miércoles, 27 de febrero de 2013

El fascista reconvertido

Pertenecía a los círculos del fascismo. Actuó dentro de los grupos armados que se crearon en el crepúsculo del franquismo y los años que le siguieron. La promiscuidad entre militantes fascistas, directamente armados o no, y amplios sectores del aparato policial era grande por entonces. Actuaban bajo varios disfraces. Las siglas iban bailando y los gobiernos se sucedían, mientras sus víctimas sucumbían una tras otra. Cuando en 1980 el sujeto en cuestión secuestró y ejecutó a Yolanda González -una roja de mierda y terrorista, según el argot de la gente de esa ralea- fue protegido por miembros de la policía. Alguien llegó a esconderlo en su domicilio. Ya detenido y condenado, logró escaparse dos veces. Vivió en Paraguay, protegido por el gobierno de una de las dictaduras latinoamericanas más duraderas y atroces. Descubierto, acabó cumpliendo la condena en España. Por arte de birli y birloque cambió su nombre y llegó a maquillar su primer apellido. Ahora se sabe que lleva trabajando desde hace tiempo para las policías. Tiene una empresa que colabora con ellas, en base al sistema tan neoliberal de la externalización de los costes. El otro día fue descubierto por un periodista de El País. El tipo niega ser él. 

Lo siento, Italia

Han acabado las elecciones. Los resultados, más que sorprendentes, porque ya se atisbaban, muestran una situación muy difícil. Y no hablo de gobernabilidad. ¡Quién iba a decir que el país del mundo occidental que generó mayor preocupación a EEUU en los años 70 haya acabado así! 



Ya hace 20 años sorprendió la aparición del fenómeno Berlusconi -con su Fuerza Italia-, flanqueado por la Liga Norte de Umberto Bossi y la Alianza Nacional de Gianfranco Finni -heredero del fascista MSI-. A lo largo de dos décadas, como Pueblo de la Libertad, se han alternado con el centroizquierda en los gobiernos, manteniendo niveles de votos muy elevados, pese a la figura de su líder, donde la corrupción, la manipulación mediática o los escándalos de todo tipo han sido el pan de cada día. Del otro lado, un centroizquierda, hoy llamado Partido Democrático y liderado por Pier Luigi Bersani, formado desde los grupos que conformaron a finales de siglo la coalición El Olivo, donde convivían antiguos comunistas, socialistas y restos de la democracia cristiana. Todos ellos en torno al antiguo Partido Comunista Italiano (PCI, el célebre "pichí"), que en 1991 se hizo el harakiri cuando se transformó en Partido Democrático de la Izquierda, dejando atrás su más que digna trayectoria. Por su izquierda, en forma de Refundación Comunista, hubo un intento por hacer perdurar lo que representó la tradición comunista. Al final, dividido y desorientado, apenas quedan restos a la deriva. Y para colmo,  ahora ha salido un nuevo fenómeno llamado Movimiento 5 Estrellas y de nuevo con un líder -que dicen- carismático, un tal Beppe Grillo, que es además cómico. 


Toda una ceremonia de la confusión. Un partido que se hace pasar como progresista que lleva años codeándose con las políticas neoliberales. Populistas corruptos y sin escrúpulos que han estado a punto de ganar. Un cómico, también populista, que se ha presentado como alternativo, cuando en realidad lo es alternante en las medidas de uno y otro signo que defiende. Un tecnócrata que llegó hace dos años para aplicar los ajustes y que se ha visto apoyado por antiguos democristianos. ¿Y la izquierda? Inexistente. En fin, un país que respira pena. Lo siento, Italia. 
        

sábado, 23 de febrero de 2013

Lo que sigue quedando del 23-F

Para las generaciones que vivimos el franquismo hay fechas que quedan grabadas en la mente. Y una es la de hoy del año 1981. El célebre, si no celebérrimo, 23-F. Mucho se ha escrito. Sobre todo, muchos panegíricos del Rey. Resulta normal, pues es el acontecimiento que le catapultó a su canonización política, dentro de la lógica, eso sí, de sacralización de la Transición. 

En estos días estamos asistiendo a una serie de acontecimientos que pueden poner fin al modelo político construido desde mediados de los 70. Ya sabe, los escándalos de la corrupción generalizada de los grande partidos (PP, CiU, PSOE...), las medidas económicas que están tomando, el cada mayor distanciamiento con respecto a amplios sectores de la población... Y también, la corona, que se está viendo salpicada por numerosos escándalos que están aflorando por doquier. Elefantes, amantes, yernos, infantas, dineros y demás. Eso no significa que antes no los hubiera habido, pero el caso es que se taparon o maquillaron. Y entre los escándalos de antaño está, por qué no, lo ocurrido el 23 de febrero de 1981. 

No voy a entrar ahora en la exposición de detalles de las tramas golpistas que culminaron en ese día. Las hubo de varias naturalezas y con objetivos diferentes. Hubo conspiraciones contra la democracia, contra Suárez... Participaron militares, dirigentes políticos, servicios de inteligencia... Y también, por supuesto, hubo una intervención desde el exterior. Eran los años del inicio del recrudecimiento de la Guerra Fría, una vez que Ronald Reagan accedió en 1981 a la presidencia de EEUU. El mismo 23-F el general Alexander Haig, recién nombrado Secretario de Estado y antes Comandante Supremo de la OTAN, pronunció su conocida frase: "Estamos siguiendo el desarrollo de los Pues bien, lo que siguió en lo sucesivo en nuestro país, aun cuando en 1982 cambiara el color del gobierno, fue la toma de decisiones de gran trascendencia para el futuro. Algunas muy concretas: la entrada (obra de UCD) y la permanencia (obra del PSOE) en la OTAN y la aprobación de la LOAPA (Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico). La primera, de gran importancia para la culminación en la integración en el bloque occidental, iniciado ya en tiempos de Franco con la firma del acuerdo bilateral en 1953. La segunda, para poner fin a las dudas que pudiera haber sobre la organización territorial del estado. Otras decisiones, más tamizadas sucesivamente en el tiempo, afectaron al modelo económico que precisamente en esos años también empezó a sentar sus bases con las acometidas neoliberales de Margaret Thatcher y el propio Reagan. La época de las privatizaciones, la bajada de impuestos a las rentas más altas, la lucha antisindical, la desregulación financiera, la precarización del empleo...

Para no seguir alargándome, dejo varios extractos de algunas obras que se han escrito acerca del 23-F. Merece la pena tenerlos en cuenta: 

"Cuando el 23 de febrero de 1981 (...) Antonio Tejero entró en el hemiciclo del Congreso, los miembros de la Célula de involución del CESID se quedaron perplejos y avergonzados: no habían cumplido con su misión. Conocían profundamente, y habían avisado de su preparación, la intentona que para los meses siguientes organizaban los integrantes del grupo dirigido por el antiguo dirigente de del SECED, José Ignacio San Martín. El grupo golpista iba a utilizar para realizar sus planes la división acorazada Brunete, donde ocupaban importantes puestos en la cadena de mando". 
Francisco Medina (1996): Las sombras del poder. Los secretos del CESID. Madrid, Espasa Calpe, p. 95.

"¿Para qué fue entonces manipulado el integrismo y obsecuencia de algunos sectores militares españoles? Hay indicios de que ello pudo responder a un diseño global que sobrepasaba el marco de la Península Ibérica. Y era quizás la preparación de Europa para un plan estratégico en el inicio de la Administración Reagan, en un momento en que Europa occidental era presionada para que aumentara los gastos militares  convencionales y aceptara la instalación de las armas atómicas llamadas del "teatro de batalla europeo" -misiles Cruise y Pershing II, bomba de neutrones (...). En cualquier caso, del empujón militar de febrero de 1981 hizo una muy específica interpretación el nuevo presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo (...).  Que externamente González no posara como adalid de la OTAN antes de 1982 obedecía a razones de necesidad electoral (...). Una vez instalado en [el gobierno] borró del Programa la oposición al ingreso de la OTAN". 
Joan E. Garcés (1996, edición de 2008): Soberanos e intervenidos. Estrategias globales, americanos y españoles. Madrid, Siglo XXI, pp. 209-212.

