adaptación desde el feminismo


















Lisístrata
es quizás la comedia más conocida de Aristófanes. Y a una adaptación de la obra, Lisístrata de 'Puerto Reá', realizada por Ignacio Andreu, asistí el jueves pasado en el Anfi Teatro de Zahora. Una gozada de representación en medio del marco espléndido de esa parte de la costa gaditana libre de los agobios de las macrourbanizaciones.


Tenía una idea de Aristófanes como la de un autor teatral anclado en la defensa de la clase aristocrática a la que pertenecía y en la conservación de las tradiciones religiosas griegas. Siendo cierto, sus obras reflejan las contradicciones que supone mantenerse en sus convicciones y criticar a quienes gobernaban en el momento en que vivió, esto es, la segunda mitad del -V y las dos primeras décadas del -IV. En sus críticas, cargadas de sátira, lanzadas contra lo que representaba el nuevo estado de cosas en un sociedad esclavista en plenitud, Aristófanes presentó situaciones que, viéndolas en nuestros días como progresistas, se contradecían con lo que defendía. Su pacifismo, su defensa de las mujeres e incluso su propuesta de una sociedad comunista, como planteó en la misma Lisístrata (sobre las dos primeras) y La asamblea de mujeres (sobre las dos últimas), tenían sus límites. El pacifismo no era otra cosa que puro oportunismo y la igualdad de género se reñía con la sociedad esclavista que anhelaba. 

Vistas así las cosas, podría pensarse que la adaptación de Lisístrata que vimos el otro día fue pura superchería. Y nada más lejos de la realidad. Porque el autor ha aprovechado su contenido, que es perfectamente defendible en los planteamientos, al que ha aderezado con elementos de la realidad de nuestros días. Y precisamente en un momento histórico en el que las luchas feministas están poniendo de relieve la necesidad de un modelo de relaciones de género basado en la igualdad. La obra la ha insertado también en el marco cultural y natural que supone el cabo de Trafalgar, en el que su Faro, cargado de simbolismo, sustituye a la Acrópolis ateniense como epicentro de la revuelta de mujeres en que se centra.

Es Lisístrata, como personaje,  una mujer atrevida, que en plena guerra del Peloponeso, que enfrentó a Atenas y Esparta durante el último tercio del siglo -V, apostó por la paz como forma de poner fin a las hostilidades y recuperar la tranquilidad de las gentes. Y nada mejor para ello que proponer y organizar una huelga de sexo. Pese a las resistencias iniciales y los intentos de relajación que se dieron durante el conflicto, todo ello cargado de situaciones cómicas, las mujeres consiguen finalmente que se firme la paz entre las dos polis enemigas, que por entonces rivalizaban por conseguir la hegemonía en el mundo griego.

En la versión de Andreu se resalta la osadía de unas mujeres que defienden a la vez la igualdad de género y la paz, valores que forman parte del acervo político y ético de nuestros días. Ya a 2003, cuando EEUU y sus aliados preparaban la guerra contra Irak, surgió el Proyecto Lisístrata, mediante el cual en numerosos países se hicieron representaciones de la obra de Aristófanes desde la perspectiva del feminismo y el pacifismo, y como oposición al militarismo. 

Una versión en la que no falta el toque gaditano, con sus expresiones y sus recursos carnavalescos, lo que hace todavía más atractiva la representación. Y, en fin, una puesta en escena bien concebida y unos recursos humanos muy bien aprovechados. 

