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sábado, 5 de agosto de 2023

Apenas un atisbo de esa melena que le hizo parecer rebelde

Tenía una melena llamativa. La guardaba como paño en oro. Y tanto. Y eso fue el motivo de una disputa permanente con nuestro superior. Cada cierto tiempo -puede que cada dos o tres semanas- el cura aparecía durante el estudio de la tarde-noche para irnos indicando, según viera que el pelo había crecido demasiado, quiénes debían ir al peluquero. No acudir suponía un aviso, que obligaba a tener que hacerlo por tu cuenta. En su mayoría aprovechábamos el servicio, porque nos ahorrábamos un dinero. Pero el compañero siempre se negaba. Y cuando el cura le tocaba el pelo con sorna, reaccionaba con malestar. En una ocasión -¿en 4º, en 5º?- le dediqué un retrato. Simple, de pequeño tamaño. Al modo de una caricatura. No he vuelto a verlo desde que dejé el colegio. Supe, eso sí, que se dedicaba a la abogacía. Fue ayer cuando lo vi en una fotografía, posando trajeado delante de unas estanterías atiborradas de mamotréticas enciclopedias de leyes. Y vi en su cabeza las huellas del paso del tiempo: arrugas, un entrante no muy llamativo, pelo blanco... Y apenas un atisbo de esa melena que le hizo parecer rebelde. 

lunes, 13 de marzo de 2023

El cura que le gustaba lanzar borradores


De él escuchábamos de vez en cuando expresiones como "recordiam meam, chiribitam suam" (más o menos) o "cuando menos lo esperas, salta la liebre". Lo primero tenía que ver con sus clases de Latín y las pullas que pronunciaba cuando la cosa no iba bien. Lo segundo pertenecía a su faceta sádica -sí, así era-, cuando en clase lanzaba el borrador de madera contra algún alumno que se mostraba distraído. Una faceta que en otras ocasiones manifestaba con golpes en serie sobre nuestras cabezas con un diccionario de la lengua clásica o una regla de pequeño tamaño si la respuesta no era la correcta. Fue también profesor de Religión y ahí fue donde se alejaba de los rigores que mostraba en las declinaciones, formas verbales y traducciones. Lo recuerdo en su apuesta por los trabajos personales y la buena estima que solía tener de los que le entregaba. Fue en 4º cuando realicé uno dedicado a los santuarios marianos en España, para lo que construí un enorme mapa en el que iba reflejando lo que encontraba en el Espasa-Calpe y en los numerosos folletos turísticos que teníamos en casa, algunos de  los cuales me sirvieron para ilustrarlo. O en 5º, cuando plasmé mi visión de las injusticias en el mundo poniendo el acento en las miserias del Tercer Mundo y señalando que tan malo era la persecución en la URSS de Alexander Solzhenitsyn como el encarcelamiento en Uruguay de Juan Carlos Onetti. En medio, durante el verano que separó ambos cursos, con él conocimos el bautismo de la montaña, ascendiendo al paraje de Hoya Moros. Cuando nos instalamos en en las tiendas de campaña, nos repetía sin cesar un "¡Cuidado con los vientos!", lo que al principio nos provocó tanta gracia. Tras mi marcha del colegio en 1974 apenas volví a verlo. Pasados bastantes años me enteré de su jubilación en la docencia, lo que no fue óbice para que siguiera manteniendo responsabilidades cuasi honoríficas en la orden religiosa a la que perteneció. No hace mucho supe que había muerto. 

lunes, 11 de julio de 2022

Las vueltas que da la vida de un alumno de mi primer instituto como profesor

Tengo un recuerdo imborrable de los meses que pasé en Rute, allá por el curso 1987-1988. Fue mi primer año de trabajo en la enseñanza y tuve la suerte de encontrarme con un alumnado excelente. En lo académico y en el trato personal. En cierta ocasión organicé un debate sobre la Reforma de la Iglesia, dentro de la asignatura Historia Universal del último curso de Bachillerato. A mis alumnos y alumnas les facilité una información diversa, que estaba basada en algunos libros, fotocopias de otros y un esquema orientativo. También conté con dos profesores del instituto, por considerar que su presencia podría resultar interesante, dado que uno, de Filosofía, era un ferviente católico y el otro, de Matemáticas, era luterano. Conservo de aquel acto el esquema que elaboré y unas anotaciones muy concisas de las intervenciones. Y repasándolas ayer me llamó la atención el único alumno del que dejé escrito su nombre y primer apellido. Eso motivó que indagara en la red por ver si podría averiguar algo sobre lo que ha sido de su vida. Y surtió efecto, porque encontré una entrevista realizada hace seis años en la radio local del pueblo, a donde regresa de vez en cuando. Haberlo visto en una foto, después de tantos años y calva incluida, no me permite identificarlo físicamente, aunque mantengo algunos recuerdos personales suyos. Uno de ellos, del primer día, era su deseo de ser militar, algo que su madre me confesó  tiempo después que no le gustaba. El caso es que, como se desprende de la entrevista, acabó licenciándose en Derecho, lo que le permitió trabajar durante unos años dentro de ese campo en varios ámbitos de la administración. Ahora, sin embargo, ha acabado recalando en una actividad bastante diferente: el mundo del fútbol. Y es que en los años noventa no dudó en sacarse las acreditaciones correspondientes como técnico superior deportivo y entrenador, como una forma de dar satisfacción a su afición. De esa manera, lo que inicialmente fue un complemento de su trabajo acabó siendo su profesión. No como entrenador de las categorías altas del fútbol, pero sí en las inferiores y en labores técnicas de seguimiento de jugadores jóvenes para el club de la capital cordobesa. ¡La de vueltas que da la vida!   

