jueves, 6 de mayo de 2021

A nuestra querida Conchi

Hay veces que la muerte de un ser querido produce un fuerte abatimiento. Es lo que me ha ocurrido con mi querida hermana Conchi por la que ahora siento, con los versos que dedicó Miguel Hernández a Ramón Sijé, que "tanto dolor se agrupa en mi costado, / que, por doler, me duele hasta el aliento". Un dolor que está también en su familia, en sus amistades y en ese innumerable número de personas a las que diariamente insuflaba su apoyo, su alegría y su amor. 

Durante el funeral dos de sus sobrinas leyeron un escrito entrañable, y yo mismo hice lo propio de un retrato que hace once años le dediqué y que estuvo publicado durante un tiempo en este cuaderno. A sugerencia de mi hija, Julia, he decidido publicarlos junto con un escrito suyo, otro más de Fernando y el mensaje que desde Bruselas envió Diana cuando conoció la noticia.


Fue mi favorita en el reparto, aunque ya antes le habían asignado su papel: ser mi ángel de la guarda. Su voz desde el balcón, los bálagos de jabón, la colonia en la cabeza… “Hueles a calle”, me decía cuando volvía de mi segunda escuela. “Canguingos y patas de peces”, me contestaba cuando, ansioso, le preguntaba por lo que había de comer. Aprendió un oficio delicado. Por eso llegaba tarde a comer de casa de la señora Daría. Ha bordado mucho, ya menos, pero cómo ha bordado su vida. Fue valiente durante la madrugada de ese maldito septiembre (¿te acuerdas, Jose?) y escuchó mis palabras para que lo entendiera. Sé que tiene fundido a su Dios con quienes sólo soñamos en la Tierra. Es el sacrificio permanente. La generosidad personificada. Si no, que se lo pregunten a su padre y a su madre, que están, estoy seguro, en su cielo. Yo, desde luego, lo atestiguo. Estuvo conmigo en mi infierno.

(Jesús, 2009)


Conchi, ejemplo de vida estoica. Era mi madrina. ¡Lo siento tanto!

(Diana, 2021)


Querida Conchi de nuestros corazones.

¡Cómo no quererte, si eras nuestra segunda madre, la segunda abuela de nuestros hijos! Nuestra Conchi. 
 
Cada Día de la Madre te mandábamos un mensaje felicitándote y nos decías “que yo no soy tu madre”. Pero, en realidad, te gustaba que lo hiciéramos y cada año repetíamos. Ayer no nos dio tiempo. 
 
Creo que hablamos por todos cuando decimos que a nuestros novios y nuestras novias los conocías antes que nuestras madres. Siempre fuiste nuestra confidente. 
 
Pensabas en todos y nunca en ti. Eras pura bondad. ¡Cómo no quererte!
 
Siempre independiente, nunca quisiste renunciar a ello y así te has ido, independiente y porque lo que nunca quisiste fue molestar. 
 
Estarás siempre presente en nuestras vidas y te llevaremos en nuestros corazones. Nos verás desde el cielo, porque allí estarás con los abuelitos y tu hermana Pilar. 

TE QUEREMOS, CONCHI.

(Marta y María José, 2021)


Hay quien tiene un padre y una madre, yo tuve la suerte de tener a tres o a cinco abuelos. No lo sé muy bien, pero en mi vida estuvo Conchi, mi “Pochi”.

Mi abuela Felisa, mujer de la época, trajo al mundo a nueve criaturas, siendo la última mi padre. Y como eran muchos, Conchi fue la encargada de cuidarlo. Lógicamente no viví su infancia, pero desde pequeña siempre vi que entre ellos había algo especial, diferente al resto de hermanos… Y ese vínculo se hizo extensivo a mi madre. No eran hermanas de sangre, pero se querían, cuidaban y actuaban como tales. Todo eso hizo que mi hermano y yo sintiéramos algo más de lo que se siente por una tía y eso que nos separaban unos cuantos cientos de kilómetros. Nosotros, abajo, en el sur, en la playa. “Mis sobrinos de Barbate”, como decía siempre que se encontraba con alguien, que eran muchas veces, porque andar con ella era una “tortura”. ¡Se paraba con todos!... porque a todos conocía…

Y es que Conchi era especial en mi familia y en su barrio. Ella, por el contrario, estaba “en el norte”, aunque, si miramos un mapa, Salamanca en el norte, norte… no está. A pesar de la distancia, no recuerdo unas vacaciones sin ella: terminábamos y empezábamos el año juntas; las semanas santas, también; y los veranos, en agosto, para celebrar el cumpleaños de papá. Las pasábamos en su casa, que era la de los abuelos, ya ausentes. Fue ella quien vivió con ellos y los cuidó, como buena hija y buena cristina…, pero, sobre todo, porque le nacía de dentro sin esperar nada a cambio… Y eso, creo, que si se lo preguntáramos a cualquiera de los que la conocieron, era una de las cosas que más la definían.