Y como dije al principio, toda una gozada.   

sábado, 23 de marzo de 2019

Las peladas, una apelación a la memoria frente al silencio




















Una obra de teatro con Benito (Alfonso Rodríguez), anciano ya, que ha regresado del exilio para instalarse en una residencia que dirige sor Inés (Laura Garmo). Con Rocío (Sofía Cano), la enfermera que lo cuida con paciencia, esmero y cariño, pero curiosa por saber, como lo fue también quien la antecedió y por ello fue despedida. Y con un secreto, el que guarda Benito y que cada noche lo atormenta. El mismo que  desvela cuando muere el padre de sor Inés, también residente en el centro. Un padre que no lo es realmente, porque el verdadero es el propio Benito. Y es que a Benito cada noche se le aparece Carmen (de nuevo Laura Garmo), su Carmela (sí, con el nombre de la mítica ¡Ay, Carmela!), su esposa y la madre de Inés, la mujer que fue primero violada y luego asesinada "en la carretera de Lucena a Cabra" por el falso e impostor padre.     


La obra nos sitúa en el tiempo de Aznar como jefe de gobierno, como delata su voz a través de la radio. El momento en que se inicia la eclosión de la recuperación de la memoria histórica. Protagonizada en gran medida por los nietos y las nietas de quienes habían quedado en el olvido. Esas personas que fueron ejecutadas, pasaron por cárceles, se les obligó al exilio, sufrieron cualquier otro episodio represivo, acabaron enterradas en fosas comunes o siguen desaparecidas. Las mismas a las que todavía hoy denuestan quienes glorifican al que fue el verdugo supremo.

Y es que el pasado, aunque se pretenda que se acabe, acaba persistiendo, porque (nos) queda la memoria. Tozuda, pero necesaria. La obra, inspirada en las vivencias de la abuela del autor, nos cuenta una historia que resulta similar a tantas que así ocurrieron. Porque, como señala el título, muchas rojas (como tales, hijas, esposas, novias, madres, abuelas...) fueron motivo de escarnio cuando se les cortó el pelo, fueron paseadas por las calles, se les obligó a ingerir aceite de ricino, fueron violadas, les robaron sus hijos o hijas... Encarceladas o no, ejecutadas o no, fueron víctimas de la represión como lo fueron sus maridos, hermanos, padres, abuelos, novios... 

Es la estremecedora obra Las peladas (Soledad de ausencia), escrita y dirigida por David Roldán-Oru, puesta en escena por la compañía Las ansiadas producciones. Lo que vimos ayer en el Teatro Moderno de Chiclana. 

domingo, 17 de febrero de 2019

Molière, a través de Una provinciana en París


Ayer estuve en Zahara de los Atunes viendo Una provinciana en París, de Moliére. Un acto organizado por el Ayuntamiento de la entidad local menor, que tuvo lugar en el colegio Cervantes, y con la compañía Teatro Estudio 21 como protagonista. Un grupo ligado a EmE-Teatro Centro de Formación Teatral Cádiz, que tiene en su  dirección a Germán Corona.

Se trata de una obra breve (de poco más de media de duración). Una especie de sainete. "Escrita a modo de divertimento", se dice al principio del folleto que nos entregaron. Una obra menor, si la comparamos con las obras mayores del autor y que tanta fama le dieron (El Tartufo, El avaro, El burgués gentilhombre, El enfermo imaginario...). Pero no por ello dejamos de estar ante el auténtico Molière. El mismo que lanzaba diatribas a diestro y siniestro contra la hipocresía o los convencionalismos sociales. Que se mofaba de la nobleza y de la burguesía. Que compaginaba su sentido crítico con la comicidad. Exagerada, estridente, gesticulante... e ingeniosa. Lo que le costó caro a veces, porque, dentro de su fama, no le faltó el castigo. Eran los tiempos del naciente absolutismo en Francia, con Luis XIV en el centro del poder, paraíso del formalismo en todas las facetas de lo humano. 

En Una provinciana en París está todo eso. Pero sintetizado. Molière se ríe de la provinciana llamada Croquette que quiere hacer carrera en el París del reciente Versalles para encontrar un buen partido. Lo hace también de un noble despechado, el marqués de La Grange, que busca vengarse por ello a través de dos de sus criados. De éstos, que, en su afán por cumplir con el papel encomendado, llegaron para su señor demasiado lejos. Y de la madre, muy preocupada como casamentera por que su hija aprovechara la oportunidad perdida. Sólo la criada se salva, pese a su nombre de Pánfila, mientras observa sumisa y sonriente el ir y venir de las situaciones que se suceden en la casa. Y acaso, el criado Mascarilla, elevado efímeramente a la condición de marqués, quien, ya desnudo y vuelto a su condición de vasallo, lanza su mensaje final relativo a que se ve antes el engaño que la virtud.    

