jueves, 10 de enero de 2019

En la muerte de Andrés Sorel, un compromiso inquieto

Me enteré ayer de la muerte de Andrés Sorel. En realidad ése era su nombre público, porque el que consta en los registros es el de Andrés Martínez López. Sin saber las razones de tal cambio en el apellido, al parecer la elección del nuevo estaba relacionada con personaje protagonista de la novela de Stendhal Rojo y negro

Castellano de Segovia, era un internacionalista y, de una manera especial, muy amigo de la Cuba revolucionaria. Escritor prolífico, se ocupó de varios campos, desde el ensayo político e histórico hasta la literatura. He leído varias de sus obras, ninguna de literatura, aunque en algunas de ellas se denota su estilo cuidado y emotivo. Militante del PCE desde muy joven, vivió el exilio por ello, si bien se separó del partido sin perder nunca el referente político de ser un hombre comprometido y luchador en favor de la justicia.

Fue precisamente su libro Introducción a Cuba (Madrid, ZYX, 1970) el que, cuando era un joven adolescente, me permitió conocer mejor la revolución de ese país. Por esos años también, en 1976, leí su Guía popular de Antonio Machado (por cierto, ejemplar que presté a una amiga y nunca más volvía a saber), que utilicé para preparar un recital de poesía donde dimos a conocer a la gente joven de mi barrio la trayectoria y parte de la obra del poeta sevillano. Aprendí con ello, o más bien completé con lo que había leído de Manuel Tuñón de Lara, una visión de un poeta que era algo más que un aglutinador de palabras y descriptor de paisajes. 


Tuve la ocasión de conocer  a Sorel en persona en dos ocasiones cuando en 1984 se puso al frente de Liberación, un proyecto de periódico alternativo que pretendía ser portavoz de la disidencia surgida a raíz del primer gobierno del PSOE.  La primera vez fue en Madrid, apresurada y de apenas un saludo, cuando me acerqué a la redacción del periódico en pleno parto del primer número, como "enviado" del grupo de apoyo que habíamos formado en Salamanca. La segunda, ya en la ciudad castellana, cuando se reunió en la cafetería El Corrillo con varios de los componentes de dicho grupo de apoyo, que tenía a los entusiastas hermanos Vallejo a la cabeza. Recuerdo el encuentro como interesante, con un elevado grado de simpatía y confianza mutuas. En su posterior libro Liberación, desolación de la utopía (Madrid, Ediciones Libertarias, 1986) dejó constancia del papel activo que nuestro grupo jugó en la conformación de Liberación, que buscaba la participación de la gente, así como las cartas que enviábamos al consejo editorial defendiendo esa vía.


Entre sus ensayos históricos, uno de ellos, Yo, García Lorca (Madrid, Zero/ZYX, 1977), lo leí con ocasión de la preparación de dos artículos que dediqué a la figura del poeta granadino (publicados ambos en este cuaderno y en Rebelión). El libro de Sorel fue uno de los trabajos pioneros en el estudio de lo ocurrido en torno a la muerte de Lorca. 


El otro ensayo histórico es La guerrilla antifranquista. La historia del Maquis contada por sus protagonistas (Tafalla, Txalaparta, 2002). Escrita con delicadeza, su aportación de los testimonios de quienes combatieron al franquismo con las armas resulta más que interesante, aun no siendo una obra de investigación sensu stricto.


La última obra que leí de Sorel fue Siglo. Tiempo de canallas (Tafalla, Txalaparta, 2006), todo un alegato contra las enormes contradicciones surgidas entre tantas gentes al final de un siglo convulso y las consecuencias inquietantes que hemos heredado en el presente. Escrito desde el corazón, no le falta en ningún momento la necesaria reflexión. 


He sabido que pasaba temporadas en Zahara de los Atunes. Que haya pasado desapercibida para mí su presencia en esa localidad quizás se haya debido a su voluntad de pasar desapercibido. Lástima no haberlo sabido.