Tenía una melena llamativa. La guardaba como paño en oro. Y tanto. Y eso fue el motivo de una disputa permanente con nuestro superior. Cada cierto tiempo -puede que cada dos o tres semanas- el cura aparecía durante el estudio de la tarde-noche para irnos indicando, según viera que el pelo había crecido demasiado, quiénes debían ir al peluquero. No acudir suponía un aviso, que obligaba a tener que hacerlo por tu cuenta. En su mayoría aprovechábamos el servicio, porque nos ahorrábamos un dinero. Pero el compañero siempre se negaba. Y cuando el cura le tocaba el pelo con sorna, reaccionaba con malestar. En una ocasión -¿en 4º, en 5º?- le dediqué un retrato. Simple, de pequeño tamaño. Al modo de una caricatura. No he vuelto a verlo desde que dejé el colegio. Supe, eso sí, que se dedicaba a la abogacía. Fue ayer cuando lo vi en una fotografía, posando trajeado delante de unas estanterías atiborradas de mamotréticas enciclopedias de leyes. Y vi en su cabeza las huellas del paso del tiempo: arrugas, un entrante no muy llamativo, pelo blanco... Y apenas un atisbo de esa melena que le hizo parecer rebelde.
Historia, política, sociología, arte, música, geografía, literatura, pensamiento...
sábado, 5 de agosto de 2023
lunes, 13 de marzo de 2023
El cura que le gustaba lanzar borradores
lunes, 11 de julio de 2022
Las vueltas que da la vida de un alumno de mi primer instituto como profesor
(En la fotografía, que me ha facilitado mi amiga Charo -alumna que fue del centro a finales de los años setenta, una década antes de mi llegada-, puede verse en el primer plano el edificio escalonado del instituto, en cuya parte superior se situaba una residencia; a su derecha aún no se había construido el espacio deportivo, con las pistas y el pabellón; y a su izquierda tampoco se había hecho lo propio con otro edificio anexo a las aulas).
domingo, 17 de abril de 2022
De cuando cantábamos "Madrecita..."
En mi casa éramos de Raphael frente a Manolo Escobar. "Rapael" y el "Escobero". El primero, con su melenita y canciones como "Yo soy aquel" o "Digan lo que digan", representaba, en cierta medida, un aspecto de la modernidad de esos años. En cambio, el cantante de Almería, con sus coplas facilonas y pegadizas, tipo "Porompompero" y demás, nos parecía pachanguero. Pero, en algo que no dejó de ser raro, en el curso 67-68 empecé a cantar eso de "Madrecita María del Carmen, / hoy te canto esta bella canción...!". Y mi madre, sorprendida, me decía: "Hijo, ahora te gusta Manolo Escobar". Fue una fiebre pasajera y el culpable no fue otro que un compañero de clase con el que, además, regresaba cada día a casa, tanto al mediodía como por la tarde. El mismo con el que sufrí un percance que pudo salirnos caro, después que, a la salida del colegio, a un camión se le rompiese en una curva el cajón de su carga, que estaba lleno de ruedas y que casi nos aplastan. Eso, con la ayuda de la "Madrecita", reforzó nuestra amistad. Luego, acabado el curso, nos separamos, a lo que se añadió que él empezó el bachillerato en el colegio de curas contiguo a donde trabajaba su padre, mientras en mi caso se decidió en casa que lo retrasara hasta los once añitos. Aunque un año después volvimos a coincidir en el mismo colegio, la amistad se había diluido. Hubo una salvedad en el verano del 70, cuando, durante la estancia en la finca que el colegio tenía en el entorno de la sierra de Béjar, lo elegí en primer lugar para formar parte de mi grupo de campamento. ¡Y qué papel hizo durante las "noches de campamento" que a diario se organizaban! Era prodigioso imitando a personajes como Félix Rodríguez de la Fuente, César Pérez de Tudela o ese Secundino Gallego, conocido como "el hombre de los pájaros", que se hizo famoso en un concurso de televisión. Ha pasado prácticamente medio siglo desde entonces y apenas he tenido conciencia de haberlo visto más veces. Hasta hace unos días, que apareció con su cara sonriente en una fotografía publicada en feisbuk. Estaba reconocible, pese al paso de los años. Y como novedad, provisto de un bigote llamativo, que me recordó al que llevaba su padre. ¡Qué bueno!
