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jueves, 18 de abril de 2024

El mural dedicado a la antigua Imprenta Sur malagueña

 

Paseaba el domingo pasado por las calles de Málaga y en la plaza Pepe Mena me topé con el mural dedicado a lo que, casi un siglo atrás, fue la antigua Imprenta Sur. Propiedad de la familia de Emilio Prados, éste y el también malagueño Manuel Altolaguirre dirigieron hasta 1929 la revista Litoral, tan vinculada a la Generación del 27, y desde ella se imprimieron también algunas de las obras de los componentes del afamado grupo poético. Aunque no fue ese lugar su emplazamiento real, el muro forma parte de la antigua Casa Cuna o de Expósitos, donde se encuentra actualmente el Centro Cultural Generación del 27, que acoge una exposición permanente de las instalaciones de la antigua imprenta. En el mural, coronado por las colores de las hojas y las flores de un jardín vertical, pueden verse las figuras de Emilio Prados, a la izquierda, y Manuel Altolaguirre, a la derecha, mientras que en la parte central se reproduce un texto escrito por el segundo de los poetas: 

Nuestra imprenta tenía forma de barco, con sus barandas, salvavidas, faroles, vigas de azul y blanco, cartas marinas, cajas de galletas y vino para los naufragios. Era una imprenta llena de aprendices, uno manco, aprendices como grumetes, que llenaban de alegría el pequeño taller, que tenía flores, cuadros de Picasso, música de don Manuel Falla, libros de Juan Ramón Jiménez en los estantes.
Imprenta alegre como circo y peligrosa para mi cuando Emilio Prados, tirador seguro, dibujaba mi silueta en la pared con unos punzones.
Entre otras cosas, teníamos en un rincón una escafandra de buzo y en la vitrina una mano de madera articulada, de las que sirven para agrandar los guantes. Son recuerdos prosaicos. Pero la imprenta era un verdadero rincón de poesía.

jueves, 11 de mayo de 2023

Un paseo matutino por el bullicioso Quartieri Spagnoli de Nápoles


El viaje que hemos hecho a Nápoles y sus alrededores ha estado marcado, sin pretenderlo, por un acontecimiento ajeno al motivo que nos llevó. Y es que el día de la llegada a la ciudad y la última noche fue cuando se disputaron los dos partidos de la eliminatoria entre el Napoli y el Milan en la máxima competición europea de fútbol. Una metáfora de la rivalidad entre el sur pobre y el norte rico en Italia. Eso hizo que la ciudad estuviera engalanada por todos los rincones a base de los colores azul y blanco, los propios de la camiseta del club napolitano. Y hasta pudimos ver en directo, mientras cenábamos, el partido que decidió la eliminatoria, jugado allí mismo, e incluso sentir la tristeza que embargó a la afición local, después que su equipo no pudiera pasar a las semifinales de la competición.


Fue el penúltimo día, el martes que se disputaba ese segundo partido, cuando pudimos disfrutar por la mañana de un ambiente lleno de emociones y de curiosidades. Porque se juntaron el bullicio propio de una ciudad extrovertida y llena de alegría entre sus gente con el acontecimiento deportivo. A lo que hay que unir un momento, que me atrevo a calificarlo de mágico, cuando buena parte del grupo que formábamos se unió a esa alegría durante la visita al Quartieri Spagnoli o Barrio de los Españoles. El nombre tiene su origen cuando el sur de la península Itálica, que había formado parte de la corona de Aragón durante la segunda mitad del siglo XV, acabó perteneciendo a la corona hispana, resultado de la unión dinástica de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, hasta 1713.


Las primeras visitas de la mañana estuvieron destinadas a la Plaza del Plebiscito y los exteriores de edificios como la basílica de San Francisco de Paula o el Palacio Real, la Galería Umberto I, la fuente de Neptuno, el Castel Nuovo... Pero otra parte la dedicamos también a la visita del Quartieri Spagnoli, a donde nos dirigimos vía Toledo para centrarnos finalmente en la calle Emanuele de Deo. En su entrada puede verse una placa, instalada no hace muchos años, que está dedicada al revolucionario napolitano que luchó contra la monarquía borbónica y acabó siendo ajusticiado en 1799. 