No lo hicieron mal, primero, actores y actrices en formación. Buen trabajo el de Álvaro Villalba, en su papel de Mascarilla, con interesantes cambios en la modulación de voz y los gestos. Y aceptable la dirección de Germán Corona y, dentro de la sobriedad, la puesta en escena, con agilidad en los movimientos de los personajes, y el vestuario de Emma Rubio. No debemos olvidar la naturaleza de la compañía, dedicada a la formación de actores y actrices. Una escuela, pero también un medio de difusión de obras de teatro. Lo que no es poco.

domingo, 19 de agosto de 2018

En Sevilla hay que morí, representada en Zahora




















Tenemos mucha suerte en Barbate cuando nos acercan desde Sevilla algunas excelentes comedias y poder disfrutar de ellas. Hace unos años lo hizo en el Hotel Alhambra el grupo Bastarda Española con  Retratadas y Estrella sublime, y este mes hemos podido ver al grupo Lavapa Teatro, que nos ha ofrecido En Sevilla hay que morí. Como común denominador, un humor ácido, no exento de crítica social, y la reivindicación de lo andaluz, incluyendo el habla y sus significados. 

Una acidez que lleva a que se haga uso de las dos patronas de la ciudad, las santas y mártires Justa y Rufina, para sacar a la luz los entresijos de una sociedad contradictoria como la que más y en la que lo religioso, con sus mitos, fiestas y personajes, impregna la vida de sus gentes. Y mucho atrevimiento, porque tocar determinados mitos puede levantar, cuando menos, muchas ampollas.

En el hilo conductor de la obra se utiliza la reivindicación que hacen las mismas santas para poder salir en la "Madrugá" se la Semana Santa. Entre los méritos que presentan, además del sacrificio sufrido a manos de los romanos, se encuentran que hayan sido retratadas por tres grandes de la pintura: Velázquez, Murillo y Goya. Y como trasfondo sacan a relucir cosas, entre sustanciales y anecdóticas, como, por ejemplo, que el patrón de la ciudad lo sea el rey guerrero Fernando III o que la guardia de honor de las dos Esperanzas procesionales esté integrada por soldados romanos. Eso explicaría su simpatía con otra santa, pero amiga de los pobres, conocida como Ángela de la Cruz.

Sorprendente obra, dirigida en esta ocasión por Charo Urbano, a lo que se une una correcta puesta en escena, incluyendo el decorado y la música. Sin olvidar algunos momentos memorables, como el comienzo y el final de la obra, el pasaje en que Rufina intenta iniciar su cante ante una parlanchina Justa o el que protagoniza la propia Ángela de la Cruz a través de la pantalla. Y por supuesto, una sólida interpretación a cargo de Eba Rubio (Justa), Rufina (David Sigüenza) y Ángela de la Cruz (Charo Urbano).   

Todo un lujo y una suerte, pues, que en Barbate hayamos podido disfrutar tanto en el marco del AnfiTeatro de Zahora. Y creo no confundirme al dar las gracias a Charo Urbano, por los lazos que mantiene con este lugar apartado, pero privilegiado, de la costa gaditana.

El manuscrito del tiempo, por las calles de Salamanca
























De nuevo me he reencontrado con el teatro en vivo de las calles de Salamanca. Un escenario excepcional para recrearse en obras que nos llevan a otros tiempos. Esta, y que valga la redundancia, a través de El manuscrito del tiempo. Un título que  alude a la trilogía de Luis García Jambrina Los manuscritos de Salamanca (2008, 2009 y 2019) dedicada, respectivamente, a la piedra, la nieve y el fuego.