miércoles, 13 de enero de 2021
Del bigote (poblado) a la barba (moderada), sin dejar de ser secretario
domingo, 27 de diciembre de 2020
Las vueltas (¿o la línea?) de la vida del camarada Ernesto
Su presencia nos imponía cierto respeto. Aparentaba más edad, pero tenía la mía. Por la altura, a primera vista, pero sobre todo por su verbo y su semblante grave. Aunque era nuestro responsable político en la Joven de los institutos, prefería relacionarse con la gente de la Universidad. Apenas tuve trato con él, pues estudiábamos en centros distantes. Recuerdo cierta ocasión que me insistió para que contactara con una persona que, sin ser profesor, pululaba por los pasillos del instituto y del que habíamos oído que había estado en el Sáhara Occidental. Corría el curso 75-76 y el camarada Ernesto, que era como lo llamábamos en el argot de la clandestinidad, quería que me presentara ante él e indagara acerca de su posicionamiento ante lo que estaba ocurriendo en la colonia/provincia española que acababa de ser entregada inmisericordemente a Marruecos y Mauritania. ¡Pobre de mí, un jovencito e inocente militante de base, que estaba aprendiendo de la vida! Luego, a la vuelta del verano, supimos de su salida de la Joven y del Partido, y su ingreso en el PCE. Recuerdo una breve conversación en la Plaza Mayor en la que intentó convencerme para que siguiera sus pasos y mi pronta negativa a seguir discutiendo. Lo que vino después, por su parte, fue un rápido ascenso en la jerarquía de su nuevo partido, en el que llegó a ser su secretario provincial, y después, una nueva huida política, esta vez hacia el PSOE, donde también ascendió a su cúspide provincial. Mientras tanto, era normal que de vez en cuando nos cruzáramos por los aledaños de la Plaza Mayor, de uno de cuyos establecimientos era asiduo al mediodía con su pequeña tropa, en su mayoría ex del PCE. Durante años estuvo compaginando una activa labor política con otra más laxa del mundo del Derecho. Hace unos años supe de su nueva dedicación, en el campo docente, después de haber salido despavorido de unas elecciones en las que la apisonadora pepera lo dejó noqueado. Se lo facilitó el hecho de que unos años antes había iniciado los pasos para ir cambiando su dedicación profesional hacia otra que le venía como anillo al dedo: el de la Ciencia Política, donde alcanzó el título de doctor. Y así lleva casi dos décadas, en puestos humildes de universidades de las dos orillas del océano que separa Europa de América. Hace unos días, en una provincia vecina de donde estudiamos de jóvenes, participó en un acto en el que se conmemoraba la Constitución. La misma por la que sigue manteniendo la ilusión.
lunes, 10 de junio de 2019
El cursus honorum de un vecino del barrio
jueves, 25 de abril de 2019
Periodista, historiador, profesor...
sábado, 23 de febrero de 2019
El show de don Manuel

domingo, 21 de enero de 2018
Compañero de habitación, intelectual reconocido en la otra parte de Europa
Recuerdo muchas cosas de él. Como su cara de sorpresa cuando, de vuelta de su país tras unas breves vacaciones de invierno, me encontró alojado en su habitación, la staia 425. La residencia en Sofía donde vivíamos estudiantes de postgrado estaba formada por habitaciones dobles amplias, pero ante mi presencia debió de ver cierta intromisión en un espacio que durante un tiempo había ocupado con la ventaja de estar solo. Hubieron de pasar varias semanas hasta que, por fin, fuimos logrando entendernos mejor. El idioma era el principal obstáculo. Mi búlgaro, todavía al poco de llegar al país en un gélido enero, era prácticamente nulo, pero Yuri, como le gustaba que le llamaran, no entendía nada ni en francés, idioma con el que comunicaba con otra gente, ni en inglés.
Precisamente por esto último recibió en 2015 el que puede considerarse como el premio más importante de Hungría, el Attila Jozsef, dedicado a un célebre vate húngaro de principios del siglo XX, conocido como el "gran poeta proletario". Nunca supe cuáles eran las opiniones políticas de Yuri, si bien mostraba interés por la actualidad de Bulgaria. Una actitud diferente, quizás prudente, de la de otro compatriota suyo, Csaba, que no me escondía sus opiniones claramente anticomunistas.
Doce años mayor que yo, algo que se notaba cuando convivimos bajo el mismo techo, no parece que su edad actual, pasados los setenta, sea impedimento para seguir manteniendo una actividad intelectual fructífera.