 

El corto recorrido duró alrededor de una hora, lo que se explica porque éramos muchas las personas las que por allí subíamos y bajábamos. Trabajando o haciendo turismo, pero con el añadido al que aludía al principio: el partido de fútbol pendiente. Y en medio de ello, el ir y venir de esas motos cuyos conductores, con velocidad y habilidad, sorteaban a la gente serpenteando y haciendo sonar sus bocinas. Una calle estrecha, sí, y llena de comercios de alimentación o establecimientos de hostelería, sin que faltaran esos balcones en los que se pone a secar sin rubor cualquier tipo de ropa. 

  

Y como aderezo, murales, pancartas, fotografías o carteles de gente conocida que se reparten entre las paredes, los escaparates o las portadas. Donde caben personajes como la actriz Sofía Loren, criada en el pueblo colindante de Pozzuoli; el escritor Luciano de Crescenzo, autor de esa frase que reza: "creo que Nápoles es todavía la última esperanza de la humanidad para sobrevivir"; esa especie de virgen roja que representa la pintora mexicana Frida Kahlo; el dios humano que es para muchísima gente el futbolista argentino Diego Armando Maradona... En fin, toda una mezcolanza pagana construida a base de mitos y gente de la cultura, idealizados o no, que aportan al barrio una idiosincrasia, no ajena a otras partes de la ciudad, que le ha hecho saltar a la fama.  

  

El culmen del paseo estuvo con  la llegada al Largo Diego Armando Maradona, donde se ha levantado un memorial popular, más o menos improvisado, hecho a base de pancartas y murales que se quitan, se ponen o se mantienen al ritmo de la vida. Fue el mismo lugar donde, en un arrebato del alma gaditana, entre nuestro grupo se empezó a animar al club de la Tacita de Plata, primero mediante el cante y acabando con lo de "¡Ese Caí, oé!", mientras la gente allí presente sonreía, aplaudía o hacía las fotos de rigor.

sábado, 29 de abril de 2023

Capri, la isla favorita de emperadores romanos a artistas y literatos


La isla de Capri ha tenido un hueco en la historia desde tiempos lejanos. Ganó relevancia hace dos milenios cuando se convirtió en lugar de estancia, y hasta de residencia, de personajes de primer orden del Imperio Romano. Su fundador, Augusto, la visitó con frecuencia y su sucesor, Tiberio, llegó a hacer de ella el centro neurálgico de su mandato. Fueron pasando los siglos y su ubicación favoreció que monarcas y nobles hicieran de ella uno de sus lugares preferidos. Pero ha sido desde hace siglo y medio cuando Capri ha recuperado ese lugar preferente, en este caso porque, junto a la presencia ancestral de magnates de toda índole, fue acogiendo a gentes del mundo de las artes plásticas, la literatura o la música. 


Mi reciente visita de la isla estuvo marcada por una circunstancia: la lluvia que nos acompañó y que llevaba unos días persiguiéndonos. Pese a ello, en el caso de Capri eso no nos impidió que pudiéramos pasear por sus calles, tanto las de la propia localidad matriz como las de Anacapri, más elevada en altitud. Fui percibiendo, entre paisajes impresionantes que iban apareciendo sin cesar, lugares, entre otros, como la Plaza del Reloj, la iglesia de Santo Stefano, la Cartuja de San Giacomo, la villa Krupp o la villa de San Michele, esta última en Anacapri. 