"En mi opinión, el 23-F fue fruto de una imposible alianza entre un sector político y militar preocupado por reconducir la democracia y otro totalmente ultra, cuya intención era aniquilarla. Se trató, pues, de un pacto contra natura entre salvadores y destructores, y ésa fue a principal razón de su fracaso". 
Perote, Luis Alberto (1999): Confesiones de Perote. Revelaciones de un espía. Barcelona, RBA Libros, p. 91.

"El golpe de 23-F, al fin y a la postre, acabó triunfando de cualquier manera. No sólo por la sesión de maquillaje a que se vio sometida la versión oficial. La pasividad popular fue el logro más importante. (...) Su éxito recogía los frutos de los primeros años de la transición , con los partidos defraudando las expectativas y las reivindicaciones populares" (...) El cenit fue el 23-F". 
Patricia Sverlo (2001): Un rey golpe a golpe. Biografía no autorizada de Juan Carlos de Borbón. Lizarra, Arakadzen, pp. 208-209.

"Curiosamente, al salir mal la "Solución Armada" por la alocada actuación de Tejero, el 23-F resultante (la reconducción de la reconducción), con el Rey ya en contra de esa maniobra, resultó todavía más reconfortante para la salud de la democracia y la Corona españolas que lo que nunca hubieran podido soñar los más optimistas colaboradores de Armada, pues, entre otras cosas, desactivó en una sola tarde-noche el peligro golpista". 
Amadeo Martínez Inglés (2001). 23-F. El golpe que nunca existió. Madrid, Foca, p. 201.

"Cortina, según se desprende de la hoja de servicios de un oficial como él, dedicado a menesteres de inteligencia, presumiblemente se adentró en la cúpula golpista como uno más e hizo abortar la intentona asignándole un ritmo propio. Los manuales dicen que ésa es la única manera de abortar un golpe de Estado y parece que Cortina aplicó la fórmula a conciencia (...) Por todo ello Cortina fue absuelto".
Rafael Fraguas (2003). Espías en la transición. Secretos políticos en la España contemporánea. Madrid, Oberon, p 111.

"La CIA conoce muy el ambiente que impera en los cuarteles, tiene información precisa de las conspiraciones que están en marcha. Puede contribuir decisivamente al éxito del golpe que la operación se desarrolle con la participación del rey y en nombre de la Constitución y la democracia. Turquía es el ejemplo a imitar. Con un gobierno militar fuerte en cada extremo del Mediterráneo, Reagan podrá dormir tranquilo en su nueva residencia de Washington". 
Alfredo Grimaldos (2006). La CIA en España. Espionaje, intrigas y política al servicio de Washington. Madrid, Debate, p. 191.      
                                                

Neoliberalismo e impacto sobre la salud

Rafael Bengoa ha sido consejero de Salud del gobierno vasco hasta 2012. Es un profesional de la medicina y ejerce como experto en ese campo, especialmente en la salud pública. Ahora está asesorando a Obama. Es un defensor de la sanidad pública, aunque, como veremos, conjuga varios postulados que pueden provocar cierta sorpresa. Sus opiniones tienen un claro tinte tecnocrático. Por eso repite mucho lo del discurso ideológico, tratado peyorativamente e independientemente que sea de izquierda o de derecha. No ve por ello que exista mala intención en las medidas neoliberalizadoras que están tomando los gobiernos del PP del estado y de las comunidades autónomas. Mantiene, eso sí, una postura que, desde su base tecnocrática, resulta contundente a la hora de poner en evidencia lo que están suponiendo dichas medidas (privatizaciones, copago, tarjeta sanitaria de inmigrantes...). Veamos cómo se expresa en la entrevista que Público nos ofrece hoy: 

"No hay nada que indique que la gestión privada de hospitales públicos sea más barata; ningún documento ni internacional ni nacional legitima esa decisión en términos técnicos. En Suecia, donde sí se ha evaluado un ejemplo de privatización sobre un 6 o 7% de la población la información obtenida indica que al sector privado no le interesan ni los enfermos complejos y caros, ni instalarse en zonas rurales, ni hacer medicina preventiva".

"En España hay muy buena cobertura pública y no es necesario pasar a otra cosa (...) Nuestro sistema público, que se mantiene alrededor de un 8% del PIB, es un sistema bien rentable en el ránking europeo y mundial en relación con los resultados que está obteniendo, muy satisfactorios en el ámbito clínico, en Atención Primaria, en prevención, en vacunación, en cómo controlamos las gripes y las enfermedades emergentes".

"(...) lo que nos queda es flexibilizar el sistema. El sistema está excesivamente burocratizado, con una Administración Pública trasnochada para gestionar una cosa que necesita muchísima agilidad. Hay que dar más margen de maniobra a los directivos para que puedan mover personal y que no esté todo tan condicionado a un contrapoder sindical. Nosotros tenemos que pensar en los pacientes y para ello necesitamos más flexibilidad y abrir vías en dos grandes bloques: el empoderamiento de los pacientes y el empoderamiento de los profesionales".

"Los enfermos crónicos, entre otros, se tienen que autogestionar mejor, pero para ello tenemos que ayudarles, estar en contacto con ellos y no ponerles barreras como el copago, que sólo le dice al paciente que estorba y que cuanto menos venga, mejor".

"La selección de riesgos está probada en dos estudios en Suecia y, sí, eso ocurre en el sector privado. Pero incluso en España, en un seguro privado no te cogen si tienes 65 años, ni si tienes 40 pero muchas enfermedades. ¡Imagínate traspasar eso al sector público!".

"Sí, vamos al revés del mundo (...). Creo que legítimamente buscan una solución varita mágica, en este caso, la privatización, al problema de la sostenibilidad del sistema, pero no han calculado las consecuencias, igual que ha pasado con el copago, con la retirada de la tarjeta sanitaria a los inmigrantes irregulares. Estas medidas son para cumplir el presupuesto, pero el impacto sobre la salud va a ser muy grande".

"A mí no me parece bueno que una persona esté toda la vida en un cargo público, pero uno no debe tener una puerta giratoria con una empresa con la que ha estado colaborando".

viernes, 22 de febrero de 2013

La renuncia

¿Por qué ha anunciado su renuncia? ¿Por sentirse viejo? ¿Por cansancio? ¿Por incapacidad? ¿Por decepción? ¿Como acto de protesta? ¿Como prueba de humildad? ¿Como expresión de impotencia? ¿Forzado por alguien? ¿Para prevenir algo? ¿Para desactivar conspiraciones en marcha? ¿Para dar ejemplo? ¿Por varios de esos motivos? ¿Es una muestra de irresponsabilidad? ¿Lo es de su grandeza? ¿Acaso un ejercicio de libertad? ¿Lo llegaremos a saber?

domingo, 17 de febrero de 2013

Los fantasmas de la derrota en Pan negro

He visto este fin de semana la película Pan negro (su título original, en catalán, es Pa negre), dirigida por Agustí Villaronga y una adaptación de la novela homónima de Emili Teixidor. No voy a entrar en sus aspectos formales, salvo la creación a través de la luz de un ambiente sórdido y deprimente, propio de la postguerra española. Lo que no puedo negar es que a su fin me sentí entre abrumado y desorientado. La intensidad del relato y la concatenación de situaciones me llevaron a no entender del todo la historia que se cuenta. Y quizás esa confusión haya sido creada conscientemente, como una forma de llevarnos a la naturaleza del contexto en el que se sitúa. 

Una de las cosas que quedan claras en la película es el poder y la forma de ejercerlo por parte del quienes resultaron vencedores. También lo que les correspondió a quienes sufrieron la derrota: la represión, el dolor, la humillación y la miseria. La confusión surge en la trama trazada, un cúmulo de situaciones donde no se sabe finalmente qué ha ocurrido. Y en medio de todo esto la mirada de niños y niñas, y especialmente la de Andreu. La mirada de una generación, o de varias, que tuvieron que ir interpretando la realidad desde la información, entre directa y codificada, que fueron recibiendo por sus mayores. Una información fragmentada y manipulada. La mirada de Andreu es la permanente búsqueda de una explicación por saber lo que está ocurriendo. En el final, sin embargo, se establecen los límites de lo conseguido: desechando el consejo paterno de mantenerse fiel a los ideales, prefiere aceptar la propuesta de quienes  ganaron la guerra, entre otras cosas porque es la que le ofrece salir del mundo en el que nació. Así es como sobrevivió el franquismo, entre la represión y la huida hacia adelante en forma de supervivencia o de las posibilidades de promoción social que fueron apareciendo. 

