viernes, 1 de diciembre de 2017

Vida en la oscuridad





































Podrían ser las nueve y media de la noche. Menos papá y mamá, que solían hacerlo antes, estábamos cenando mi hermano, mi hermana y yo mientras veíamos el telediario. Se oyó el timbre de la puerta y de inmediato sentimos cierto encogimiento, a la vez que nos miramos fugazmente, quizás buscando información por lo que pudiera ocurrir. No sé qué pasó por la cabeza del resto, pero estoy seguro que pesaba el recuerdo de no hacía tres meses antes, cuando de madrugada llegó la policía a casa para llevarse a mi hermano. No era normal que alguien llamase a la puerta a esas horas y menos en el invierno que acababa de llegar. Sí lo eran las llamadas telefónicas, que abundaban en mi casa a lo largo del día, incluida la noche. Pese a la brevedad de ese instante, fue mi hermana la que se levantó rauda, como solía hacerlo en casi todo, para abrir la puerta. Pronto volvió a entrar en el comedor y se dirigió a mí para decirme: “Es para ti”.

En la puerta de casa estaba ella, a la que hice pasar al despacho, que estaba situado al lado, frente al propio comedor. Sorprendido por la visita y todavía impactado por lo que pudiera haber sido, no sé si mostrando mi nerviosismo, procuré mantenerme tranquilo. Con su voz tenue y su aspecto tranquilo me habló del motivo de su visita: “Mañana va a llegar una camarada de Valladolid. Tiene problemas con la policía y va a pasar unos días aquí, aunque no se sabe cuántos. Hemos pensado que podría estar contigo en el club del barrio. Mañana mismo te avisaré para presentártela y así podréis quedar”. Apenas emití alguna palabra que no fuera el simple asentimiento a lo que me dijo. La conversación fue corta y en poco tiempo se fue.

Cuando regresé al comedor, lo primero que hizo mi padre fue preguntarme quién era. No me resultó difícil contestar, improvisando un asunto que podía ser creíble: “Era una compañera del Femenino. Ha venido por lo de las actividades culturales que organizamos entre los dos institutos”. No fue una respuesta descabellada, pues yo estaba metido en esas cosas de las actividades culturales y además de los dos institutos, el Masculino y el Femenino. Sabía también que los sábados por la mañana iba a la residencia de las monjas de la avenida a ver la películas del ciclo de cine que habíamos organizado. Lo que no era verdad era que ella se dedicase a esas actividades y fuese del grupo de cine, y menos que la razón de su visita hubiera estado relacionado con eso. Pero como se trataba de salir del paso, creo que la respuesta fue convincente y mi padre no fue más allá en sus preguntas o en mostrar su curiosidad por saber más.

Distinta fue la reacción de mi hermano, que un poco más tarde, cuando nos quedamos a solas, se puso muy serio conmigo para echarme una pequeña reprimenda: “No debía haber venido a casa y menos a esas horas”. Resultaba evidente que no fue idea mía y que fui el primer sorprendido, por lo que le contesté algo así como: “Y yo qué sé. No ha sido cosa mía”. “Pues diles que eviten venir a casa a esas horas”, me replicó.

Sé que mi hermano se encontraba todavía bajo el golpe de su detención y posterior encarcelamiento. También de su marcha de casa hacía pocos días, tras la muerte de Franco, como medida preventiva por si la policía llevaba a cabo una redada dentro de lo que se había llamado “operación Lucero”. Quería evitar también que en casa hubiera más malestar del que ya se había creado por todo eso. No dejaba de estar preocupado, aunque no tanto por lo que le ocurrió a él personalmente como por el hecho de que su libertad provisional le había costado a la familia el pago de una fianza de bastante elevada. Sé que sufría, como también lo hacia por la presión que ejercía papá para que dejara de “meterse en líos”. Era una situación dura, donde tomar una decisión era un verdadero dilema. Elegir entre el compromiso político y la familia resultaba bastante doloroso.

Al día siguiente me vi con ella durante la hora el recreo de media hora que teníamos a las once. Como los dos institutos estaban contiguos y coincidían en los horarios, era normal que nos viéramos frecuentemente, casi a diario, aunque evitando que fuera todo el tiempo. Era a la vez una medida de seguridad y una forma de  mantener relación con otra gente. Teníamos por norma vernos nada más que lo imprescindible los miembros de la célula de "la Joven" que formábamos entre los dos institutos, para así poder pasar desapercibidos. De esa manera también podíamos realizar lo que llamábamos “trabajo de masas”, que consistía en estar con la gente normal, la de la calle. Una forma de ser como ella y sentir cómo vivía, como un medio de  captación para los círculos en los que nos movíamos políticamente. Se veía mal que estuviéramos solos por nuestra cuenta, lo que no era ni útil ni seguro, excepto en lo necesario. No se veía bien tampoco estar con la gente de otros grupos políticos, en especial con la de "las Jotacé", de las que decíamos que sólo les iba lo de hablar y discutir. Era nuestra forma de actuar, coherente con las intenciones, aunque, hay que decirlo, resultaba difícil de cumplirla a rajatabla.

Conocido, pues, el lugar y la hora de la cita, que fue el mismo día, ya era de noche cuando me entrevisté con la camarada de Valladolid. El invierno hacía que las últimas horas de la tarde se cubriesen del manto de casi oscuridad en el lugar donde habíamos quedado. El tramo final de la Avenida estaba desierto y su iluminación resultaba más que tenue. En la práctica hacía de frontera, como una tierra de nadie, entre el barrio donde vivía y las barriadas contiguas algo más alejadas, ya en el extrarradio de la ciudad. Poca gente transitaba por allí, por lo que me resultó fácil localizarla. Llevaba ella el anorak corto de color azul oscuro que me habían indicado y seguramente me distinguió por mi trenca azul turquesa, muy propia esos años como indumentaria de la gente que conspiraba contra la dictadura. Su aspecto era el de una muchacha joven y estudiante. Era baja, de pelo oscuro y con una melena corta que no impedía que su pelo se erizara por los rizos no excesivamente pronunciados. Hablamos durante un rato, mientras paseábamos por esa parte de la Avenida, y acabamos conviniendo que al día siguiente la llevaría al club juvenil del barrio para presentarla a la gente. Y eso fue lo que ocurrió. Bueno, eso y que su estancia en la ciudad fue efímera. Al poco, quizás dos o tres días, desapareció, regresando a Valladolid. Eso es lo que me dijeron. No supe por qué.

(12 de mayo de 2013)