(En la fotografía, que me ha facilitado mi amiga Charo -alumna que fue del centro a finales de los años setenta, una década antes de mi llegada-, puede verse en el primer plano el edificio escalonado del instituto, en cuya parte superior se situaba una residencia; a su derecha aún no se había construido el espacio deportivo, con las pistas y el pabellón; y a su izquierda tampoco se había hecho lo propio con otro edificio anexo a las aulas).   

domingo, 17 de abril de 2022

De cuando cantábamos "Madrecita..."

En mi casa éramos de Raphael frente a Manolo Escobar. "Rapael" y el "Escobero". El primero, con su melenita y canciones como "Yo soy aquel" o "Digan lo que digan", representaba, en cierta medida, un aspecto de la modernidad de esos años. En cambio, el cantante de Almería, con sus coplas facilonas y pegadizas, tipo "Porompompero" y demás, nos parecía pachanguero. Pero, en algo que no dejó de ser raro, en el curso 67-68 empecé a cantar eso de "Madrecita María del Carmen, / hoy te canto esta bella canción...!".  Y mi madre, sorprendida, me decía: "Hijo, ahora te gusta Manolo Escobar". Fue una fiebre pasajera y el culpable no fue otro que un compañero de clase con el que, además, regresaba cada día a casa, tanto al mediodía como por la tarde. El mismo con el que sufrí un percance que pudo salirnos caro, después que, a la salida del colegio, a un camión se le rompiese en una curva el cajón de su carga, que estaba lleno de ruedas y que casi nos aplastan. Eso, con la ayuda de la "Madrecita", reforzó nuestra amistad. Luego, acabado el curso, nos separamos, a lo que se añadió que él empezó el bachillerato en el colegio de curas contiguo a donde trabajaba su padre, mientras en mi caso se decidió en casa que lo retrasara hasta los once añitos. Aunque un año después volvimos a coincidir en el mismo colegio, la amistad se había diluido. Hubo una salvedad en el verano del 70, cuando, durante la estancia en la finca que el colegio tenía en el entorno de la sierra de Béjar, lo elegí en primer lugar para formar parte de mi grupo de campamento. ¡Y qué papel hizo durante las "noches de campamento" que a diario se organizaban! Era prodigioso imitando a personajes como Félix Rodríguez de la Fuente, César Pérez de Tudela o ese Secundino Gallego, conocido como "el hombre de los pájaros", que se hizo famoso en un concurso de televisión. Ha pasado prácticamente medio siglo desde entonces y apenas he tenido conciencia de haberlo visto más veces. Hasta hace unos días, que apareció con su cara sonriente en una fotografía publicada en feisbuk. Estaba reconocible, pese al paso de los años. Y como novedad, provisto de un bigote llamativo, que me recordó al que llevaba su padre. ¡Qué bueno!