Y una obra que busca refundir las tres novelas a lo largo de un recorrido de hora y medio a través de varios rincones de la ciudad: el antiguo arroyo de Santo Domingo, frente al  Convento de San Esteban; lo que fue el antiguo Colegio Mayor de San Bartolomé, que es el actual Palacio de Anaya; el entorno de lo que fue la Iglesia de San Cebrián y su legendaria Cueva de Salamanca; la Catedral Vieja, con la torre de la Nueva de fondo; la plaza conformada por las Escuelas Menores y Mayores, y la Fachada de la Universidad; la fachada de la Casa de las Conchas; la trasera de la Iglesia de San Benito; y lo que fue la Plaza de la Yerba, hoy del Corrillo.

Con la presencia permanente de
Fernando de Rojas (autor de La Celestina), ejerciendo de pesquisidor y buscando por ello siete figuras de piedra y el enigma que representan, van desfilando distintos personajes, reales o literarios, de finales del siglo XV y principios del XVI (fray Tomás de Santo Domingo, Luisa/Lucía de Medrano, la meretriz Sabela, el bufón Francesillo de Zúñiga, la emperatriz Isabel de Portugal…) o de momentos más recientes (Miguel de Unamuno), y se van mencionando a otros relevantes de la historia salmantina (Beatriz Galindo, el príncipe Juan, el emperador Carlos I, el fraile Juan de Sahagún, el poeta Remigio González Adares…).

No faltan tampoco el peso que ejercía la Inquisición, la alusión a los prejuicios sexistas de la educación, el trasfondo de la peculiar vida estudiantil o la presencia de acontecimientos vividos intensamente en la ciudad, como la guerra de las Comunidades o las disputas entre los bandos.

Divertida puesta en escena, buena interpretación, adecuado texto, marco incomparable… ¿qué más se puede pedir?

martes, 13 de febrero de 2018

Rememorando a Els Comediants y su Sol, solet






















Ayer vi en La 2, dentro de "Los imprescindibles", un programa que me retrotrajo a 1979. Dedicado al grupo Els Comediants, reviví el espectáculo con el que un día de primavera nos sorprendieron a miles de personas por las calles de Salamanca. Teniendo ese curso las clases por las tardes, al acabar la jornada nos topamos en la misma Plaza de Anaya, entonces el corazón universitario de la ciudad, con una tropa de músicos y saltimbanquis. Iban ataviados con trajes y disfraces, a cuáles más variopintos, con la figura del sol como centro de referencia. Dejándonos llevar por su música y sus movimientos, una riada de gente se fue formando a lo largo de la calle la Rúa hasta llegar a la Plaza Mayor. Como colofón, varios de sus componentes, en forma de cabezudos y representando los poderes fácticos municipales, nos ofrecieron el correspondiente saludo desde el balcón principal del Ayuntamiento.


Era la primera primavera tras las elecciones municipales habidas casi dos meses
antes. Las elecciones que trajeron aire fresco a muchas ciudades y muchos pueblos del país después de la larga noche del franquismo. Salamanca, como en tantas otras capitales, conoció el triunfo de las candidaturas del PSOE y el PCE, que juntas gobernaron durante cuatro años. El episodio que protagonizaron Els Comediants, representando la obra Sol, solet, vino a simbolizar lo que ese año supuso para mucha gente. Una esperanza que albergaba el deseo de cambiar muchas cosas, aun cuando lo que fue llegando años después, tras la hegemonía del primero de los partidos antes citados, acabara siendo un fiasco.

En el programa de televisión emitido ayer, realizado cuatro años antes, se hizo un repaso de las cuatro décadas de historia de la compañía. De los objetivos iniciales, todavía en el franquismo, de hacer algo diferente con respecto al teatro tradicional, fundiendo, con representaciones muy abiertas a la gente, la música, el circo, el teatro, la danza... Un tipo de espectáculo muy mediterráneo, por su enmarcamiento en las calles y las plazas para llenarlas de colores, sonidos, luces, movimientos...