De una manera un tanto distraída, no me preocupé de documentarme sobre algo que ya conocía: la estancia en la isla, a principios del siglo XX, de Maxim Gorki. En mi juventud fue uno de mis novelistas de referencia, gracias a la lectura que hice, cuasi devorándolos, de libros como La madre o Caminando por el mundo. Pero fue por la tarde, ya en la habitación del hotel donde pernoctamos en Sorrento, cuando me dediqué a buscar información sobre la estancia del escritor ruso en la isla, que, concretamente, se dio entre los años 1906 y 1913. Su llegada tuvo que ver con dos razones: de salud, pues la tuberculosis se estaba empezando a cebar con él, y propiamente políticas, teniendo en cuenta su vinculación al movimiento  revolucionario dentro de la facción bolchevique de la socialdemocracia rusa. 


Uno de los lugares que visitamos fue la villa, en las cercanías de la Cartuja, que durante los años veinte, tras la Gran Guerra, adquirió Gustav Krupp, magnate de la industria pesada alemana y uno de los financiadores del partido nazi. Y hete aquí que, sin saberlo, fue la villa, conocida con anterioridad como villa Picola,  donde estuvo residiendo Gorki entre 1906 y 1913, y donde, entre las numerosas visitas que recibió, estuvieron las de Lenin, con quien disputó fervorosas partidas de ajedrez. 


Actualmente existe un jardín, embellecido a base de flores y algunas esculturas, entre las que resalta una "Afrodita" instalada en 1997, obra de Semiramis Zorlú. Y fue en ese mismo escenario donde nos recreamos haciendo fotografías en grupo, si no para pasar a la posteridad, al menos para disfrutar de unos momentos entrañables y bonitos con los que de vez en cuando podemos ir recordando lo vivido. 

Nápoles y la leyenda homérica sobre Odiseo y Parténope


En Nápoles gusta contar leyendas acerca de sus orígenes ancestrales. El nombre actual de la ciudad, Nápoli en italiano (y también en napolitano), deriva de la palabra griega Neápolis (es decir, Nueva Polis), pero, escudriñando en su pasado, la cosa se hace divertida. Vayamos a ello.


Se cuenta en La Odisea de Homero que Odiseo (el Ulises latino), una vez que se había puesto fin a la guerra de Troya, durante su regreso accidentado a la isla de Ítaca se encontró con la diosa Circe cuando navegaba por las costas del golfo de Nápoles y la península de Sorrento. El motivo fue la advertencia que le hizo al héroe griego sobre el peligro que corría él y sus tripulantes de ser embaucados por las sirenas que habitaban en las proximidades: 

"Encontrarás primero a las sirenas, que encantan a todos los hombres que se le aproximan; pero está perdido aquel que, imprudentemente, escuche su canto, pues jamás ni su mujer ni sus hijos volverán a verlo en su morada ni a regocijarse con su vuelta. Las sirenas le hechizan con su canto armonioso, reclinadas en una pradera al lado de un enorme montón de osamentas de hombres y de pieles en putrefacción. Navega rápidamente al otro lado y tapa los oídos de tus compañeros con cera blanda, para evitar que alguno las oiga. En cuanto a ti, escúchalas, si te place, pero que tus compañeros te aten con cuerdas por los pies y por las manos en el palo mayor de la nave, antes de que escuches con gran delicia las voz de las sirenas. Y si suplicas y ordenas a tus compañeros que te desaten, que redoblen aún más las ligaduras".


El duelo entre los marinos y las sirenas se saldó con la victoria de los primeros, pero tuvo una gran perdedora: la sirena Parténope, que vio cómo Odiseo/Ulises resistió a todos sus encantos, lo que la llevó a la orilla de una de las playas, donde murió junto a sus compañeras. 