miércoles, 13 de enero de 2021

Del bigote (poblado) a la barba (moderada), sin dejar de ser secretario

Era el secretario político de nuestro partido en la región. Firmaba  como Quintanilla sus artículos en la prensa clandestina. Un nombre que resultaba muy castellano. Usaba por entonces, como tantos otros dirigentes del peté, el típico bigote poblado. Varias veces apareció por la ciudad. Al principio, en la clandestinidad. La última visita la recuerdo bien y mantuvo una reunión con la célula universitaria. Estábamos en los inicios de la batalla autonomista, antes incluso de que se aprobase la Constitución. Nuestro partido hizo de ello una de sus prioridades. En su disertación defendió la línea a seguir con fruición. Nos llamó la atención que, a la vez que hablaba, cogía cigarrillos y los iba destrozando poco a poco con los dedos. Una forma de no-fumar sin tragar humo y que a alguno le fastidió por el desperdicio de tabaco que suponía. Al cabo de los meses y algunas cosas más, vinieron las elecciones generales y municipales de 1979. Y también la unificación fallida con la oerreté. Al poco acabó dejando el cargo. Luego fuimos sabiendo que se buscó la vida como secretario de ayuntamiento, recalando en un pueblo burgalés. Que se alejó del partido antes de que se disolviera. Y que 1983, ya con el pesoe en el gobierno autonómico, ocupó una dirección general en la administración regional recién creada. En fin, el aburguesamiento, como decíamos entonces. Pero de eso han pasado muchos años... Más de cuarenta años. Llevo unos cuantos siguiendo algo sus pasos. Por eso he sabido que no tardó mucho tiempo en  llegar al lugar de trabajo que le ha llevado la mayor parte de su vida profesional. Que fue escalando en el escalafón jerárquico hasta llegar a su cúspide, donde, por lo visto, se ha convertido en una figura reconocida. Dentro y fuera de la institución. Y he sabido también acerca de lo bien que se ha llevado con ese alcalde pepero de lengua fácil y amante de maniobras urbanísticas. Hasta algún disgustillo que otro ha tenido con la Justicia, pero ya se sabe. Puede que ya se haya jubilado, pero lo ignoro. Atrás dejó su bigote, claro está. Desde hace tiempo es la barba la que cubre su cara. No abundante, sino moderada, propia de su condición de alto cargo de la administración municipal de una ciudad con pedigrí. ¡Qué tiempos!

domingo, 27 de diciembre de 2020

Las vueltas (¿o la línea?) de la vida del camarada Ernesto

Su presencia nos imponía cierto respeto. Aparentaba más edad, pero tenía la mía. Por la altura, a primera vista, pero sobre todo por su verbo y su semblante grave. Aunque era nuestro responsable político en la Joven de los institutos, prefería relacionarse con la gente de la Universidad. Apenas tuve trato con él, pues estudiábamos en centros distantes. Recuerdo cierta ocasión que me insistió para que contactara con una persona que, sin ser profesor, pululaba por los pasillos del instituto y del que habíamos oído que había estado en el Sáhara Occidental. Corría el curso 75-76 y el camarada Ernesto, que era como lo llamábamos en el argot de la clandestinidad, quería que me presentara ante él e indagara acerca de su posicionamiento ante lo que estaba ocurriendo en la colonia/provincia española que acababa de ser entregada inmisericordemente a Marruecos y Mauritania. ¡Pobre de mí, un jovencito e inocente militante de base, que estaba aprendiendo de la vida! Luego, a la vuelta del verano, supimos de su salida de la Joven y del Partido, y su ingreso en el PCE. Recuerdo una breve conversación en la Plaza Mayor en la que intentó convencerme para que siguiera sus pasos y mi pronta negativa a seguir discutiendo. Lo que vino después, por su parte, fue un rápido ascenso en la jerarquía de su nuevo partido, en el que llegó a ser su secretario provincial, y después, una nueva huida política, esta vez hacia el PSOE, donde también ascendió a su cúspide provincial. Mientras  tanto, era normal que de vez en cuando nos cruzáramos por los aledaños de la Plaza Mayor, de uno de cuyos establecimientos era asiduo al mediodía con su pequeña tropa, en su mayoría ex del PCE. Durante años estuvo compaginando una activa labor política con otra más laxa del mundo del Derecho. Hace unos años supe de su nueva dedicación, en el campo docente, después de haber salido despavorido de unas elecciones en las que la apisonadora pepera lo dejó noqueado. Se lo facilitó el hecho de que unos años antes había iniciado los pasos para ir cambiando su dedicación profesional hacia otra que le venía como anillo al dedo: el de la Ciencia Política, donde alcanzó el título de doctor. Y así lleva casi dos décadas, en puestos humildes de universidades de las dos orillas del océano que separa Europa de América. Hace unos días, en una provincia vecina de donde estudiamos de jóvenes, participó en un acto en el que se conmemoraba la Constitución. La misma por la que sigue manteniendo la ilusión.

lunes, 10 de junio de 2019

El cursus honorum de un vecino del barrio
























Su cara ya está envejecida, pero me ha llamado la atención no tanto el peinado que lleva, como ese
 saliente curvo en la parte posterior de la cabeza tras haberse echado el pelo hacia atrás. Muy propio de banqueros, empresarios, señoritos, pijos y tales, que no tienen nada que ver con sus humildes orígenes sociales. Normal, puede decirse, como vividor que sigue siendo de eso que suele llamarse clase política, casta... No es que lo suyo de ahora haya sido resultado de una puerta giratoria, pues no se ha ido a una empresa privada. Ni tampoco ha sido el  retiro del guerrero, pues no se ha jubilado aún. Pero sigue incrustado en las instituciones y de qué manera. Finiquitados no hace muchos sus servicios al partido, en vez de volver a su puesto de trabajo primigenio -donde, por cierto, estuvo poco-, optó por una vida más relajada en un organismo autonómico dedicado al control de las cuentas públicas. Pues bien, hablo, 
durante su juventud, de un antiguo militante -y dirigente- universitario del PCE eurocomunista y también partícipe de la primera asociación vecinal del barrio; luego autoexcluido como renovador, cuando Carrillo le pareció excesivo; y finalmente desembocado en ese partido ganador que prometía modernidad a la sociedad y una carrera profesional con futuro a quienes se afiliaban a él. ¡Y vaya si lo consiguió! Más de tres décadas entregado a su causa, gratificada en su cursus honorum con los 73.000 euros anuales y coche -y me imagino que más dietas- que se embolsa cada año. Entre volver a dar clases y la tentación de ese premio, no lo dudó. Así es la vida.    

jueves, 25 de abril de 2019

Periodista, historiador, profesor...




