Fue tal la emoción que me llenó ese día, como le ocurrió a mis compañeros de clase y a tanta gente que lo vivió, que hasta le dediqué unos versos. Helos aquí.


Día de luz, sol y alegría

Sencillamente 
bueno, bello y divertido.
Color,
luz,
alegría,
sombras, 
penumbra,
melancolía,
sol,
luna,
estrellas,
mar,
tierra,
aire,
árboles,
flores,
plantas,
día,
noche,
lluvia,
frío,´
calor,
amor,
corazón, 
aventura,
risas,
palmas,
gritos,
baile,
música,
tambor...
y ese día
la gente,
engalanada con aire de fiesta,
se despidió del viaje
y esperó la llegada del sueño
de una manera distinta.
¡Que vuelvan els comediants!
¡Qué vuelvan otros sol solet!
Porque ese día
el aire se vistió de fiesta
y respiró alegre de alegría.

(22-05-1979) 

jueves, 12 de octubre de 2017

La rendición de Brenda, un alegato contra el poder y las guerras




























El Teatro Moderno de Chiclana sigue ofreciendo la posibilidad de ver teatro. La obra que nos ocupa, que vimos el pasado día 6, ha sido una muestra más y el resultado, pese a la crónica pobre asistencia de público, altamente satisfactorio. La rendición de Brenda es una pieza interesante, escrita y dirigida por Nacho Gómez, representada y puesta en escena de una forma excelente por Teatro Exiguo, un grupo sevillano de otros tantos que en esa ciudad nacen y trabajan para intentar ofrecer a la gente productos culturales donde se aúnan la crítica social y el buen hacer profesional. Tres actores -Almudena Ruiz, el propio Nacho Gómez y un versátil Mané Solano- y una figura, a modo de espectro, cuya voz de cante pone el acento al ambiente tenebroso dominante.


Quizás pueda parecer una obra pesimista, como el propio título indica y como finalmente Brenda y Brando acaban haciendo. Dos personas humildes, como tantas otras, que han de pasar por una sucesión de situaciones con las que se enfrentan impotentes ante el poder arbitrario del sistema que los oprime. Una sucesión también de diálogos, entre absurdos y surrealistas, que ponen al descubierto la hipocresía y el estado de corrupción de quienes detentan el poder en sus distintos ámbitos: político, militar, económico, judicial, religioso...

La guerra se convierte en el marco más propicio para que quienes detentan el poder se perpetúen en el mismo y quienes, como Brenda y Brando, poco puedan hacer. Ignoro si ese pesimismo expresado por el autor es consciente o si sólo se trata de una advertencia de lo que nos puede ocurrir si no tomamos carta en el asunto.   

domingo, 20 de agosto de 2017

Más teatro vivo en Salamanca con La Celestina y la Cueva de Salamanca



Cada verano los rincones emblemáticos de Salamanca atraen por turnos a cientos de personas que se deleitan con pequeñas piezas de teatro. Originales, casi siempre, porque en muchas ocasiones más que reproducir obras al uso, se recrean en ellas, profundizan en las leyendas que las soportan y enlazan lo que tienen de tiempo pasado con el presente. Puestas en escena sencillas, pero muy bien ejecutadas  y con unos escenarios reales que resultan únicos e intercambiables.

Estos días he asistido a la representación de dos de esas obras. La primera, La Cueva de Salamanca, todo un mito de oro, puesta en escena por Los Absurdos Teatro (con Alfonso Mendiguchía, Patricia Estrenera y Carlos Vicente), se escenifica en el mismo lugar que ha sido motivo de una leyenda quizás no tan conocida como otras, pero sí tratada por el propio Miguel de Cervantes o, más próximo en el tiempo, José Espronceda. Una excusa, en fin, para llevarnos a autores del conocido como Siglo de Oro y ofrecernos a través del mito del diablo a un diálogo con humor entre esos tiempos pretéritos y nuestros días, poniendo de relieve la vacuidad y hasta la zafiedad de los comportamientos humanos.