En algunos casos las leyendas napolitanas sitúan el escenario del duelo victorioso de Odiseo/Ulises en las actuales islas Li Galli, al sur de la península Sorrentina. También se cuenta que fue en una de las colinas del golfo napolitano, la de Pizzofalcone (la misma que da nombre a una novela de Maurizio de Giovanni, de la que hemos podido ver recientemente un serial televisivo), donde los lugareños fundaron la ciudad de Parténope en el siglo -VII, que dos siglos después pasó a denominarse como Neápolis.

viernes, 30 de diciembre de 2022

Los restos arqueológicos romanos del Palacio de los Mexía


En mis viajes de ida y vuelta que hago entre el mar y la meseta llevo muchos años haciendo una parada de receso en Torremejía, cercano a Mérida. Y anteayer, paseando por sus calles, volví a ver lo que fue el Palacio de los Mexía, que perteneció a la familia que da nombre al pueblo. Un edificio deteriorado, del que se conservan algunas de las remodelaciones que se han ido haciendo y se hunden en el tiempo. Junto a su portada pueden verse los restos marmóreos de esculturas de la época romana, dedicadas a tres varones togados. Se encuentran adosados -o, más bien, fundidos- a la mampostería que conforma la pared.

miércoles, 28 de diciembre de 2022

Mis sellos del centenario del PCE


Intentaron impedir que salieran al público, pero finalmente, desde hace unas semanas, ya están en la calle. A quienes lo promovieron -amantes del nacional-catolicismo disfrazados de abogados cristianos- y a quien les siguió inicialmente el juego -una jueza presta a jugar con la ley-, les ha salido el tiro por la culata. La tirada del sello se multiplicó, por lo que se han editado varios cientos de miles de ejemplares. Esta tarde me han llegado los que pedí. Ahora puedo unir uno a  mi colección y los otros dos entregárselos a quien me los ha pedido. Y ya está.

jueves, 22 de diciembre de 2022

Solsticio de invierno en el cabo de Trafalgar

 

Me gusta ir en busca de las puestas del sol en cada uno de los momentos de referencia de las estaciones del año. Y me gusta hacerlo en uno de los lugares donde esa ocasión se tiñe de belleza: el cabo de Trafalgar. Testigo milenario de ires y venires. En sus cercanías fue escenario de una batalla naval que ha creado sus héroes -fueran vencedores o fueran derrotados-, honrándolos de distinta manera, pero ha olvidado a sus víctimas.
   

Me gusta el paseo que atraviesa el tómbolo que une la península con lo que fue una isla. Han sido el capricho de las olas del mar y de los vientos los que le han ido dando forma a lo largo del tiempo. La dunas se reparten por doquier al ritmo de la fiereza de ese viento que sopla tantas veces desde el levante. Las pequeñas lagunas litorales que afloran en su parte final sufren los vaivenes de las mareas. Y hasta hay plantas, arbustivas o herbáceas, que se atreven a tapizar tímidamente el suelo de roca arenisca y de arenas.

Y sobre el mismo  cabo, al final de su pequeña pendiente, se alza un faro. Uno más de los guías costeros que se suceden a lo largo de las costas. Ayer, cuando su luz aún se divisaba tenue, durante un momento dio la impresión que había sido capaz de encender el cielo, para, de esa manera, saludar la llegada de un nuevo solsticio de invierno. 

domingo, 18 de diciembre de 2022

Un búnker junto al santuario del Tallat


En el entorno del municipio de Vallbona de les Monges, en el sureste de la provincia de Lleida, se conservan varios búnkeres. Los construyó el Ejército Popular de la República a finales del verano de 1938
mientras se desarrollaba la batalla del Ebro. Su trazado, conocido como Línea 2, llegaba hasta los Pirineos y tenía como objetivo contener un previsible avance de las tropas sublevadas. Junto al santuario del Tallat, desde donde se divisa el valle del Maldanell, hacia el oeste, y la cuenca del Barberá, hacia el este, nos encontramos hace unas semanas con uno. Sus bloques de hormigón se camuflan entre la roca arenisca y la vegetación. El paso del tiempo no parece que haya deteriorado mucho su estado de conservación. Fue un observatorio de artillería, con su ventana orientada al oesteLlegada a su fin la batalla del Ebro en noviembre de 1938, todo resultó rápido para quienes acabaron ganando la guerra. 