Ha sido la televisión el medio donde he vuelto a verlo. Al principio, aunque me sonaba la cara, no daba con él. Me ha parecido más envejecido -quizás bastante- en relación a otras veces en que iba sabiendo de su trayectoria profesional, que desde hace tiempo ha sido la docencia universitaria hasta su jubilación. Eso sí, sin que abandonara la primigenia: el periodismo. Estaba yo  centrado corrigiendo noticias de todo tipo, artículos de opinión y anuncios comerciales en el periódico provincial donde trabajé a mediados de los ochenta, cuando una tarde apareció él con algunos periodistas jóvenes más. Llegaba como nuevo director, sustituyendo a otro muy veterano y experimentado en lo local como nadie. Buscaba, más que reforzar el periódico, que también, renovarlo. Darle una dimensión más amplia, con un mayor tratamiento a lo que iba más allá de las fronteras provinciales. Jugó fuerte con el referéndum de la OTAN y las elecciones que le siguieron, como analista de algo importante, diferente y superador de las noticias que llegaban de las agencias. Cuando me vine a esta tierra, que era la suya de origen, allí se quedó él intentando un imposible. Porque no mucho después dejó el periódico, quizás harto de las miras estrechas, provincianas, de sus propietarios y de un público que poco a poco se iba conservadurizando. Aquí rehízo en parte su vida profesional. Siguió en el periodismo, pero se centró en doctorarse académicamente y proseguir por la vía de la investigación histórica que desde tiempo atrás cultivaba y, puedo asegurarlo, siendo quien más sabe de la historia del periodismo andaluz. Y en ese mundo creció y ascendió. Con el tiempo su periódico de unos pocos, que también lo fue el mío, acabó desapareciendo. Víctima de la incapacidad de quienes no veían más allá de sus estrechas fronteras, dejando atrás más de un siglo de andadura. No hace mucho se jubiló a quien he dedicado esta entrada. Y, al parecer, gozoso. Como corresponde. 

sábado, 23 de febrero de 2019

El show de don Manuel










































































Era el momento del siglo XVIII en España. Más concretamente, de los ilustrados. Ese día se enfadó con una alumna porque, según dijo, se estaba riendo mientras hablaba de su paisano Jovellanos. Era puro gesto. Su presencia en clase era como una representación teatral. Todo eso me resultaba simpático. En cierta medida era una caja de sorpresas. Hacía cosas interesantes. Ahí estaban los debates sobre algunos temas (no se me olvida el dedicado a las Comunidades de Castilla). O las excursiones, como la ruta comunera por la provincia de Valladolid o las visitas a Madrid, Toledo y El Escorial. Pero había veces que hacia aguas. Daba la impresión que pertenecía a esa extirpe de hidalgos castellanos que le gustaba hacer ostentación del orgullo patrio. Sobre todo de los gloriosos siglos imperiales. Quizás por eso hiciera de Carlos I o V, según se quiera, su objeto favorito como investigador. Hoy estaba haciendo un expurgo de materiales que conservaba de aquellos años (ya se sabe, apuntes y fotocopias) y me he encontrado con algunas cosas curiosas. Como las viñetas que aparecen en esta entrada. No son las únicas, pero estas me han parecido las que mejor le definen. En esta ocasión no presento un reencuentro virtual sensu stricto, aun cuando luego haya tenido que buscar en la red su imagen. Por ello he sabido que murió hace unos años. Los dibujos que hice durante una de sus clases, creo que dan una idea de su fulgor histriónico. Hasta les di el título de "El show de don Manuel". No creo que con ello pretendiera hacerle daño. Repito, me resultaba simpático. 

domingo, 21 de enero de 2018

Compañero de habitación, intelectual reconocido en la otra parte de Europa










































La verdad es que ha sido una sorpresa ver su fotografía a través de la red. Su cara me ha resultado perfectamente reconocible, pese a los 44 años que han pasado. Sigue manteniendo su característica perilla, que, junto a sus gafas, le dan una fisonomía propia hace tiempo entre la intelectualidad de los países del centro europeo, siendo él húngaro. 