¡Quién iba a decir que después de tanto tiempo iba a reencontrarme virtualmente con él y que siga conservándose tan fresco como cuando ultimaba su tesis doctoral o subíamos por las nevadas rampas del Cherni Brej!
domingo, 17 de diciembre de 2017
Número uno en su oposición, imagen del conservadurismo de su ciudad
Esta mañana le he dedicado un tiempo visualizando una entrevista suya emitida en un lugar de la red. Y aunque esa imagen que conservaba de antaño se ha mantenido en cierta medida, ahora aparece algo tamizada. Como si hubiera un comedimiento propio de quien se siente -es un decir- un poco sabio. Ya no sobreactúa en sus expresiones y es la voz de la experiencia adquirida la que fluye con mayor naturalidad en sus palabras.
Por lo que he estado escuchando, sus palabras transmiten con claridad su forma de entender el mundo, su cosmovisión de la vida, donde confluyen lo que parece un pasado idílico durante su niñez y adolescencia, y el reino del conservadurismo en que se ha convertido la ciudad donde nació y donde sigue viviendo. La misma donde llegué a vivir durante algún tiempo. Llevo años pensando en el proceso vivido por esa ciudad. Quizás peque de exageración o simplemente yerre, pero es así como contemplo desde hace tiempo a lo que fue conocida como la perla del sur e incluso tachada de roja. Cuando estuve en ella, intuí un diamante en bruto de una nueva modernidad. Envejecida por el paso del tiempo y muy estropeada por la voracidad del dinero y los desmanes de la dictadura, creí ver un potencial hacia algo nuevo, donde se fundieran la innovación en sus formas y la solidaridad entre sus gentes. Alejado por razones profesionales, durante un tiempo albergué la posibilidad de regresar en cuanto tuviera la ocasión. Luego la idea se fue desvaneciendo.
Y es en esta ciudad en la que mi acompañante en este reencuentro virtual ha acabado encontrando su plenitud profesional. En parte, en el mundo de la docencia, a la que ha dedicado unos cuantos años. En mayor medida, en el de la investigación histórica, donde ha plasmado su labor a través de varias publicaciones y donde ha obtenido el reconocimiento de la academia local. Pero creo que lo ha conseguido, sobre todo, en la gestión cultural de dos instituciones locales, que lo han situado en una cima más alta. Desde ella mira la vida, la suya, y el pasado, la Historia. Y se recrea sobre todo en unos momentos, no muy lejanos, que los ancla en la segunda mitad del siglo XIX y primeros años del XX. Allí encuentra cosas que le atraen, como el campo de los avances técnicos y científicos que son la base de nuestra realidad actual. Y destaca también un personaje, nacido en su ciudad y tan del gusto del conservadurismo patrio, como es Antonio Cánovas del Castillo. Una preferencia que supone todo un autorretrato de mi protagonista de hoy.
domingo, 28 de mayo de 2017
El joven psocialista que soñó con volar alto
Había sido, desde muy joven, el típico aspirante a ir ascendiendo en el partido con vistas a situarse en lo más alto posible. Por ello se decidió por unos estudios universitarios que le venía como anillo al dedo. Una vez finalizados, consiguió pronto dirigir la organización local de su lugar de origen, adquiriendo un gran protagonismo que le llevó en 2003 a ser nombrado candidato a la alcaldía. Para ello hizo gala de unos recursos teóricos que estaban muy por encima de la media de la militancia y, sobre todo, de un atrevimiento teñido de egocentrismo. Formado en la escuela felipista, que se mantenía en Andalucía a través del chavismo de Manolo, cultivó la moderación en el discurso de izquierda, un fuerte anticomunismo hacia lo que representaba IU y, claro está, la confrontación con el principal rival político que representaba el PP.
Durante un tiempo se rodeó de un grupo de incondicionales, especialmente jóvenes, a los que fue gratificando con algún que otro trabajo en la red clientelar del partido o encantando con futuras promesas en esa dirección. Poseedor de un verbo lenguaraz, en su aspiración a la alcaldía no pudo superar dos dificultades: la de IU, por su izquierda; y la de los sectores políticos moderados, que desde 1999 tenían al PP como referente. Esa fue la razón de su defenestración y la designación a dedo de quien podía recoger los votos moderados, como finalmente ocurrió. Atrás quedaron algunas que otras traiciones, y por delante, un camino que descubrir.