El final me trajo a la memoria otra película, La lengua de las mariposas. En ésta es otro niño, Moncho, el que sucumbe ante la situación de terror creada cuando se inicia la represión tras el golpe del 36. Resulta impresionante la imagen suya lanzando una piedra e insultando a su maestro, otrora su bienhechor. Para José Luis Cuerda, su director, esa escena no hay que juzgarla, sin embargo, por la traición del niño, sino por la situación creada que llevó a que surgiera ese tipo de actitudes. Una apreciación interesante, que puede aplicarse también a Pan negro, si somos capaces de entender en su totalidad lo que ocurrió con la muerte de los dos homosexuales. Y es que las derrotas son doblemente duras: por lo que llevan en sí para quienes las sufren y por los fantasmas que desatan. 
         

sábado, 16 de febrero de 2013

El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: lucidez y nostalgia reaccionaria

La novela de un aristócrata

“Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie”. Se trata de una frase originaria de la novela El gatopardo*, escrita por Giuseppe Tomasi de Lampedusa y publicada en 1958. También aparece en la película homónima con la que en 1963 Luchino Visconti adaptó magistralmente la novela. La frase, en fin, ha sido utilizada en la ciencia política como una forma de comportamiento humano en contextos de cambio. Encierra de modo sintético una de las claves del funcionamiento de las sociedades -en las que su componente dinámico conlleva la simultaneidad de elementos de continuidad y de cambio- y de determinados comportamientos de los individuos dentro de lo que normalmente se denomina oportunismo.

La novela de Giuseppe Tomasi de Lampedusa, Príncipe de Lampedusa y Duque de Palma di Montechiaro, es el testimonio de un miembro de la vieja clase aristocrática en extinción, resignado por lo que está aconteciendo, pero orgulloso de su estirpe y de su condición. La narración se centra en la figura de Fabrizio Corbera, príncipe de Salina, principal aristócrata de la isla de Sicilia y directamente vinculado con la casa de los borbones que reinó en Nápoles y Sicilia hasta 1860, momento en que se suma -resignado, eso sí- al proceso de unificación italiano que culminaría diez años después. El narrador omnisciente es el alter ego de don Fabrizio, que no es otro que el propio Lampedusa, descendiente directo del personaje histórico Giulio Fabrizio Tomasi, bisabuelo del escritor.

La novela está situada en Sicilia, que hasta 1860 formó parte junto con Nápoles del reino de las Dos Sicilias, y transcurre en su mayor parte entre 1860 y 1862. La presencia de los camisas rojas de Giuseppe Garibaldi en la isla, bajo el manto del reino de Piamonte, fue el factor decisivo para el levantamiento de parte de la población contra el monarca napolitano y su adhesión a la guerra de unificación. En 1860 se había iniciado una nueva fase en el proceso de unificación de los territorios dispersos que en 1861 dio lugar al reino de Italia, con capital en Turín, y que en 1870 culminó con la conquista de Roma. Los dos últimos capítulos del libro se desarrollan posteriormente: en 1883, año en que muere el príncipe don Fabrizio, y 1910, momento en que se produce el desenlace de la trama novelesca trazada por el autor. El protagonista principal es el citado don Fabrizio, príncipe de Salina, que se encuentra presente a lo largo de la obra como personaje y prácticamente en toda la narración.     

La nobleza frente a la nueva realidad 

La novela tiene entre los personajes principales a Tancredi Falconeri, sobrino del príncipe don Fabrizio. Pese a su militancia dentro del movimiento unificador y más concretamente en las huestes de Garibaldi, su tío siente por él una gran simpatía. La suficiente para disculpar como puede sus andanzas políticas, cosa que hasta el propio monarca llega a reprenderle, al principio con sutileza y luego con dureza:

“-Salina, ven aquí. Me han dicho que en Palermo andas en malas compañías. Ese sobrino tuyo, Falconeri… ¿qué esperas para apretarle las clavijas?
-Pero Majestad, le aseguro que a Tancredi sólo le interesan las mujeres y los naipes.
Y el rey perdió la paciencia:
-Salina, Salina, déjate de tonterías. El responsable eres tú, su tutor. Dile que mire lo que hace. Adiós” (18). 

De la boca de Tancredi sale precisamente la famosa frase, aunque no como una expresión aislada, sino con un claro sentido dentro del contexto histórico que están viviendo:

“Por el rey, sí, ¿pero qué rey? Si nosotros no participamos también, esos tipos son capaces de encajarnos la república. Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie. ¿Me explico?” (27).

Tancredi, perteneciente a la nobleza, si bien de una rama colateral y menor a la de su tío, es consciente del horizonte que tiene delante para conseguir un hueco de relieve en el régimen político que se está alumbrando y en la nueva sociedad. Por eso se une a las filas garibaldinas, donde confluyen los sectores políticos más radicalizados del movimiento de unificación e integrados en gran medida por los sectores populares.

Resulta evidente que  Tancredi no es un garibaldino puro, en la medida que está desmarcándose del ideal republicano que el héroe italiano más popular defiende para su país. Su actitud es una forma de oportunismo, para lo que utiliza las posibilidades que le ofrecen las fuerzas más dinámicas del momento y poder de esa manera acomodarse en una situación nueva y en proceso de crecimiento: el liberalismo político, que se expresa desde el nacionalismo, en comunión con las aspiraciones de una clase social en ascenso que no es otra que la burguesía.

Desde el momento en que Tancredi pronuncia la famosa frase, la simpatía de don Fabrizio hacia su sobrino empieza a tornarse en admiración, que el narrador la califica de inteligencia. Así aparece en un pasaje de la obra cuando el narrador dice “según él” que la actitud de Tancredi supone  

“aquella capacidad para adaptarse con rapidez, aquella perspicacia mundana, aquel dominio innato del matiz que le permitía utilizar el lenguaje demagógico en boga” (55).

¿Es también oportunismo político lo que hace y dice don Fabrizio? De entrada la respuesta ha de ser afirmativa. Posee la inteligencia suficiente para saber leer el momento histórico que está viviendo. Pero difiere del oportunismo de su sobrino no sólo por la posición relevante que ha tenido en la sociedad que está feneciendo, sino también por lo que va descubriendo de la que está naciendo, en la que acaba instalándose desde una resignada y prudente distancia.

¿Amor noble frente amor burgués?

Dentro de la trama no falta la correspondiente historia de amor y que hace de nudo gordiano entre varios personajes. Se basa en el triángulo formado por el propio Tancredi, su prima Concetta y Angelica. Dos muchachas jóvenes de distinta condición y con futuros diferentes. Angelica es la hija de don Calogero, antiguo campesino enriquecido y prototipo de burgués y liberal, que además es el alcalde de Donafugatta, el pueblo donde la familia Salina pasa los veranos.

Durante una cena en que están presentes las dos familias, Tancredi  queda deslumbrado por la belleza de Angelica. Y es a través de un episodio que cuenta, cuando en cierta ocasión entró en un convento de Palermo durante una acción militar, como el narrador nos presenta la barrera que se interpone entre un Tancredi inmaduro y anticlerical y una Concetta inocente y ferviente católica. 

La ambigüedad aparece en su plenitud cuando al día siguiente la familia Salina visita el convento de la beata Corbèra, haciendo uso del privilegio que le corresponde. Tancredi desea hacerlo también y así lo hace saber: 

“-Tío, ¿no podrías conseguir que yo también entrase? Al fin y al cabo, la mitad de mi sangre es de Salina, y nunca he estado aquí” (66).

La petición encierra, sin embargo, un misterio: ¿entrar en el convento o entrar en la familia a través del matrimonio con Concetta? Quien le responde, sin embargo, es la prima, que lo hace entre la ironía y el impedimento. Es, sin duda, su venganza, dolida por la peripecia contada por su primo la noche anterior y que interpretó desde su visión religiosa rigorista. Una postura vengativa que acaba cerrando las puertas de un matrimonio con su primo:

“-No le hagas caso, papá, bromea; al menos ya ha conseguido entrar en un convento; que se conforme, pues; no es justo que entre el nuestro” (67).    