Recuerdo muchas cosas de él. Como su cara de sorpresa cuando, de vuelta de su país tras unas breves vacaciones de invierno, me encontró alojado en su habitación, la staia 425. La residencia en Sofía donde vivíamos estudiantes de postgrado estaba formada por habitaciones dobles amplias, pero ante mi presencia debió de ver cierta intromisión en un espacio que durante un tiempo había ocupado con la ventaja de estar solo. Hubieron de pasar varias semanas hasta que, por fin, fuimos logrando entendernos mejor. El idioma era el principal obstáculo. Mi búlgaro, todavía al poco de llegar al país en un gélido enero, era prácticamente nulo, pero Yuri, como le gustaba que le llamaran, no entendía nada ni en francés, idioma con el que comunicaba con otra gente, ni en inglés.


Algunas de las situaciones vividas las conservo en imágenes fotográficas, otras han quedado reflejadas por escrito en mi diario y no han faltado unas pocas plasmadas en pequeños dibujos y pinturas. Tuvimos desavenencias, que no voy a mencionar ahora, pero de los buenos momentos destaco dos. Uno, la subida en dos ocasiones al Cherni Brej (Pico Negro), con caminatas gloriosas sobre un suelo nevado, donde la espectacularidad se unía a la belleza del paisaje. El otro, con motivo del 8 de marzo, en una velada con gente de varias nacionalidades, un momento muy agradable donde no faltaron los cantos que cada cual entonó de su país de origen.

Precisamente ayer, ojeando las cartas que conservo de aquellos años, me topé con la de Yuri. Eso me llevó a buscarlo en la red, lo que tuvo éxito pronto. Por lo que he podido averiguar, me resulta llamativo descubrir aspectos interesantes de su vida. Se trata de un personaje bastante conocido en  el mundo cultural de su país de origen, Hungría, pero también en el de su corazón, esto es, Bulgaria. Considerado como “bulgarista”, dispone de un currículum prestigioso y extenso: es experto en biblioteconomía, ha trabajado como profesor universitario en los dos países, es autor de varias obras de filología y literatura, es un reconocido traductor literario, ha sido editor de revistas y no le ha faltado sumergirse en el mundo de la poesía. 

Precisamente por esto último recibió en 2015 el que puede considerarse como el premio más importante de Hungría, el Attila Jozsef, dedicado a un célebre vate  húngaro de principios del siglo XX, conocido como el "gran poeta proletario". Nunca supe cuáles eran las opiniones políticas de Yuri, si bien mostraba interés por la actualidad de Bulgaria. Una actitud diferente, quizás prudente, de la de otro compatriota suyo, Csaba, que no me escondía sus opiniones claramente anticomunistas.     


Doce años mayor que yo, algo que se notaba cuando convivimos bajo el mismo techo, no parece que su edad actual, pasados los setenta, sea impedimento para seguir manteniendo una actividad intelectual fructífera. 


¡Quién iba a decir que después de tanto tiempo iba a reencontrarme virtualmente con él y que siga conservándose tan fresco como cuando ultimaba su tesis doctoral o subíamos por las nevadas rampas del Cherni Brej!

domingo, 17 de diciembre de 2017

Número uno en su oposición, imagen del conservadurismo de su ciudad



















































1987, mes de julio, en la capital granadina... Un momento importante en mi vida. El de mi acceso a un mundo profesional, la enseñanza, que me ha estado acompañando en las tres décadas siguientes. Ya a punto de concluir el camino, me ha venido el recuerdo de entonces cuando me he encontrado con la imagen de quien fue el número uno de la oposición. Aún mantengo su imagen, una expresión llena de seguridad, poderosa en lo que decía y, a veces, entre excesiva y pomposa. No se me olvidan sus alusiones a Napoleón y al papel que le puede corresponde a los personajes en la Historia.  

Esta mañana le he dedicado un tiempo visualizando una entrevista suya emitida en un lugar de la red. Y aunque esa imagen que conservaba de antaño se ha mantenido en cierta medida, ahora aparece algo tamizada. Como si hubiera un comedimiento propio de quien se siente -es un decir- un poco sabio. Ya no sobreactúa en sus expresiones y es la voz de la experiencia adquirida la que fluye con mayor naturalidad en sus palabras. 


Por lo que he estado escuchando, sus palabras transmiten con claridad su forma de entender el mundo, su cosmovisión de la vida, donde confluyen lo que parece un pasado idílico durante su niñez y adolescencia, y el reino del conservadurismo en que se ha convertido la ciudad donde nació y donde sigue viviendo. La misma donde llegué a vivir durante algún tiempo. Llevo años pensando en el proceso vivido por esa ciudad. Quizás peque de exageración o simplemente yerre, pero es así como contemplo desde hace tiempo a lo que fue conocida como la perla del sur e incluso tachada de roja. Cuando estuve en ella, intuí un diamante en bruto de una nueva modernidad. Envejecida por el paso del tiempo y muy estropeada por la voracidad del dinero y los desmanes de la dictadura, creí ver un potencial hacia algo nuevo, donde se fundieran la innovación en sus formas y la solidaridad entre sus gentes. Alejado por razones profesionales, durante un tiempo albergué la posibilidad de regresar en cuanto tuviera la ocasión. Luego la idea se fue desvaneciendo.