En la noche del domingo pasado me llamó la atención entre el grupo de personas que rodeaban al candidato ganador de las primarias psocialistas una cara que me resultaba conocida, pero que no sabía identificar. Hace un par de días me llegó la solución: era él, cambiado en algún detalle externo, producto del paso de los años. E indagando por la red, su nombre aparece en varias situaciones. Unas, de gestiones empresariales dudosas. Y otras, como un personaje activo en el entorno sanchista, radicado ya, eso sí, en la capital del reino. ¿Habrá encontrado por fin el camino que le permita llegar tan alto como soñó cuando era joven?
(Imagen: fotomontaje de Luis Valverde Luna, publicado en Debate Ciudadano de Barbate, octubre de 2006)
lunes, 26 de septiembre de 2016
Desastre de niño, mago de mayor
Dejé de verlo cuando me fui al instituto y a principios de los ochenta volví a verlo cuando representaba un espectáculo de magia en un pueblo de la Sierra de Francia. Me sorprendí por lo que había cambiado físicamente, ya no niño, pero, sobre todo, por su nuevo quehacer, que no lo hacía mal.
Supe después que seguía dedicándose a ello y hoy he descubierto que ha hecho de la magia su profesión. Y le va bastante bien, practicando, teorizando, enseñando y hasta escribiendo. Me alegro por él. Por lo que he leído, ha escrito en su blog que pasó su infancia "permanentemente aburrido", por lo que creo que yerro poco en mi diagnóstico. Eso sí, parece que, mago aparte, sigue siendo un desastre.
jueves, 28 de enero de 2016
Un paso efímero por el instituto dentro de una vida más intensa
Pasado el tiempo fui sabiendo de su hacer universitario, con algún artículo en alguna obra colectiva, y de una vertiente que le ha dado cierta fama hilando palabras, sentimientos y mensajes. Se ha ganado, así, una parcela en el mundo de la filosofía y la literatura, lo que la ha llevado a ser objeto de entrevistas, reseñas y hasta estudios de su vasta obra. Ha llegado incluso a integrarlas en un todo que las fusiona, si es que, haciendo yo una interpretación de sus palabras, no las supera.
Leyendo, y a veces oyendo, lo que dice se trasluce una personalidad fuerte con apariencia de fragilidad. O quizás lo contrario, a saber, una fragilidad que se soporta sobre una fortaleza escondida. Todo lo que ha sufrido y hecho a lo largo de su vida, surcada de viajes y estancias de un lado para otro, pero siempre en su ciudad de acogida como referencia, es lo que ha ido alimentando esa dualidad. Eso la llevó a refugiarse en la literatura desde muy temprano, el mundo donde pudo ir dando rienda suelta a la imaginación y a la descarga de la adrenalina acumulada cuando sentía que lo que le rodeaba la invadía sin quererlo. Mediante la filosofía intentó comprenderlo lo todo, buscando las razones que pudieran explicar lo que somos, por qué existimos o qué nos lleva a hacer lo que hacemos. Y eso la acabó llevando hacia el oriente, donde se ha sumergido en las profundidades de una cultura que la ha dotado de los ingredientes necesarios para vivir y sobrevivir.
Después de un largo recorrido en el tiempo, limitada por las heridas de la vida, se siente con ánimo para seguir adelante. Confiesa haber roto con los absolutos y los paraísos para quedarse con lo concreto, con las cosas reales. Pero como conseguirlo resulta imposible, dice, ha decidido aprender a convivir con el dolor y con las abstracciones, dotada de una herramienta que la ayuda a convivir con lo negativo y a sobrevivir en los momentos difíciles.
He rastreado en sus palabras buscando los lugares por donde ha pasado. Y en ninguno he encontrado que haya nombrado este lugar donde estuvo hace algo más de un cuarto de siglo. Como si lo efímero del paso por esta pequeña parte del mundo hubiera sido para ella una insignificancia olvidada dentro de una vida mucho más intensa.
domingo, 3 de enero de 2016
El compañero de trabajo engreído y la advertencia

Siempre me pareció distante, displicente y hasta engreído. Esa conducta suya quizás fuera fruto de su propia consideración, que por entonces estaba por encima de lo que era profesionalmente hablando y, ya según mi parecer, por encima de su valía. Su apariencia física, sin embargo, no daba esa personalidad. Iba casi desaliñado, con una estética más propia de los años setenta y que empezaba a parecer de otro tiempo en los años de apogeo del felipismo, esos en que se puso mucho empeño en modernizar España para que, en boca del que figuraba como número dos de aquello, no la conociera "ni la madre que la parió".