Se inicia entonces un doble distanciamiento. El anímico, de Concetta, y el físico, de Tancredi, que se ve obligado a ir de nuevo al la guerra. Desde ese momento Tancredi busca en su tío la persona que medie con don Calogero para que le comunique su amor hacia Angelica y el deseo de casarse con ella. Cuando su tía Maria Stella, la mujer del príncipe, conoce el contenido de la carta escrita por Tancredi, su reacción resulta muy sintomática del cúmulo de sensaciones que está viviendo la vieja clase aristocrática:

“Es un traidor, como todos los liberales de su calaña; ¡primero traicionó al rey, ahora nos traiciona a nosotros! ¡Él, con su cara falsa, con sus palabras llenas de miel y sus actos cargados de veneno! ¡Eso es lo que sucede  cuando se trae a casa gente que tiene sangre extraña mezclada con la propia!” (74).

En su respuesta el marido, sin embargo, intenta poner un poco de cordura, consciente de los tiempos que se están viviendo:

“Stellucina, estás diciendo demasiadas tonterías; además no sabes lo que dices (…). [Tancredi] no es un traidor: sabe adaptarse a las circunstancias, tanto en política como en la vida privada” (75).

Es de nuevo el narrador el que pone orden al cúmulo de situaciones que se están dando. Manifiesta en boca y pensamiento del príncipe una clara conciencia de que los cambios que se están dando suponen pérdidas graves, pero no ponen en peligro la existencia como clase. Es la traducción a la realidad de la frase alusiva a que todo cambie para que todo siga igual:

“los grandes intereses del reino (de las Dos Sicilias), los intereses de su clase, sus propios privilegios, habían sufrido, sí, graves lesiones, pero los acontecimientos no habían puesto en peligro su supervivencia” (83).

Cuando se produce el rito de la entrega de la mano de Angelica por parte de don Calogero, éste, después de hacer una relación de sus bienes e informarle de la dote que va a recibir su hija, trasmite a don Fabrizio algo que guardaba como una sorpresa:

“también los Sedàra son nobles”.

Una alusión a la tradicional compra de títulos nobiliarios por parte de la burguesía, que tenía como fin lustrar su condición, pero tan mal vista desde los círculos de la aristocracia. De ahí que el narrador, lleno de un evidente desprecio de clase, escriba al respecto:

“nos limitaremos a decir que aquella salida heráldica de don Calogero le deparó al príncipe el incomparable goce estético de asistir a la encarnación perfecta de un tipo, y que la risa contenida endulzó tanto su boca que llegó a sentir náuseas” (97).

La burguesía en el poder

A medida que se precipitan los acontecimientos políticos, una nueva  conversación entre el príncipe don Fabrizio y su sobrino Tancredi resulta muy reveladora del carácter que van tomando. Las piezas del rompecabezas empiezan a encajar y la conocida frase de Tancredi sigue ganando sentido:

“-¿Así que vosotros, los garibaldinos, ya no lleváis la camisa roja?”
(…) -¿De qué garibaldinos nos hablas, tiazo? ¡Eso ya pasó!” (109).

En pleno rumbo dirigido a consolidar la construcción del nuevo estado liberal y unificado, don Fabrizio recibe la propuesta de ser nombrado senador, lo que le trasmite un funcionario piamontés, en cuyo reino se está gestando el núcleo de la nueva Italia. La respuesta del príncipe no deja lugar a dudas:

“Escuche, Chevalley: si se hubiera tratado de un nombramiento honorífico, un mero título para poner en la tarjeta de visita, lo habría aceptado con todo gusto” (129).

Para más tarde concluir rotundo:

“(…) pero no puedo aceptar. Soy un representante de la vieja clase y me siento por fuerza comprometido con el régimen borbónico al que me liga el sentido de la decencia, ya que no el afecto” (132).

En este momento el narrador nos muestra a un don Fabrizio que se  encuentra a la vez seguro y resignado. Por eso, argumentando su negativa a aceptar el nombramiento de senador, le dice al señor Aimone Chevalley:

“hace un momento usted me hablaba de una joven Sicilia que se asoma a las maravillas del mundo moderno; a mí, en cambio, me parece más bien una centenaria a quien pasean en silla de ruedas por la Exposición Universal de Londres y no comprende nada ni le importan un comino las acerías de Sheffield y las hilanderías de Manchester” (129-130).

Una clara muestra de la idea que tiene del mundo concreto en que vive, una Sicilia agraria y atrasada, a la que ve incapaz de ponerse a la altura de los avances económicos que tienen en Inglaterra el epicentro del mundo. Una manifestación, en fin, de la preeminencia de clase que siente: frente al pueblo, al que desprecia por inmaduro, y frente a la burguesía, a la que desprecia por vulgar.

En la confrontación entre lo viejo y lo nuevo, don Fabrizio siente un claro apego por su mundo, que, aunque agonizante, lo considera superior en su condición de miembro de una clase a la que otorga las mejores virtudes. La seguridad antes referida  es también orgullo e incluso superioridad moral. No tiene ninguna duda, aunque el narrador deja que lo sepamos a través de lo que el príncipe piensa para sí:

“Todo esto –pensaba- no debería durar; sin embargo, durará, durará siempre: el “siempre” humano, desde luego, un siglo, dos siglos…; luego será distinto, pero peor. Nosotros hemos sido los Gatopardos; los leones; quienes ocupen nuestro lugar serán los pequeños chacales, las hienas; y todos, gatopardos, chacales y ovejas seguiremos creyéndonos la sal de la tierra” (135).

¿Sólo liberalismo y burguesía?

No le falta a la novela una alusión a algo más nuevo todavía que el propio ascenso social de la burguesía y el acceso al poder político. Don Fabricio apunta en su conversación con Chevalley algunos de los nuevos ingredientes sociales y políticos, a los que ven con cierta preocupación:

“Ahora aquí andan diciendo, para acatar lo que han escrito Proudhon y un judío alemán cuyo nombre no recuerdo, que la culpa de que todo vaya mal, aquí y en otras partes, la tiene el feudalismo; es decir, yo, para el caso” (134).

El anarquismo y el socialismo que están entrando en el nuevo escenario, el mismo que Kart Marx, el “judío” alemán, ya había anunciado ex aequo con Fiedrich Engels en 1848, unos años antes de iniciarse la guerra de unificación italiana, con su conocido arranque del opúsculo El manifiesto comunista: “Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo”.

Los ecos del pasado

Lo que va quedando de la novela es todo un canto a la actitud del príncipe, elevada a dignidad, y que el narrador pone en boca de otros personajes. Así lo hace con los hermanos Schirò, campesinos de la zona, y con Pietrino, un humilde herbolario, que se encuentran temerosos con los acontecimientos y se quejan de las medidas que está tomando el nuevo ayuntamiento y que afectan a sus bolsillos:

“Los hermanos Schirò y el herbolario ya empezaban a sentir las voracidad del fisco; en un caso habían sido contribuciones extraordinarias y aumento en los impuestos; en el otro (…), si no pagaba veinte liras cada año, no le permitirían seguir vendiendo sus hierbas” (139).

Pietrino quiere saber qué piensan los señores y el propio príncipe, dando muestras de ansiedad:

“Pero, padre, tú que vives entre la “nobleza”, dime qué piensan los “señores” de todo este jaleo. ¿Qué dice el príncipe Salina, que es tan fuerte, tan irascible, tan altivo?” (140).

Y el padre Pirrone intenta calmar esa ansiedad con un discurso que conoce muy bien, inspirado en lo que el propio don Fabrizio le ha repetido tantas veces. Pretende que sea inteligible, pero que acaba siendo una verdadera perorata para el herbolario:

“Pobrecillo, de tanto leer se ha vuelto loco” (141).

El cura, no obstante, tiene muy claro lo que ha representado la aristocracia hasta ese momento, pues no en vano lleva asistiendo espiritualmente al príncipe desde hace muchos años:

“Viven en un mundo propio, que no ha creado Dios directamente, sino ellos mismos a lo largo de muchos siglos de experiencias singulares, entre penas y alegrías muy distintas de las nuestras; tienen una memoria colectiva tan privilegiada que se inquietan o se alegran por cosas que a usted y a mí nos importan un comino pero que para ellos son fundamentales porque están relacionadas con ese patrimonio de recuerdos, esperanzas y temores propios de su clase”  (140).

Todo un canto al servilismo, que corresponde en el caso de Pierrone a un miembro del clero que ha ido secularmente de la mano del poder terrenal y en el de Pietrino a un humilde hombre de campo, dibujado por el narrador como la inocencia personificada de los súbditos:

“¡Pero entonces, padre, se irán todos al infierno!” (141).

