
Cambiaron, así, los símbolos de poder y aparecieron nuevas formas de aprovechamiento de lo que la tierra ofrece: siguieron los alcornoques y su corcho; se fueron las moreras y su seda; llegaron los castaños con sus tostones y los viñedos con sus caldos... Transposiciones, en suma, de lo que tenía unas fuertes raíces ancladas en siglos de adaptarse a la naturaleza.
Estos días estamos recorriendo varios de sus pueblos. Estamos morando en Jubrique. Hemos pisado ayer las rocas de blancura calcárea del canuto de la Sierra de Utrera y también las calles de Gaucín, Banarrabá y Genalguacil. También. Hoy hemos estado en Júzcar, Alpandeire, Benadalid y Benalauría. Todo son paisajes imponentes y cielos que cambian de humor, amenazando con coladas de lluvia, un subir y bajar por calles empinadas, olores que embelesan...
En Genalguacil me he quedado sorprendido. Por sus esculturas, las más, pinturas murales, cerámicas y hasta telas que se reparten por doquier en calles, plazas y jardines. Obras de artistas que han prestado sus obras para embellecer paredes y rincones. Para dotar el espacio de formas y colores en un apoteosis de belleza. Una síntesis de la cultura popular y del arte de la academia.
Por una de las calles, sobre el suelo empedrado, había una placa de bronce en la que podía leerse: Es-cultura. Mejor definido, imposible.