domingo, 10 de marzo de 2019

Tejido entre las hojas























Ayer estuve en el pinar de la Breña. En el pequeño pulmón natural de un municipio donde hay gente, demasiada, que le da la espalda y, lo que es peor, lo ve como una rémora. Siento decirlo, pero es así. Un espacio bello y lleno de vida. Surgido, como en tantos otros lugares de la costa gaditana, hace algo más de un siglo con la finalidad de frenar el avance de las dunas y proteger los campos cultivados o dedicados a la ganadería. Y conformado mediante la repoblación de una especie, el pino piñonero, capaz de adaptarse a los suelos y el clima del rincón suroeste peninsular. Pese a que buena parte de este cordón verde ha ido sufriendo los embates de la especulación urbanística, nuestro pinar ha resistido. Hasta el punto que ganó hace unos la categoría de parque natural, en el que se incluyen los acantilados y las especies marinas que habitan en las proximidades, y las marismas del río Barbate, el mismo que da nombre al municipio. Pasear por él es una delicia. Sobre todo en las estaciones que no son la calurosa del estío. Bien es verdad que la falta de lluvias lo tiene apagado en sus colores. No ha alcanzado la intensidad de su verdor, mientras se rezagan los colores vivos de sus flores primaverales. Ayer, junto a los tímidos asomos de éstas, estuve fijándome más en los extremos de las plantas. Algo raro, quizás, pero motivo  suficiente para acumular una colección de fotografías entre curiosas y resultonas. Una de ellas es la que aparece en esta entrada. Un contraste de colores entre lo amarillento y rojizo que refleja la resistencia de la estación que fenece y la verdosidad dominante del entorno. Y entre sus hojas, el tejido tenue de los arácnidos. Simple, pero bello.