O dicho desde otra perspectiva, la alienación ideológica de una clase supeditada secularmente a su antagónica, pero a la que no ven como tal. El narrador nos transmite que sienten el peso de los nuevos impuestos, pero no menciona el mundo de relaciones feudales en el que se mezclaban impuestos, diezmos y la gran variedad de rentas feudales que llevaban siglos pagando. Por lo demás, nada nuevo. Esa mentalidad es la que alimentó al campesinado vandeano durante la revolución francesa o al carlismo que en España campeó durante un siglo.

En todo caso, el canto a la clase aristocrática la completa Lampedusa con estas palabras del padre Pirrone:

“Pues bien, ¿no le parece a usted que esa humanidad que sólo se preocupa por las camisas o por el protocolo es una humanidad feliz y, por tanto, superior?” (141).

Todo acabó siendo igual

Cuando se produce la muerte del príncipe don Fabrizio el narrador no duda decir, a modo de corolario, que

“el último Salina era él, el escuálido gigante que en aquel momento estaba agonizando en el balcón de un hotel. Porque un linaje noble sólo existe mientras perduran las tradiciones, mientras se mantienen vivos los recuerdos; y él era el único que tenía recuerdos originales, distintos de los que se conservaban en otras familias” (176).

Y como toda novela que se ajusta a una estructura al uso del planteamiento, trama y desenlace, una vez muerto también Tancredi, las dos mujeres por las que optó se convierten en el centro de la narración. Una, Angelica, con la serenidad que le da el paso de los años, es consciente del papel que le tocó jugar dentro de un matrimonio sin amor y por intereses. Típicamente burgués, pero en nada diferente del de la nobleza, pese a los intentos reiterados del narrador por presentarlos como distintos. La otra mujer, Concetta, ya conocedora del desgraciado malentendido que la llevó a rechazar el matrimonio con su primo. Y, ante todo, las dos, cómplices a través de uno de los sobrinos, Fabrizietto, que habría de desfilar por las calles de Salina en honor de los héroes de la nueva Italia:

“Un Salina rendirá homenaje a Garibaldi: una fusión entre la vieja y la nueva Sicilia” (189).

La alianza entre la nobleza y la burguesía, por fin, sellada. Y como símbolo, el más popular de los héroes de la unificación italiana. El mismo al que utilizaron al principio para extender la revolución frente al antiguo régimen y al que después abandonaron para hacerla a la medida de la nueva clase. En fin, que todo cambiara para que todo acabara siendo igual.


* G. Tomasi di Lampedusa (1999). El Gatopardo. Madrid, Unidad Editorial.

El abusón que acabó en el suelo

Tenía once años cuando llegué al nuevo colegio. Un crío, como todos los que empezábamos la aventura de cursar primero de bachillerato elemental. En el patio nos juntábamos dos veces al día -por la mañana y por tarde- chavales de edades diferentes, que podían ir de los diez a los quince años. Pronto descubrí que, entre tanta gente, había quien estaba dispuesto a amargarnos la existencia, aprovechando tener algún año más. Una tarde, mientras jugábamos en el espacio que habíamos ocupado en el patio central, apareció él, acompañado de varios compinches de pacotilla, y, ni corto ni perezoso, cogió nuestra pelota y la lanzó al aire lo más alta que pudo. Todo un alarde de chulería que buscaba dejarnos ver quién era el dueño de la situación. Mi reacción instintiva, pero llena de rabia, fue inmediata. Me dirigí a Nacho, que era como se llamaba el muchacho en cuestión, y, haciendo gala de una rara, pero efectiva, habilidad que tenía, lo derribé e inmovilicé en el suelo. El tipo y sus compinches se quedaron de piedra por lo ocurrido y mis compañeros de curso se maravillaron por lo que consideraron una hazaña. Enseguida se corrió la voz con un "ha podido a Nacho". El verbo poder tenía un significado muy concreto en nuestra jerga de la calle. Marcaba el nivel alcanzado en el juego de fuerzas que se liberaban en el día a día y, a la vez, el limite que tenía quien quería alterarlo. Después de lo ocurrido aquel día, nunca más volvió a intentarlo. Sólo, de vez en cuando, pude sentir su mirada que se cruzaba con la mía. Sus ínfulas quedaron aplacadas, aunque siempre mantuvo un temperamento entre inquieto y agresivo. A ese tipo de chavales les teníamos puesto el apelativo de abusones. Nunca los he soportado. Ni de niño, cuando resultaba normal tener que sufrir los embates de quienes se sentían superiores haciendo valer su fuerza bruta, ni ya de mayor, cuando he ido descubriendo muchas otras formas de violencia. Cuando dejé el colegio nunca más volví a verlo y saber de él. Cuarenta años después, en un casual de la vida, he sabido que se dedica al mundo de los negocios. Parece que la vida le ha ido sobre ruedas. Quizás como lo hacía cuando se deslizaba con su stick disputando la pelota.      

jueves, 14 de febrero de 2013

Arturo, el emprendedor

Estoy harto de los llamados emprendedores y su femenino. Llevamos años oyendo o leyendo la palabra, repetida hasta la saciedad y convertida en determinados ámbitos de la sociedad como parte incorporada del acervo económico. Es una de las preferidas por la derecha política y las pseudoizquierda. El mundo empresarial la utiliza de una forma permanente y los medios de comunicación, conservadores en su mayoría, la proyectan sobre nuestras mentes para "naturalizarla" en nuestro lenguaje cotidiano. En el  mundo universitario se ha incorporado por importantes sectores del profesorado como parte sustancial de su corpus académico. De su seno salen cada año hornadas de estudiantes con el título bajo el brazo con la intención de hacer realidad el sueño del emprendimiento, es decir, la ilusión de conseguir el éxito profesional en forma de aventura hacia la riqueza.    

Dentro del vocabulario utilizado por los primigenios economistas liberales ya se encontraba la palabra susodicha, una traducción al castellano del vocablo francés entrepeneur, que acabó asumido como un galicismo en el idioma inglés. Lo que inicialmente sirvió para designar a la persona que asumía riesgos en los negocios, fue desarrollado en la primera mitad del siglo XX por Joseph Schumpeter, un economista de origen moravo (cuando todavía existía el imperio austro-húngaro) que acabó nacionalizándose estadounidense. Para él el espíritu emprendedor era la forma de plasmar la práctica más eficiente en el libre juego del mercado, donde la audacia y la innovación técnica habrían de ser los resortes principales del crecimiento económico. El éxito le llegó post mortem, cuando a finales de los 70 empezaron a implementarse las políticas neoliberales que hoy campan irrespetuosamente por todo el mundo de la mano de quienes detentan el poder real y de quienes lo ejercen en su nombre. Y detrás, toda una tropa de emprendedores, emprendedoras y aspirantes a serlo, que se creen estar construyendo el camino de la felicidad. 

Y de la más que numerosa pléyade de gente que se dice emprendedora van saliendo personajes de postín que van cayendo por su propia inercia. Si ayer fue Gerardo Díaz Ferrán, expresidente de le CEOE, ahora parece que le toca el turno a Arturo Fernández, vicepresidente y a la vez presidente de la patronal madrileña. El pajarraco, beneficiario de sustanciosas concesiones públicas en el mundo de la hostelería,  ha sido cogido, no sé si in fraganti, pagando en negro y en barato a sus trabajadores y trabajadoras. Una fórmula muy extendida que, además, se acompaña con el dicho de "si lo quieres, lo tomas y si no, lo dejas". Hace unos días había lanzado una frase antológica cuando se refirió al "emprendimiento como opción de futuro, como salida a la crisis". Pues nada, mientras pueda, que se dedique a la reflexión, que es lo que se le ha ocurrido decir después de que se haya destapado el escándalo. 

lunes, 11 de febrero de 2013

Málaga arada por la muerte y perseguida entre los precipicios

El año pasado escuché por primera vez la expresión "espantá de Málaga" para referirse a la huida y masacre de la población civil tras la ocupación de la ciudad por las tropas sublevadas a principios de febrero de 1937. La hizo un alumno, que me propuso ese tema como un trabajo de clase. La llegada de las tropas sublevadas, ayudadas decisivamente por las milicias fascistas y la aviación italianas, provocó tal pánico entre la población de la capital malagueña, lo que originó una huida masiva de decenas de miles de personas -hay fuentes que se acercan a 150.000- por la carretera de Almería. En el camino fueron quedando varias miles ametralladas y bombardeadas con ferocidad y sin piedad desde mar y aire. Un horror sobre otro (Barranquero, 1994 y 2011; Beevor, 2055; Nadal, 1985; Prieto, 2011). 