Desde muy pequeña yo decía que quería “estudiar en Salamanca con Conchi” y por eso a mis 16 años mis padres decidieron que me subiera. ¡Qué contenta nos pusimos las dos! Y qué vacío se le quedó cuando, sólo un año después, volví a casa, porque no logré adaptarme, hacer amigos… Hoy diríamos alto y claro que sufrí bulling, por lo que no estuve dispuesta a más. Las dos supimos que no volveríamos a vivir juntas, pero eso no impidió que ese año, a pesar de todo, vivir juntas fue maravilloso: los lunes y miércoles íbamos andando a la piscina, y, mientras yo nadaba, ella hacia “sus visitas”; los martes, inglés en casa de su amiga Lourdes; los jueves, teatro. En medio paseábamos con mi prima María, que había sido madre hacía poco, y a las dos nos encantaba acompañarla, estar en los baños del pequeño, en sus cenas y hasta en la puesta de los pañales. ¡Qué gracia nos hacía verlo correteando con el culillo al aire! Sé que no son grandes cosas, pero para mí lo fueron y compensaba las pesadillas que pasaba cada mañana en el instituto.

Cuando regresé al sur, volvió la rutina anterior y nunca faltaron las vacaciones ni las llamadas…, porque, eso sí, hablábamos mucho, muchísimo, y eso hacía que nos sintiéramos cerca. Y así fue hasta que empecé a trabajar y apareció Lolo en mi vida. Cuando compartes tu vida con alguien, conciliar se vuelve más difícil, porque, igual que quieres que la otra persona entre en tu vida, ella quiere que lo hagas en la suya y eso implica hacer reajustes. Nos veíamos menos y hablábamos más, pues no había semana que no lo hiciéramos. Ya no pasábamos el fin de año juntas, pero sí los puentes y, cuando le rogué a mi jefe que me permitiera disponer de algunos días de mis vacaciones a libre elección para poder ver a mi familia del norte y me contestó que no…, supe que no era mi sitio.

En el puente de Andalucía, en febrero del 2020, subimos Lolo y yo: 3 días. Recuerdo sus patatas a la vinagreta y sus filetes de carne (porque, aunque en Salamanca hay pinchos…, se come en casa de Conchi y ¡qué rica está su comida!), su charla en la cocina mientras desayunábamos, el Pronto, una confesión que me hizo en la que acabamos llorando las dos, la infusión de después de comer y hasta lo que decíamos de la que se estaba liando con el coronavirus…

Fue la última vez que nos vimos. Las restricciones no nos lo permitieron. Y en mi familia, otra cosa no, pero responsables y concienciados somos un rato. 15 meses después recibí una llamada de esas que nunca esperas: Conchi, sin previo aviso, se había ido. Se la llevó un infarto, a ella, aún con mucha vida, llena de energía y sana.

Tenía una gran cualidad: era alegre y siempre sabía ver el lado bueno de las cosas. Y cuando me encontraba bajilla de ánimos, me decía: “Julieta, acuérdate de la abuela”. Yo, con los ojos de una niña, la recuerdo y, siendo sincera, no mucho, porque se fue pronto de mi vida… Pero, a partir de ahora, en quién sí pensaré en mis momentos bajos será en Conchi.

Te querré siempre, infinito, y descansa en tu cielo, pues aquí en la Tierra papá, mamá, Víctor y yo te recordaremos.

(Julia, 2021)


Conchi, única e intransferible

Niño agitado, rebelde, inquieto...Tía firme, correcta: “las cosas no se hacen así...”.

Quizá, la persona más cercana y a la vez la más distante. Siempre estaba cuando la necesidad lo requería. No lo hacía por obligación, no era una ayuda por interés, era una filosofía de vida. Su objetivo era llenar el vacío, de luz la oscuridad, de comida al hambriento, de alegría al triste... Era la muleta del cojo, el dinero del pobre, la música del sordo, el bastón del ciego.

Y cuando la alegría y la perfección llegaban a tu vida, más que alegrarse, disfrutaba de tu éxito, de tu alegría, desde la distancia, sin incordiar, sin querer obtener ningún beneficio. No le gustaban los abrazos, no le gustaban los besos, no le gustaban las fotos ni el postureo...

La tía Conchi, la segunda madre de primas, primos, mi hermano..., auténtica e intransferible. Y me llevo en mi corazón, cual rebelde sin causa, los abrazos y besos que a mí sí que me dejaba darle, quizá porque sabía que eran necesarios, que eran auténticos.

Querida tía, ahora que ya estás con los abuelitos, permite que te demos las gracias por haber dejado un legado de cómo tiene que ser una buena persona en vida.

Por siempre, tu sobrino agitado, el rebelde, el inquieto.

(Fernando, 2021)