miércoles, 25 de mayo de 2022

El volcán nuevo de la isla de La Palma


Su nacimiento ha sido retransmitido como una crónica permanente a lo largo de los casi tres meses que duró su erupción. Sus imágenes llenaban las portadas de las televisiones y los periódicos. Lo que antes había sido un paraje inclinado en una parte de la falda de la sierra de Cumbre Vieja, acabó convirtiéndose en el último volcán del archipiélago y quién sabe si del planeta. Divisar ahora su silueta impresiona. Como ocurre también hacerlo con la colada de lava que yace extendida ladera abajo hacia el oeste y cortada por el océano. En su recorrido fue arrasando casi todo lo que se encontró. Enterrándolo para siempre y consumiéndolo con un fuego abrasador que todavía, aun aminorado, se deja sentir en su hondura. Lo que fue un manto incandescente, resaltado en su color rojizo durante las noches, se ha tornado en un espacio ennegrecido por el basalto que ha emanado desde las entrañas de la Tierra. Y en su cúspide, formando una corona, el volcán nos deja ver la casi blancura del azufre, mientras siguen saliendo, ahora tímidamente, gases de su interior, como restos vivos de ese azote furioso que sacudió la isla canaria de La Palma en el último cuarto del año 2021.
 
   

viernes, 14 de mayo de 2021

Un encuentro entre la Roma Antigua y el lejano Oeste en los Caños de Meca


Cosas de la vida. Estaba visitando el yacimiento arqueológico romano recién descubierto en la playa de Caños de Meca, en las cercanías del cabo de Trafalgar, y me encontré con un jinete montado en su caballo. Le hice una fotografía, aprovechando la estampa que el animal y el caballero describían en el paisaje. Es frecuente ver por estos parajes gente paseando sobre un équido y, en su caso, la estampa me llevó, salvando las distancias, a las imágenes que tantas veces hemos visto en las películas del oeste. De inmediato me indicó su nombre, que era Robert, y me pidió que si podía hacerle otra fotografía en la que aparecieran de fondo los restos arqueológicos. Quería que sus hijos pudieran verle en medio de algo que le parecía maravilloso. Entablamos una conversación, informándome, en un castellano más que entendible con acento inglés, que había nacido en Londres, que su padre era español y que vivía en California. No le faltó decir que pertenecía a una estirpe española de artistas: Vico, Molinero... Algo de esa estirpe, dedicada al cine, el teatro y la televisión, he visto por la red. ¡Quién iba a decir que la Roma Antigua y las más extremas tierras de lo que fue el mítico Oeste americano iban a estar presentes en las fotografías! Que él y su familia puedan disfrutarlas.


sábado, 29 de febrero de 2020

El arte de reparar redes de pesca






















Puerto de Sesimbra, en la costa de la sierra de Arrábida. Uno de tantos repartidos por el mundo donde la mar ha forjado a los héroes de las tempestades y sus vientos. Estuve allí, pero no me fijé en ellos, sino en otros hombres que, provistos de su aguja, su hilo y su navaja, trabajan en silencio remendando las redes. Ensimismados. Fijando su vista sobre el laberinto de cuerdas que, entrelazadas, se multiplican para convertirse en la trampa de los habitantes de las profundidades del mar. Cargados, también, de mucha paciencia. Haciendo todo un arte de la reparación de los estropicios que irremediablemente se hacen en las arriesgadas y fatigosas faenas de la mar. Todo un arte sobre las otras artes de pesca: las de cerco, de trasmallo, de arrastre... Todo un arte pretérito que se pierde en la estela que han ido dejando los tiempos. Arte de reparar, tejer, zurcir... para que el laberinto de cuerdas vuelva a ser lo que era. 