Y es en esta ciudad en la que mi acompañante en este reencuentro virtual ha acabado encontrando su plenitud profesional. En parte, en el mundo de la docencia, a la que ha dedicado unos cuantos años. En mayor medida, en el de la investigación histórica, donde ha plasmado su labor a través de varias publicaciones y donde ha obtenido el reconocimiento de la academia local. Pero creo que lo ha conseguido, sobre todo, en la gestión cultural de dos instituciones locales, que lo han situado en una cima más alta. Desde ella mira la vida, la suya, y el pasado, la Historia. Y se recrea sobre todo en unos momentos, no muy lejanos, que los ancla en la segunda mitad del siglo XIX y primeros años del XX. Allí encuentra cosas que le atraen, como el campo de los avances técnicos y científicos que son la base de nuestra realidad actual. Y destaca también un personaje, nacido en su ciudad y tan del gusto del conservadurismo patrio, como es Antonio Cánovas del Castillo. Una preferencia que supone todo un autorretrato de mi protagonista de hoy. 

domingo, 28 de mayo de 2017

El joven psocialista que soñó con volar alto










































Hace diez años lo vi por última vez. Oí que se había ido a la capital andaluza, buscando rehacer su vida después del duro palo que recibió de su propio partido. Bueno, del aparato que lo controlaba entonces, después que las expectativas electorales lo situaban por debajo de lo deseado. 


Había sido, desde muy joven, el típico aspirante a ir ascendiendo en el partido con vistas a situarse en lo más alto posible. Por ello se decidió por unos estudios universitarios que le venía como anillo al dedo. Una vez finalizados, consiguió pronto dirigir la organización local de su lugar de origen, adquiriendo un gran protagonismo que le llevó en 2003 a ser nombrado candidato a la alcaldía. Para ello hizo gala de unos recursos teóricos que estaban muy por encima de la media de la militancia y, sobre todo, de un atrevimiento teñido de egocentrismo. Formado en la escuela felipista, que se mantenía en Andalucía a través del chavismo de Manolo, cultivó la moderación en el discurso de izquierda, un fuerte anticomunismo hacia lo que representaba IU y, claro está, la confrontación con el principal rival político que representaba el PP.  


Durante un tiempo se rodeó de un grupo de incondicionales, especialmente jóvenes, a los que fue gratificando con algún que otro trabajo en la red clientelar del partido o encantando con futuras promesas en esa dirección. Poseedor de un verbo lenguaraz, en su aspiración a la alcaldía no pudo superar dos dificultades: la de IU, por su izquierda; y la de los sectores políticos moderados, que desde 1999 tenían al PP como referente. Esa fue la razón de su defenestración y la designación a dedo de quien podía recoger los votos moderados, como finalmente ocurrió. Atrás quedaron algunas que otras traiciones, y por delante, un camino que descubrir.


En la noche del domingo pasado me llamó la atención entre el grupo de personas que rodeaban al candidato ganador de las primarias psocialistas una cara que me resultaba conocida, pero que no sabía identificar. Hace un par de días me llegó la solución: era él, cambiado en algún detalle externo, producto del paso de los años. E indagando por la red, su nombre aparece en varias situaciones. Unas, de gestiones empresariales dudosas. Y otras, 
como un personaje activo en el entorno sanchista, radicado ya, eso sí, en la capital del reino. ¿Habrá encontrado por fin el camino que le permita llegar tan alto como soñó cuando era joven? 

(Imagen: fotomontaje de Luis Valverde Luna, publicado en Debate Ciudadano de Barbate, octubre de 2006)

lunes, 26 de septiembre de 2016

Desastre de niño, mago de mayor










































Era un chico más que inquieto y muy desordenado. Su nombre casi coincidía con ello y maliciosamente se lo decíamos. Un desastre, vamos. Además no era buen estudiante, aunque iba tirando, y le gustaba poco practicar deporte. Al poco de empezar el bachillerato sospeché de él de haberme pintado con acuarela de color rojo el canto de mi pequeño diccionario de la Lengua. Una huella que se sigue conservando. 

Dejé de verlo cuando me fui al instituto y a principios de los ochenta volví a verlo cuando  representaba un espectáculo de magia en un pueblo de la Sierra de Francia. Me sorprendí por lo que había cambiado físicamente, ya no niño, pero, sobre todo, por su nuevo quehacer, que no lo hacía mal. 