No huían por capricho. Quienes se quedaron en la ciudad hubieron de sufrir la represión más feroz. Peor que en Sevilla, que en Badajoz... Miles y miles. LAsociación contra el Silencio y el Olvido por la Recuperación de la Memoria Histórica ha documentado la existencia de 4.471 personas fusiladas sólo en el cementerio de San Rafael de la capital (Fernández, 2012: 197-198). Para la provincia se habla de muchas más. ¿16.952, como apuntó en 1944 el que fuera cónsul británico en la ciudad durante la guerra? (Beevor, 2005: 57). Hubo quien desde su puesto de fiscal militar empezó a sentar las bases de su ascenso en el escalafón del régimen, como fue el caso de Carlos Arias Navarro, apodado el "carnicerito de Málaga", que llegó a ser jefe de gobierno entre 1974 y 1976.

Norman Bethuen, un médico canadiense que fue testigo de lo ocurrido mientras atendía a las víctimas, escribió ese mismo año The crimen on the road Malaga-Almeria, narrative with graphics documentes revealing facist cruelts. El horror que vieron su ojos le llevó a escribir cosas como ésta: "Miles de niños, contamos unos cinco mil de menos de diez años, y al menos mil de ellos iban descalzos y muchos de ellos cubiertos con una sola prenda" (Nadal, 1985: 461). 

El mundo de literatura no se olvidó de lo que ocurrió en Málaga. El poeta malagueño Emilio Prados ("Ay dolor, dolor del viento, / dolor del cielo y del agua, / dolor de espigas tronchadas!"), el peruano César Vallejo ("¡Málaga, que estoy llorando. / ¡Málaga, que lloro y lloro!") o el chileno Pablo Neruda, que en su España en el corazón (2004: 46), publicada en 1938, decía:

Málaga arada por la muerte
y perseguida entre los precipicios
hasta que las enloquecidas madres
azotaban la piedra con sus recién nacidos.
Furor, vuelo de luto
y muerte y cólera,
hasta que ya las lágrimas y el duelo reunidos,
hasta que las palabras y el desmayo y la ira
que son sino un montón de huesos en un camino
y una piedra enterrada por el polvo.

Fue la muerte. Que sigue presente.


Bibliografía de referencia

Barranquero, Encarnación (1994). Málaga entre la guerra y la posguerra. El franquismo. Málaga, Arguval.
Barranquero, Encarnación (2011). "Fuera del reino de la cordura... Represión en Málaga, 1937-1939", en La represión franquista en Andalucía, edició extraordinària de Memòria antifranquista del Baix Llobregat, n. 7, http://www.memoria-antifranquista.com/biblio/MAF11.pdf. Cornella de Llobregat. 
Beevor, Antony (2005). La guerra civil en española. Barcelona, Crítica.
Fernández, Andrés (2012). "Los trabajos en las fosas comunes del cementerio de San Rafael (Málaga): metodología arqueológica y fuentes documentales", en Revista Andaluza de Archivos, n. 5, enero-junio, http://www.todoslosnombres.org/php/verArchivo.php?id=6274.
Nadal, Antonio (1985). Guerra Civil en Málaga. Málaga, Arguval.
Neruda, Pablo (2004). Poema "Tierras ofendida", en España en el corazón. Edición facsímil, Sevilla, Renacimiento.
Prieto, Lucía (2011). "Málaga 1937. El año de Némesis", en La represión franquista en Andalucía, edició extraordinària de Memòria antifranquista del Baix Llobregat, n. 7, http://www.memoria-antifranquista.com/biblio/MAF11.pdf. Cornella de Llobregat.  

domingo, 10 de febrero de 2013

Ocho historias interpretadas con humor y amor

De nuevo han vuelto. El viernes pasado y, por supuesto, en Vejer, en el teatro municipal San Francisco. Esta vez como Grupo Independiente de Teatro "Posteatro" y con una obra de José Luis Alonso de Santos. Montse, Juanjo, Pili, Azu y -como novedad- Gabriel se han lanzado a representar una adaptación de Cuadros de amor y humor al fresco (2006), de la que han seleccionado 8 del total de 30 que contiene la obra. En el título que han puesto, Humoradas de amor, han hecho uso de una palabra muy del gusto de Alonso de Santos -humorada-, que busca ser su versión personal del teatro del absurdo, bastante cultivado en nuestro país en autores como Miguel Miura o Enrique Jardiel Poncela. No obstante, en Alonso de Santos hay -para mí- una diferencia y es su mayor sentido crítico, más real, menos ficticio, más corrosivo, más profundo. A principios de los 80 pude ver de él Del laberinto al 30 -cuyo título no recordaba, pero que la red me ha ayudado a rescatar-, aunque su fama la ha ganado a través de dos obras llevadas al cine: La estanquera de Vallecas y Bajando al moro. 

La puesta en escena de G.I.T. "Posteatro" resultó muy interesante y original. Un escenario sencillo con varios objetos a los que dotaron de una gran versatilidad. Una música muy apropiada, desde la propia del cine mudo que se repetía entre cuadro y cuadro hasta la que ponía fin a cada historia. Y el nexo común de las ocho historias, ante todo, las relaciones entre los sexos. Con humor, con amor, pero también dejando paso a la reflexión. 

¿Qué vimos? Pues, en primer lugar, dos monólogos: el triste "Lapislázuli" que interpretó Azu y que nos trajo el recuerdo de la real Beatrichi barbateña; y el simpático "Bocadillo de higadillos", con un Juanjo provocador de una permanente hilaridad. También cinco diálogos a dúo: la ingenuidad de dos aspirantes a artistas en "Profesionales" (Juanjo y Montse); un retrato crudo de la lucha por la supervivencia de dos mujeres, en "Entre rejas" (Pili y Azu); la mezcla de recuerdos e ilusiones tan distantes de dos vejetes, en "Aguda espina dorada" (Montse y Pili); la inocente rivalidad entre dos enfermas, en  "Buenos días, señor doctor" (Juanjo y Azu); y la sátira del psicoanálisis, en "Complejo de mucha castración" (Montse y Pili). Y por último -que en realidad fue el primer cuadro representado- "Una cuestión de honor", con Gabriel, Juanjo y Montse poniendo en solfa el tema clásico del honor.    


sábado, 9 de febrero de 2013

Casas Viejas, Jerome Mintz, el tiempo, la memoria...

He asistido esta mañana a un acto bonito y emotivo -gracias a la familia de Francisco Estudillo por la invitación- que estaba relacionado con los sucesos de Casas Viejas de enero de 1933. Más exactamente la matanza que hubo entre los días 10 y 12 de enero de 1933: "Diecinueve hombres, dos mujeres y un niño murieron. Tres guardias corrieron la misma suerte. (...) Decenas de campesinos fueron arrestados y torturados" (Casanova, 1996: 113). 

Existe en ese pueblo, llamado actualmente Benalup-Casas Viejas, una asociación que lleva el nombre del antropólogo estadounidense Jerome Mintz. Hoy ha entregado "las gorras de Mintz" -que no son otra cosa que las gorras jornaleras- a cinco familiares de otros tantos protagonistas de los sucesos: José Monroy, Pepe Pilar, Andrés Candón, Francisco Estudillo y Pepe Pareja. En ese acto también se ha hecho público que la Casa de la Cultura del pueblo va a llevar el nombre de Jerome Mintz. Poco después se inauguró una exposición de fotografías suyas, titulada "Los niños hombres".

Ha habido hoy dos protagonistas: el campesinado andaluz sufriente y Jerome Mintz. El campesinado que se rebeló contra la injusticia y que pagó cara su osadía. Por ello recibió plomo y fuego, y, quizás lo peor, fue condenado al silencio. Y fue el antropólogo estadounidense quien contribuyó a sacarlo de ese silencio, dando voz a sobrevivientes, a descendientes... y visibilizando su miseria, pero también su dignidad. Sus estancias en el pueblo gaditano en los todavía difíciles años 60 le permitieron llevar a cabo un trabajo de campo donde reunió testimonios y sentimientos. A sus habitantes se lo agradeció: "ellos fueron mis maestros: valientes, generosos y francos" (Mintz, 1999: p. 19). El fruto, su obra  Los anarquistas de Casas Viejas. Editada en 1982 en EEUU, hubo de esperar más de una década a que se hiciera en España por la Diputación de Cádiz.  