sábado, 25 de enero de 2020

La atracción del Echeyde, al que hoy conocemos como Teide





















El pueblo guanche llamaba Echeyde a lo que hoy conocemos como Teide. Una gran montaña en forma de cono, como corresponde a su naturaleza volcánica, que desde el lecho marino se levanta hasta 7.500 metros, de los cuales podemos percibir 3.718. Una montaña cargada de un fuerte simbolismo en las leyendas guanches, en las que no faltaba la creencia en dos deidades que encarnaban el bien y el mal: Achamán y Guayote. Fue la primera, la deidad del bien, la que acabó triunfando sobre la segunda. Liberó a la deidad solar Magec, atrapada  en el volcán de Echeyde por Guayote, y confinó a ésta de por vida, taponando el cráter con el último tramo del cono, el que está permanentemente nevado y que es conocido por ello como el "pan de azúcar". La aparición ante mis ojos de la silueta del Teide me produjo una gran impresión, que mantuve a lo largo de la tarde y primeras horas de la noche, a medida que recorríamos sus alrededores en medio del paisaje imponente de rocas volcánicas y con el manto blanco del mar de nubes de fondo, que, a modo de rompimiento de gloria, hacía que imaginariamente me sintiera transportado en las alturas. Antes, en la ascensión desde la costa, incluyendo la planicie de La Laguna, había ido contemplando el también espectáculo del escalonamiento vegetal propio de las zonas de montaña: el matorral árido de tabaibas y cardones; el bosque termófilo de dragos, palmeras y sabinas; la laurisilva de laureles, brezos y helechos; el bosque de coníferas atestado de pinos canarios; la vuelta al matorral, esta vez con retamas y jaras; y finalmente, la desnudez que ofrecen las rocas escupidas desde las entrañas de la Tierra. 

viernes, 24 de enero de 2020

La reliquia de Garajonay, corazón de La Gomera























Cuenta la leyenda que el nombre del bosque situado en el corazón de la isla de La Gomera proviene de dos jóvenes amantes guanches: Gara, princesa de Agulo, y Jonay, príncipe de Adeje en la vecina isla de Tenerife. Deseosa de conocer el futuro que le esperaba, la turbidez que se apoderó del agua que manaba de los chorros de la Epina la marcó indefectiblemente en su suerte. Y como ocurre en tantas otras leyendas de amores imposibles dictados por unos códigos sociales rígidos, prefirieron acabar con sus vidas: fundieron sus corazones con una vara fina mientras se abrazaban para siempre. Garajonay es un lugar idílico. Quizás la mejor muestra de la riqueza vegetal que se esconde en la región macaronésica. Ese conjunto de islas salpicadas en el océano Atlántico, emergidas desde sus profundidades por las erupciones volcánicas que se fueron sucediendo desde hace 25 millones de años. Un lugar donde reina el bosque de la laurisilva, ahíto de laureles o hayas, brezos, salvias o helechos, y musgos o líquenes. Una reliquia de lo que estuvo más extendido por la superficie de la Tierra. Un lugar que hay que preservar.
 

jueves, 23 de enero de 2020

Valle Gran Rey, una de las puertas de La Gomera




















"La escuela se encontraba en la parte alta del Valle Gran Rey, un valle y una población que se extendían a lo largo de una pendiente muy pronunciada (más que un valle parecía un barranco), en cuya laderas cuidadosamente trabajadas se apiñaba un laberinto de pequeñas terrazas, a modo de bancales sostenidos por cercas de piedra y enmarcados por empalizadas de cañizo, donde brillaban los frutos de los plataneros, los nísperos, los aguacates... Al fondo, en la parte baja, se divisaba el mar, que refulgía como una lengua de plata". Son palabras escritas por José Luis Cancho, de su libro Los refugios de la memoria, en las que describe la impresión que le causó su llegada a la isla de La Gomera a principios de la década de los ochenta del siglo pasado. Contra lo que puede parecer, al día siguiente decidió abandonar la isla, pero no por ella, sino porque había tomado la drástica decisión de abandonar una profesión, la de maestro, por la que no tenía vocación ni se sentía con recursos para practicarla. Hace un par de meses estuve en esa isla. Por poco tiempo -apenas unas horas-, pero el suficiente para percibir en ella una de las tantas maravillas que nos ofrece la naturaleza y la forma como se han adaptado a ella quienes llevan siglos morando por sus costas, sus valles y sus bosques. Después de haberla divisado a la distancia por la vertiente sur, entré en ella precisamente por la puerta que se abre en el municipio de Valle Gran Rey, situado en el centro de su costa occidental. Según ascendíamos por la carretera serpenteante camino de Garajonay, fui contemplando lo que Cancho nos describe sucintamente y con precisión. Lástima que no se hubiera adentrado a sus entrañas. No digo que hubiera sido motivo para cambiar de opinión, pues era algo que llevaba impreso en su mente: "Cumplía así con un nuevo abandono, con una nueva dimisión, con una nueva renuncia (...). No había vuelta atrás. Me había quedado sin trabajo, sin casa, aparentemente también sin futuro". Fue un capítulo más de su vida, cargada de un 
alma que, más que viajera, ha sido (o quizás siga siendo) aventurera.  

