viernes, 27 de marzo de 2020

Después de clase










































Serían las 7,30 de la tarde y ya estaba en casa. Acababa de llegar de clase y las niñas me habían recibido con su natural cariño:

-¡Cuánto tiempo hace que no te vemos! –fueron sus primeras palabras.

Les agradaba verme. La mayor estaba haciendo sus deberes. Muy dócilmente realizaba la tarea lápiz en mano y con la cabeza concentrada.

-¿Me miras esto para ver si me he confundido?

Tenía algún error, como es natural, pero así se aprende. Su hermana pequeña no se separaba de mí. Quería jugar, quería distraerse. Miramos un libro de la mayor, sus dibujos, los títulos de los capítulos... El abuelo dormía en el sillón. Estaba cansado. La huella del infarto y de la aterosclerosis tenía la culpa.

-Pssss, calla, no hables alto –le decía a la pequeña, cuando levantaba la voz.

En la cocina, m
ientras tanto, la abuela hacía la cena. Con sus manos y su cariño preparaba los ricos manjares de la comida más agradable del día para mí. Y yo ya empezaba cansarme de la niña pequeña, de mirar cuentos, de darle vueltas al aire, de hacer el columpio... 


-Pareces un pulpo. ¿No me puedes dejar un poco tranquilo? –llegué a decirle pesaroso.


-¿Quieres que juguemos a estar detrás de la puerta? –me contestó alegremente, igual que me podía haber dicho cualquier otra cosa, manifestando sus deseos de seguir jugando.

El abuelo, dormido; su hermana mayor, haciendo la tarea; la abuela, haciendo la cena... Cada cual con su cosa. Y yo, medio mareado por el tormento -¡qué barbaridad que una niña puede atormentar a un hombre! Pero la pequeña seguía inquieta. Sin poder hacer nada, sin poder hablar, sin poder jugar, con una hermana ocupada... ¿qué podía hacer la pobre niña de pantalón azul con tirantas del mismo color?

-¿Quieres que juguemos a estar callados? -me dijo ilusionada.

Pero en seguida cambió de opinión. Y no sin razón. Porque se había dado cuenta que con eso se estaba condenando al silencio. Y es que una niña, en este caso, nunca puede callarse y menos se le puede mandar callar.

(1979).