Y se han dicho palabras bonitas. A Carla Mintz -hija de Jerome- le hubiera gustado que su padre estuviera enterrado en algún lugar, pero considera que "este edificio es mucho mejor, porque celebra su vida y no la muerte". Una nieta de Pepe Pareja, a quien calificó de "un poco filósofo", transmitió algo que oyó en casa parecido a esto: "la verdad es sencilla, clara, pura; la mentira se adorna". Salustiano Gutiérrez, historiador y profesor en el instituto del pueblo, fue rotundo cuando marcó el objetivo del acto y tantos otros: "recuperar la dignidad". Y hasta la comparsa Los americanos, que dedicó al propio Mintz una de sus canciones, nos recordó que "estamos hechos de tiempo".


Obras referidas

Casanova, Julián  (1996). De la calle al frente. El anarcosindicalismo en España (1931-1939). Barcelona, Crítica.
Mintz, Jerome (1999). Los anarquistas de Casas Viejas. Granada, Diputación de Granada / Diputación de Cádiz.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Desahucios, parlamento e iniciativa popular


Las distintas plataformas ciudadanas que están luchando contra los desahucios acaban de presentar las aproximadamente 750.000 firmas que han recogido para poder ser tramitada como una proposición de ley dentro de la conocida como iniciativa legislativa popular. Los aspectos concretos que quieren que se discutan son los relativos a la dación en pago, la paralización de los desahucios y el alquiler social. El PP, sin embargo, ya ha adelantado que rechazará su admisión a trámite.

El artículo 87.3 de la Constitución de 1978 reconoce la iniciativa popular para la presentación de proposiciones de ley, independientemente de los conductos que le corresponden normalmente al gobierno y cualquiera de las dos cámaras parlamentarias. En dicho artículo se establece que su desarrollo debe hacerse mediante una ley orgánica, a la vez del requisito de recoger al menos 500.000 firmas acreditadas. También se establecen los límites, que se refieren a los asuntos relativos a leyes orgánicas, tributarias o de carácter internacional. La ley orgánica que acabó regulando la iniciativa popular tardó en aprobarse algo más de cinco años, más concretamente el 26 de marzo de 1984. Su contenido resultó bastante restringido. En su artículo 13 se establece que la tramitación parlamentaria se regulará en los respectivos reglamentos del Congreso y del Senado, lo que se ha traducido en que la aceptación para ser tramitada depende en exclusiva de una de las dos cámaras de las Cortes.

En la práctica no se ha admitido ninguna de las 92 iniciativas presentadas hasta ahora. Tres de ellas se hicieron antes de la aprobación de la citada ley orgánica, pero el resto no ha tenido éxito. Varias han sido las razones, siendo la mayoría que no se llegó a reunir el número de firmas suficientes. Pero el resto, hasta diez que   consiguieron reunirlas, no pudieron ser admitidas a trámite en las mesas de las cámaras.

El peso de la mayoría parlamentaria ha resultado decisivo, pero no siempre fue así.  La primera iniciativa que reunió las firmas suficientes, 600.000 concretamente, fue la relativa a la financiación del sistema educativo. Fue el año que el PP ganó sus primeras elecciones, aunque en minoría, pero no le faltó el apoyo del PSOE para rechazar la admisión a trámite de la iniciativa que había presentado CCOO. Cuatro años después IU promovió otra relativa a la modificación de la jornada laboral, para rebajarla a 35 horas semanales. Y de nuevo fue el rodillo del PP-PSOE y adláteres quien la echó abajo. Eran los años en que el PSOE, con el apoyo mediático del grupo PRISA y la complicidad de las cúpulas sindicales de CCOO y UGT, utilizaban aquello de la pinza, queriendo hacer ver una complicidad, que no existía en la realidad, entre PP e IU. 

Diversas iniciativas se fueron presentando en los años siguientes. Algunas, desde ámbitos conservadores, como una del Foro de la Familia en 2004 sobre el matrimonio y la adopción, y otra de 2011 relativa a declarar la fiesta de los toros como bien de interés cultural.

La última es la referida al principio de este escrito sobre los desahucios presentarse y ya sabemos cuál va a ser su destino. Por lo que se está comprobando, lo que la Constitución de 1978 establece relativo a la participación directa de la población en los asuntos legislativos no es más que papel mojado. Todo depende de quienes controlan las cámaras. Y a eso lo llaman democracia.

Trinidad Gallego


Tenían casualmente los mismos apellidos. Trinidad nació en el sótano de un edificio de uno de los barrios más distinguidos de la capital. Era el lugar que se reservaba a la portera, que lo era su abuela. Cuando podían le echaban una mano su madre, que era modista, y su tía, que servía en las casas. Lo del padre fue una cosa diferente. Guardia civil desde joven, huyó del hogar cuando, comprometido con la causa anarquista, participó en un atentado contra el monarca, que en aquel entonces era Alfonso XIII. Una historia real que puede parecer rocambolesca. Al decir de la hija, ya con el paso de los años, fue un pobre hombre que nunca cumplió como debía ni como guardia civil ni como anarquista.

“Yo soy lo que soy gracias a mi abuela”, repitió muchas veces y por eso Trinidad tuvo el empuje de estudiar. Tras la escuela vino el trabajo, ayudando a su abuela en las múltiples tareas de la portería y sirviendo en varias casas. Fue así como se pudo ir pagándose los estudios de taquigrafía, mecanografía y francés. Luego se orientó hacia lo que le gustaba o, al menos, hacia el camino que más se le aproximaba: primero, como enfermera; después, como practicante; y finalmente, como matrona.   

Nunca perdió la conciencia de su origen y, en medio de la efervescencia política que se vivía en los años treinta, dio el paso de afiliarse al partido comunista, lo que ocurrió un año antes de que empezase la guerra. Desde julio de 1936 aportó su esfuerzo desde lo que mejor sabía hacer, por lo que se sumó con entusiasmo a la atención sanitaria de quienes más sufrían los rigores de la violencia. Fue de esa manera como conoció a su primer amor, que fue el que le quedó marcado de por vida.

Se llamaba Antonio y había nacido en otro de los edificios el mismo barrio, aunque no en el sótano, como Trinidad, sino en los pisos de arriba. Pertenecía a una familia de bien y de orden. Era estudiante de medicina cuando empezó la guerra, razón por la que también se dedicó a las tareas sanitarias. Trinidad lo llamaba cariñosamente el casi médico, porque la guerra cortó su carrera cuando apenas le quedaba un año para concluirla. Que no fuera comunista y que proviniera de un medio social tan dispar no fueron obstáculos para que Trinidad se enamorara desde el primer momento de su casi médico. Las circunstancias de la guerra habían derribado muchas barreras formadas desde tiempo atrás y ésa parecía una de ellas.

El fin de la guerra marcó los destinos de ambos. Para ella supuso la derrota. ¿Y para él? Pudo regresar a sus orígenes y acabar, por fin, sus estudios. Luego empezó a trabajar en un laboratorio farmacéutico y finalmente inició una carrera médica que le llevó a la cumbre del éxito académico y económico. Trinidad, por su parte, inició un peregrinaje por comisarías, juzgados, cárceles y destierros que duró varios años, soportando penas, amenazas y miserias. En un momento casi fugaz de ese trasiego continuo de situaciones fue cuando se vieron por última vez en muchos años. Fue en los aledaños del tribunal militar donde acababan de condenarla a doce años y un día, cuando Antonio logró acercarse a Trinidad, esposada y camino de la cárcel. Apenas pudieron decirse nada. 