La segunda obra es Salamanca, dulce nombre te dieron, de Edulogic Producciones (con Patricia Sánchez, Carlos San Jorge y Elena Davidson). En este caso es La Celestina, la famosa obra de Fernando de Rojas, la que se utiliza para recordarnos pasajes de la obra y enseñarnos algunos aspectos del pasado de la ciudad. A diferencia de la otra, que tiene un único escenario, en este caso se trata de teatro andante, nómada si se quiere, que se desarrolla en distintos rincones de la ciudad, hasta 7, partiendo del Palacio de Anaya y acabando en la Puerta de Aníbal, sin que falten, por ejemplo, los que contienen marcos incomparables como el Huerto de Calixto y Melibea o el Patio Chico. Una representación original y entretenida que, a lo largo de una hora y media, nos atrapa y no deja indiferente a nadie.  

sábado, 22 de abril de 2017

Mozart y Salieri, cara a cara, pero no tan rivales


















Para mucha gente referirse a Antonio Salieri (1750-1825) es hacerlo a través de Amadeus, la película que dirigió Milos Forman a mediados de los ochenta, donde nos muestra al músico veneciano como un hombre tortuoso que se debate entre la envidia y la admiración por Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). Éste, a su vez, reconocido unánimemente tras su muerte como genio y una de las cumbres del mundo de la música, es presentado como una persona inmadura e inestable. 


José María Roca, sin embargo, ha escrito una obra teatral, Mozart vs. Salieri, en la que se aleja de esa línea de interpretación, en gran medida dicotómica, que inauguró en el siglo XIX Aleksander Puskhin y la recogió en el XX Peter Shaffer. Ahora se nos ofrecen dos personajes coetáneos y no muy distantes en edad que vivieron en la Viena imperial y hasta llegaron a influirse mutuamente. El autor evita equilibrarlos en méritos musicales, valorándolos en cuanto que buscaban ante todo la belleza desde la creatividad. Mozart sigue siendo lo que fue, ese genio antes referido, pero nos muestra a Salieri como un gran músico que, a lo sumo, tuvo la mala suerte de verse eclipsado por el primero. Sin olvidar tampoco que en los años que coincidieron en Viena el mundo llamémosle occidental estaba en proceso de cambio político, con una revolución francesa, no muy lejana geográficamente, que iba dejando huella en ideas y hasta en las propias obras musicales.    

A lo largo de una hora se ofrece un diálogo constante, rico en palabras y matices, con la música de uno y otro acompañándolo. Mientras hablan se reconocen mutuamente y muestran las situaciones contradictorias que vivieron, cuando no sufrieron. Salieri, el mayor y también más longevo, vivió dentro del éxito profesional oscuro de profesor y director, pero cuasi desconocido en su faceta creadora. Mozart, el más joven, pero muerto prematuramente, pasó de la fama de niño prodigio a la incapacidad de hacer valer su obra mientras vivió. 

El desarrollo de la obra es presentado en un espacio intemporal, a modo de limbo, cuando Mozart, muerto años atrás, recibe al recién fallecido Salieri, iniciándose así un diálogo donde van repasando y aclarando distintos aspectos de sus vidas. La puesta en escena, austera pero precisa, está dotada de una singularidad que la enriquece: a través de dos cámaras dirigidas a cada personaje podemos ver sus primeros planos en sendas pantallas de televisión cruzadas entre sí. Como actores, con bastante buen hacer, Javier Castro, en el papel de Salieri, y Alex Peña, en el de Mozart. Y la compañía, sevillana, Producciones Imperdibles.

Eso es lo que vi(mos) y disfruté(amos) ayer en Chiclana. Con un pero, que en realidad es una pena: sólo asistimos una treintena de personas.