jueves, 26 de diciembre de 2019

Entre luces de navidad, ¡a ver quién la tiene más larga!























Valle-Inclán retrató en su maravilloso esperpento Luces de bohemia una sociedad española que estaba en plena efervescencia decadente. Los años 20 fueron los de la culminación de un proceso de degeneración política y social que venía de finales del siglo anterior (bueno, en realidad, de más largo: de todo el siglo XIX y si seguimos tirando...) y que recobró  aire gracias al 
impulso cuartelero de los Primo de Rivera y compañía. Escrito el esperpento en 1920, cuatro años después fue revisado y ampliado con tres escenas más. Precisamente las que aportaban una dimensión aún más próxima de la realidad cambiante en nuestro país y en el mundo: la rebeldía callejera de la clase obrera, la represión del estado contra esa gente y el anarquismo hegemónico, la muerte/asesinato del niño entre los pechos de su madre por una bala perdida de un policía... ¡Cuánta realidad coincidente con la que estamos viviendo en nuestros días aquí y en el mundo! Y ahora, en estos días y en esta(s) tierra(s) nuestra(s) de cada día, las luces que están luciendo, como si fueran las únicas, son las del derroche y la idolatría del consumismo. Como si sus impulsores gritaran al unísono: "¡A ver quién la tiene más larga!". Y quienes se dejan llevar por esa falsa ilusión contestaran: "¡La nuestra es la más grande y la más bonita!". No, no son las luces de la bohemia de ese poeta viejo, loco y fracasado, capaz de sentirse próximo a quienes están sufriendo. ¡Ay, de esas luces!   

jueves, 24 de octubre de 2019

Otoño en el Montseny






















El viento, los bosques 
mueren besando la lenta
luz de la tarde. 
 Ejércitos de noche llegan 
por los caminos solitarios.
(Salvador Espriu)

Ha llegado el otoño. Por fin. Y por circunstancias que ahora no vienen al caso, lo he vivido en las estribaciones del macizo del Montseny, en la provincia de Girona. Un lugar que puede parecer lejano, pero que no me resulta tan extraño. Me he topado con una naturaleza no tan diferente de la que conozco. He pisado suelos marcados por los sílices. Granitos y suelos mezclados con sus restos y las arcillas. He visto vegetación de ribera con sauces y fresnos. Especies exógenas de plátanos y abedules. También, en el sotobosque, madroños, labiérnagos, helechos y enredaderas. Más arriba, alcornoques, robles, pinos piñoneros y abetos. Y tantas especies más que se me escapan. Una mezcla de lo mediterráneo y lo eurosiberiano. Árboles desnudos y árboles que nunca se mudan. Hojas que se resisten a caer y hojas que han cambiado su color a tonos amarillos y rojizos. Humedad que alcanza el clímax con el agua que cae. Agua que corre por sus cauces y se esparce sin complejos. Gotas que caen directamente del cielo y desde los intermediarios que las acogen para beber de ellas y las sueltan cuando rebosan. Un festín, en fin, de la naturaleza. 