Con el paso del tiempo cada cual fue labrando su camino. Trinidad pudo rehacer su vida, ya lejos de la capital, en la otra gran ciudad del país. Siguió trabajando como enfermera y matrona, pero a la vez pagó cara su condición de mujer y comunista. Pese a ello nunca perdió su orgullo ni su sentido altruista. Tampoco borró del todo el afecto que sintió por Antonio y quizás por eso siempre supo, o se preocupó por saber, algo de lo que le iba ocurriendo. En cierta ocasión, ya en la vejez, Trinidad lo llamó para encontrarse. Y en esa etapa de la vida, cuando los corazones se sienten templados por el camino recorrido, Antonio tuvo el atrevimiento de confesarle cosas que ella ignoraba. Supo, así, del plagio de su tesis doctoral o del acceso a la cátedra universitaria gracias a las influencias de su hermano. Supo también de su matrimonio camandulero, de una familia apenas inexistente y hasta de las amantes que nunca le faltaron ni siquiera en la vejez. Trinidad acabó tomando conciencia de que la vida de quien tanto amó se había ido construyendo en buena medida sobre una gran mentira, sin que le faltara la comodidad de tener siempre a su lado quienes le sacaran las castañas del fuego, desde las más cotidianas, que corrieron a cargo de mujeres, hasta  las que le dieron relumbre público. Cosas  suficientes para certificar la enorme distancia que les separaba. 

(Trinidad murió en noviembre de 2011. Mi deuda sobre todo con Llum Quiñonero, autora del libro Nosotras perdimos la paz [Madrid, Foca, 2005], donde se encuentra el capítulo "Trinidad Gallego". También, con el reportaje que El Mundo publicó en 2006 ["La guerra civil, 70 años después"]. Antonio Gallego falleció en 1992 y de él puede leerse también el obituario que publicó El País con el título "Antonio Gallego, un científico innovador"). 

Plagiar

Acabo de leer que la ministra alemana de Educación, Annette Schaven, perteneciente a la CDU (democristiano) ha perdido su título de doctora por un plagio realizado hace nada menos que 33 años. Dos años antes le ocurrió algo parecido a su correligionario del partido hermano bávaro CSU Karl-Theodor zu Guttenberg, que además se vio obligado a dimitir como ministro de Defensa. También tuvo que hacerlo por la misma razón en abril del año pasado el presidente de Hungría, Pál Schmitt, miembro del partido conservador Fidezs. A finales del mismo año se supo que Zsolt Semjen, antiguo ministro húngaro y miembro del KDNP (democristiano), había sido despojado del título también por plagio. Silvana Koch-Mehrin, diputada alemana del FDP (liberal) y que llegó a ser vicepresidenta del Parlamento Europeo, está inmersa en una investigación académica al ser acusada de lo mismo. Como Victor Ponta, primer ministro rumano y socialdemócrata, desde el verano pasado. Unos años atrás, a finales de los 90, Sandra Correa, del  MIRA (conservador), fue despojada de su título por plagio siendo ministra de Educación. Plagio, copia, atajo, trampa, falta de escrúpulos...

domingo, 3 de febrero de 2013

Cambios, un cuento sobre China de Mo Yan

He leído hace unas semanas Cambios (2012, Barcelona, Seix Barral) la última obra del escrito chino Mo Yan, galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Se trata de un libro breve y de prosa sencilla. Una brevedad que considero sintética y una sencillez que atisbo rica. Un cuento, quizás. Sólo he leído de este escrito chino esta obra y ni siquiera he visto la adaptación al cine que se hizo de Sorgo rojo. Mon Yan no es un nombre real -se llama Guan Moye-, sino un pseudónimo, que se puede traducir como No Hables. Se ha escrito algo - o bastante, no sé- sobre el porqué, pero él mismo se ha referido a dos circunstancias que le llevaron a hacerlo: sus problemas con el lenguaje hasta los cinco años y las recomendaciones que su padre le dio durante los años de la Revolución Cultural para que no hablara más de lo necesario. Cuando finalmente decidió firmar con pseudónimo, lo hizo por interés "por las palabras verdaderas y no la palabrería" (leer entrevista en El Periódico).

Cambios es una novela con una fuerte carga autobiográfica, que abarca las algo más de cuatro décadas que transcurren desde su adolescencia, a finales de los sesenta, y la actualidad. Tres son los protagonistas principales, dos muchachos y una muchacha que coincidieron en el colegio durante la infancia y primera adolescencia, que iniciaron después caminos diferentes y que acabaron reencontrándose en la madurez. El narrador, el propio Mo, es uno de los protagonistas. Se trata de un muchacho tímido y con un origen social -digamos que pequeño-burgués- que le dificulta la promoción social en el  contexto de fuerte lucha de clases que se vive en China durante la Revolución Cultural. He Zhiwu es el compañero que mezcla el atrevimiento, la rebelde y hasta la estridencia, lo que le confiere un gran prestigio entre buena parte de la clase, no así entre los profesores. Lu Wenli, por último, es la muchacha soñada por los dos, al aunar belleza, inteligencia, la excelencia deportiva en la práctica del ping pong y, ante todo, que su padre sea el conductor de un Gaz 51.

Dentro del marco trazado como un friso temporal donde se suceden situaciones cambiantes en lo personal y en lo colectivo, me ha llamado la atención el papel que juega el Gaz 51. Para mí, la metáfora del primer intento de modernización que en China se inició tras el triunfo revolucionario de 1949. La del país que se adentró en la senda del socialismo -o comunismo, es lo mismo- y que durante años tuvo como referente a la URSS, el pionero y modelo a imitar en lo social y político. Y el Gaz 51 es lo que mejor lo representa, al menos para unos niños que ven en ese mastodonte de cuatro ruedas el símbolo de la modernidad en medio de una China rural que arrastra el peso milenario del atraso y tiene ante sí el reto de un futuro esperanzador. Un camión que, como el propio Mo Yan acaba experimentando en su viaje a Pekín como soldado del Ejército de Liberación Nacional, tiene enormes defectos que lo convierten en inservible. La misma sensación que conoce su amigo He Zhiwu , quien, después de pagar un precio desorbitado por el camión que conducía el padre de Lu Wenli, acaba encerrándolo en el patio de la casa de su padre.

Al margen de los recorridos biográficos de cada cual, al final se  presentan tres situaciones muy distintas. He Zhiwu es el prototipo de persona que se ha adaptado mejor a los cambios vividos en China tras la muerte de Mao y que supusieron el tránsito vertiginoso hacia la modernización económica y el capitalismo. Es el hombre que, desarrollando el atrevimiento que ya mostró desde niño, no le han faltado escrúpulos para buscar donde sea los resortes necesarios para enriquecerse. Y con ello, conseguir todo lo que pretende con un lema rotundo: "Es verdad, el dinero no lo puede todo (...), pero el que no tiene dinero no puede nada". De esa forma, en dos ocasiones diferentes, intenta conquistar a Lu Wenli, de la que sigue enamorada, fracasando.

Lu aparece como la gran perdedora. Sobre todo en el terreno personal. Ha fracasado en sus dos matrimonios. Y ha rechazado incluso la propuesta de He para convertirse en su amante. Con el fin de ayudar a su hija, se obligada a recurrir a Mo, escritor consagrado, para recomendarla en un concurso artístico. Aunque no hubo necesidad de que Mo influyera en la decisión, pues ya ha sido reconocida por el jurado por sus propios méritos, parece que el autor deja entrever una especie de volver a empezar cuando pone en boca de su trasunto: "tu hija lo tiene todo". Como lo tenía -o parecía tener- Lu en su juventud.

¿Y Mo? Aparece en la novela como la representación del equilibrio. Acaba triunfando en su carrera, la soñada de escritor, tras un recorrido arduo, pero dentro del contorno marcado en el sistema donde vive. Es a través del Ejército de Liberación Nacional, como ya su padre le recomendara que hiciera de niño, como puede romper las barreras que tenía interpuestas por su condición social. Lo hace sin caer en las formas, los fines y, si se quiere, el elevado nivel de corrupción que alcanza su amigo He, a quien al final opta por dejarlo: "Estuve dudando, pero al final puse un excusa para no ir". Lo hace pese a haber sido su héroe en la niñez y adolescencia, e incluso el nexo de unión entre el pasado y el presente cuando ya de mayores entablan cierta relación. Un equilibrio que tiene el suficiente grado de imperfección que puede parecer un guiño a la debilidad humana. Es lo que ocurre cuando acepta de Lu Wenli los diez mil yuanes que le entrega para invitar a los miembros del jurado

China ha cambiado mucho en las últimas décadas. En su seno están en ebullición numerosos ingredientes, que hacen que sea una realidad muy compleja. Mo Yan nos ha ofrecido su visión. Con maestría. Quizás como un cuento.