El caso es que el hombre que me ocupa en este reencuentro se daba unos aires... Y precisamente esta última palabra en singular aparecía en una columna suya, muy bien situada en la jerarquía de páginas del periódico, que le permitía decir lo que le viniera en gana cada día. Su estilo era muy directo, como lo era también su falta de respeto a las normas de la formalidad del idioma. ¿Por qué ese chollo? Me consta, porque fui testigo, que se llevaba muy bien con el jefe. Algo sabía también de su pertenencia por parte de madre a una familia con lustre social en la ciudad. He sabido después que, además, era uno de los vástagos de quien fue unos cuantos años atrás uno de los directores del periódico. Incluso supe, ya no hace mucho, que él mismo llegó a situarse en el penúltimo escalón de la cúspide, pero con la desgracia de que las fauces del destino se lo llevaron para siempre en plena madurez de su cómputo vital.
De entre las columnas que leí de él durante los casi dos años que trabajé en el periódico, menos un día a la semana que descansaba, hubo una que siempre me dejó sorprendido y que tituló "La advertencia". Estaba dedicada a una película de Juan Antonio Bardem con el mismo título y que TVE acababa de estrenar a principios de 1985 sin que antes se hubiera hecho en ninguna sala comercial española. Qué curioso que un año antes yo hubiera tenido la oportunidad de haber visitado en Sofía el mausoleo con el cuerpo embalsamado de quien era el personaje principal de la película, un dirigente comunista búlgaro que fue acusado falsamente en los albores de la Alemania nazi de haber sido el autor del incendio del edificio del Reichstag berlinés. Y qué curioso que eso de lo que trata la película y que el personaje que me ocupa comentaba en su columna, esto es, la unidad de los grupos de izquierda, es lo mismo que esta noche he estado hablando con un viejo amigo.
jueves, 9 de julio de 2015
Sigue en la farmacia rural familiar

Cuando lo conocí él estaba en la cúpula de nuestra modesta organización. Era un veterano en comparación con la bisoñez de quienes nos iniciábamos en el mundo universitario. El primer encargo que me hizo fue mandarme de improviso a una reunión en Madrid, lo que me obligó a no dormir en toda lo noche y tener que hacer trasbordo en Medina del Campo. Me pareció siempre buena gente, aunque un tanto desordenado, a la vez que ocupado y preocupado por sus estudios, que se retrasaban en su final ante tanto trajín. Durante un tiempo estuvo encargado de los caudales de la organización y fue artífice de una jugada genial durante las elecciones de 1977: conseguir dinero de Alianza Popular a cambio de cederle el pabellón municipal para un mitin. Ya se notaba por entonces que ese partido nunca anduvo escaso de dinero. El caso es que la jugada nos salió redonda, pues con lo recaudado pudimos hacernos con unos magníficos altavoces de coche, mientras que AP hubo de esperar a 1982 para obtener su primer diputado por la provincia.
Hace poco me encontré en un periódico digital con una foto y un apellido que enseguida identifiqué: su hermano, también compañero de fatigas, pero en la tierra de origen. Era la viva imagen del recuerdo que mantengo del viejo amigo. El hombre lleva años metido a reportero deportivo de un periódico muy conocido y es especialista en la gente que compite con dos ruedas en llano y subiendo y bajando cuestas. Un nombre profesional que me suena de haber leído en sus crónicas, pero que nunca creí fueran a estar escritas por el hermano de quien me ocupa en este reencuentro.
Y esa imagen tan parecida la he podido confrontar con la que hace unos días, por fin, he encontrado del viejo amigo. Mantiene los rasgos de su cara, por supuesto, pero se le ve envejecido. En cuanto a su aspecto, me atrevo a decir que su indumentaria mezcla lo de antes y lo rural. Ese antes que mucha gente mantiene -mantenemos- no haciendo demasiados alardes a las modas pasajeras que se han ido sucediendo con los años o evitando cambios más drásticos, con traje y corbata incluidos. Y lo rural, porque me da la impresión -es sólo una conjetura- que se siente a gusto en su pequeño mundo.