lunes, 22 de abril de 2019

La luz en el Día del Tierra























La fotografía la tomé hace un par de semanas junto al Mediterráneo, en Peñíscola. Una imagen que da la impresión de estar ante un incendio devorador. Nunca había visto un juego tan impresionante entre la luz del sol y las nubes interpuestas en el horizonte. La luz solar en el momento del ocaso del día. La Tierra es así. Ofrece espectáculos que no por sorprendentes, dejan de ser reales. La belleza de la luz y sus colores. Hoy, en el Día de la Tierra, no estaría de más quedarnos en la contemplación de este juego natural, tan bello como tantos otros, y proyectar la conciencia que ayude a hacer desparecer lo que aparenta. 

domingo, 21 de abril de 2019

En lo que fue el campo de Argelès-sur-Mer















































Hace algo más de una semana me acerqué a Francia bordeando la costa catalana. Después de haber visitado en Collioure la tumba de Antonio Machado, estuve en Argelès-sur-Mer. En la playa donde se confinó a decenas de miles de personas desde los primeros días de 1939. Y también en el pequeño cementerio donde reposan los restos de quienes durante ese tiempo murieron de hambre y enfermedades. Ese lugar -uno más entre otros tantos campos: los más próximos de Saint Cyprien y Le Barcarès; los de Bram, Gurs...- por el que fueron pasando quienes huían del avance del ejército sublevado y la represión que lo acompañaba. Por cientos de miles, hasta superar el medio millón. Huyendo con cierta esperanza y encontrándose finalmente con la frialdad y la dureza de un gobierno que en vez de acogerlas, las condenó al ostracismo, cuando no a la muerte. El mismo que ya desde tres años antes había negado la ayuda al gobierno republicano español, cuando la sublevación militar y el apoyo de las potencias fascistas empezaron a poner en peligro al mundo. El día de mi visita a Argelès hacía un tiempo desapacible. La tramontana soplaba con fiereza. Y mientras miraba la arena de la playa no pude por menos que imaginarme a esas personas soportando frío, hambre, enfermedades, golpes, humillaciones, indiferencia, dolor... Muchas de las cuales un año después, cuando el peligro de un ataque alemán ser cernió sobre Francia, pasaron a engrosar las filas de la Resistencia antifascista. La constatación de la maldad humana. 

domingo, 14 de abril de 2019

La república, una necesidad reivindicarla


























Puede parecer una siempre piedra. Pero está cargada de valor: está en el monolito levantado en la playa de Argelés sur Mer, un lugar cargado de una fuerte simbología. En sus arenas estuvieron hace 80 años decenas de miles de españoles y españolas, hasta superar los 100.000, que huían de la llegada de las tropas franquistas a Catalunya. Puede parecer que es la imagen de la derrota y con ella, de la República. Pero es más a derrota de la humanidad. Porque en ese momento triunfó el fascismo en nuestro país. Y también, la insolidaridad. La del un gobierno, el francés, que tres años antes había mirado para otro lado ante la sublevación militar y el apoyo de las potencias fascistas. Y que luego reaccionó de la peor de las formas encerrando en campos de concentración a quienes huían de fascismo, donde tuvieron que soportar unas condiciones insospechadas de hacinamiento, insalubridad y carencia de los más elementales derechos.  Mantener la memoria por lo ocurrido, es una obligación. Como también lo es seguir reivindicando esa República que nos secuestraron. 


jueves, 11 de abril de 2019

En Collioure, en la tumba de Antonio Machado






























Esta mañana he visitado la tumba de Antonio Machado en Collioure. Donde llegó "ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar" y recordó "estos días azules y ese sol de la infancia". Donde llegó acompañado de su madre, huyendo, como lo hicieron por decenas de miles, si no más, de civiles y militares en el duro invierno con que comenzaba el año 1939. Y allí, como su madre, se quedó, quizás para siempre. Es mucha la gente, de todas las edades, que acude a visitar su tumba. Una señal de que sigue recordándolo, que no deja de ser una forma de quererlo.