Supe después que seguía dedicándose a ello y hoy he descubierto que ha hecho de la magia su profesión. Y le va bastante bien, practicando, teorizando, enseñando y hasta escribiendo. Me alegro por él. Por lo que he leído, ha escrito en su blog que pasó su infancia "permanentemente aburrido", por lo que creo que yerro poco en mi diagnóstico. Eso sí, parece que, mago aparte, sigue siendo un desastre.   

jueves, 28 de enero de 2016

Un paso efímero por el instituto dentro de una vida más intensa














Llegamos al mismo tiempo al instituto. Pero ella se fue al poco, llamada por la universidad de la capital mediterránea del sur para dar clases. Dejó, pues, a jóvenes que en teoría estaban saliendo de la pubertad para encontrarse con jóvenes que, también presumidamente, se iniciaban en la aventura de la madurez. Doctorada como estaba ya, ese paso suponía una adecuación a su formación intelectual. Cuando llegó aquí en cierta medida se sintió arrinconada, debiendo conformarse con lo que le habían dejado sin quererlo. Algo oí de sus quejas, nunca de su boca, pero por la expresión de su cara se le notaba un tanto afectada. Sí nos llamaba la atención sus ojos azules, que, acompañados de su nombre, delataban que había nacido en otras tierras. No tengo memoria de su voz, quizás porque apenas dejó que se le oyera más allá de lo necesario para ella. 

Pasado el tiempo fui sabiendo de su hacer universitario, con algún artículo en alguna obra colectiva, y de una vertiente que le ha dado cierta fama hilando palabras, sentimientos y mensajes. Se ha ganado, así, una parcela en el mundo de la filosofía y la literatura, lo que la ha llevado a ser objeto de entrevistas, reseñas y hasta estudios de su vasta obra. Ha llegado incluso a integrarlas en un todo que las fusiona, si es que, haciendo yo una interpretación de sus palabras, no las supera.  


Leyendo, y a veces oyendo, lo que dice se trasluce una personalidad fuerte con apariencia de fragilidad. O quizás lo contrario, a saber, una fragilidad que se soporta sobre una fortaleza escondida. Todo lo que ha sufrido y hecho a lo largo de su vida, surcada de viajes y estancias de un lado para otro, pero siempre en su ciudad de acogida como referencia, es lo que ha ido alimentando esa dualidad. Eso la llevó a refugiarse en la literatura desde muy temprano, el mundo donde pudo ir dando rienda suelta a la imaginación y a la descarga de la adrenalina acumulada cuando sentía que lo que le rodeaba la invadía sin quererlo. Mediante la filosofía intentó comprenderlo lo todo, buscando las razones que pudieran explicar lo que somos, por qué existimos o qué nos lleva a hacer lo que hacemos
. Y eso la acabó llevando hacia el oriente, donde se ha sumergido en las profundidades de una cultura que la ha dotado de los ingredientes necesarios para vivir y sobrevivir.

Después de un largo recorrido en el tiempo, limitada por las heridas de la vida, se siente con ánimo para seguir adelante. Confiesa haber roto con los absolutos y los paraísos para quedarse con lo concreto, con las cosas reales. Pero como conseguirlo resulta imposible, dice, ha decidido aprender a convivir con el dolor y con las abstracciones, dotada de una herramienta que la ayuda a convivir con lo negativo y a sobrevivir en los momentos difíciles.   

He rastreado en sus palabras buscando los lugares por donde ha pasado. Y en ninguno he encontrado que haya nombrado este lugar donde estuvo hace algo más de un cuarto de siglo. Como si lo efímero del paso por esta pequeña parte del mundo hubiera sido para ella una insignificancia olvidada dentro de una vida mucho más intensa.

domingo, 3 de enero de 2016

El compañero de trabajo engreído y la advertencia
























Cada vez que paseo por las calles de mi ciudad de nacimiento me viene al recuerdo cantidad de situaciones y, con ellas, de personajes. No sé por qué, la verdad, pero, poco antes de llegar hoy a casa tras un largo paseo matutino, se situó en mi mente un personaje del que no hace mucho supe que había fallecido hace casi dos décadas. Trabajé con él allende el río. Eso sí, cada uno en su sitio: él en la confección de las páginas de un periódico que llegó a ser centenario y yo, en la mejora, dentro de mis posibilidades, de todo aquello que ayudara a leerlas. Él, sintiéndose importante, y yo, peleándome cada día por intentar poner orden en el mundo de la ortografía, las tildes y la puntuación. Él, en fin, montando y yo, corrigiendo. Nunca pudimos cruzarnos en los quehaceres diarios, salvo en una cosa, a la que me referiré más adelante.

Siempre me pareció distante, displicente y hasta engreído. Esa conducta suya quizás fuera fruto de su propia consideración, que por entonces estaba por encima de lo que era profesionalmente hablando y, ya según mi parecer, por encima de su valía. Su apariencia física, sin embargo, no daba esa personalidad. Iba casi desaliñado, con una estética más propia de los años setenta y que empezaba a parecer de otro tiempo en los años de apogeo del felipismo, esos en que se puso mucho empeño en modernizar España para que, en boca del que figuraba como número dos de aquello, no la conociera "ni la madre que la parió".  

El caso es que el hombre que me ocupa en este reencuentro se daba unos aires... Y precisamente esta última palabra en singular aparecía en una columna suya, muy bien situada en la jerarquía de páginas del periódico, que le permitía decir lo que le viniera en gana cada día. Su estilo era muy directo, como lo era también su falta de respeto a las normas de la formalidad del idioma. ¿Por qué ese chollo? Me consta, porque fui testigo, que se llevaba muy bien con el jefe. Algo sabía también de su pertenencia por parte de madre a una familia con lustre social en la ciudad. He sabido después que, además, era uno de los vástagos de quien fue unos cuantos años atrás uno de los directores del periódico. Incluso supe, ya no hace mucho, que él mismo llegó a situarse en el penúltimo escalón de la cúspide, pero con la desgracia de que las fauces del destino se lo llevaron para siempre en plena madurez de su cómputo vital. 

De entre las columnas que leí de él durante los casi dos años que trabajé en el periódico, menos un día a la semana que descansaba, hubo una que siempre me dejó sorprendido y que tituló "La advertencia". Estaba dedicada a una película de Juan Antonio Bardem con el mismo título y que TVE acababa de estrenar a principios de 1985 sin que antes se hubiera hecho en ninguna sala comercial española. Qué curioso que un año antes yo hubiera tenido la oportunidad de haber visitado en Sofía el mausoleo con el cuerpo embalsamado de quien era el personaje principal de la película, un dirigente comunista búlgaro que fue acusado falsamente en los albores de la Alemania nazi de haber sido el autor del incendio del edificio del Reichstag berlinés. Y qué curioso que eso de lo que trata la película y que el personaje que me ocupa comentaba en su columna, esto es, la unidad de los grupos de izquierda, es lo mismo que esta noche he estado hablando con un viejo amigo.  

jueves, 9 de julio de 2015

Sigue en la farmacia rural familiar














































Había vuelto a saber de él desde hace unos años, cuando empecé a curiosear por la red en busca de la pequeña tropa de camaradas que había perdido la pista. Supe, así, que seguía en la farmacia familiar de un pequeño pueblo castellano. Cuando estudiaba la carrera, ése era su deseo. La última vez que lo vi en persona -quizás a mediados de los ochenta: hace tres décadas-, lo noté
 contento. Iba acompañado de su mujer, antigua compañera común de las fatigas antifascistas, y de algún retoño. Atrás habían quedado años de aventuras, dedicación y sueños. 

Cuando lo conocí él estaba en la cúpula de nuestra modesta organización. Era un veterano en comparación con la bisoñez de quienes nos iniciábamos en el mundo universitario. El primer encargo que me hizo fue mandarme de improviso a una reunión en Madrid, lo que me obligó a no dormir en toda lo noche y tener que hacer trasbordo en Medina del Campo. Me pareció siempre buena gente, aunque un tanto desordenado, a la vez que ocupado y preocupado por sus estudios, que se retrasaban en su final ante tanto trajín. Durante un tiempo estuvo encargado de los caudales de la organización y fue artífice de una jugada genial durante las elecciones de 1977: conseguir dinero de Alianza Popular a cambio de cederle el pabellón municipal para un mitin. Ya se notaba por entonces que ese partido nunca anduvo escaso de dinero. El caso es que la jugada nos salió redonda, pues con lo recaudado pudimos hacernos con unos magníficos altavoces de coche, mientras que AP hubo de esperar a 1982 para obtener su primer diputado por la provincia. 

Hace poco me encontré en un periódico digital con una foto y un apellido que enseguida identifiqué: su hermano, también compañero de fatigas, pero en la tierra de origen. Era la viva imagen del recuerdo que mantengo del viejo amigo. El hombre lleva años metido a reportero deportivo de un periódico muy conocido y es especialista en la gente que compite con dos ruedas en llano y subiendo y bajando cuestas. Un nombre profesional que me suena de haber leído en sus crónicas, pero que nunca creí fueran a estar escritas por el hermano de quien me ocupa en este reencuentro. 

Y esa imagen tan parecida la he podido confrontar con la que hace unos días, por fin, he encontrado del viejo amigo. Mantiene los rasgos de su cara, por supuesto, pero se le ve envejecido. En cuanto a su aspecto, me atrevo a decir que su indumentaria mezcla lo de antes y lo rural. Ese antes que mucha gente mantiene -mantenemos- no haciendo demasiados alardes a las modas pasajeras que se han ido sucediendo con los años o evitando cambios más drásticos, con traje y corbata incluidos. Y lo rural, porque me da la impresión -es sólo una conjetura- que se siente a gusto en su pequeño mundo.