martes, 6 de agosto de 2019

Fue una madrugada de agosto...



















Fue una madrugada 
de agosto 
cuando el aire se convirtió en fuego
para llevarse las últimas sonrisas
y transformarlas en la muerte.
Puede que sólo la Luna, silenciosa, 
presenciara la escena,
mientras las estrellas se daban la vuelta 
para irse  a dormir. 
Y que el ruido de los disparos, 
antes de acabar perdiéndose en la lejanía,
se incrustara en los oídos aterrados de la gente.
Y que el muro se sintiera impotente 
para sostener los cuerpos ensangrentados
que iban cayendo inertes sobre el suelo.
"Que mi voz no se borre en la historia",
había dejado escrito poco antes Julia,
y cada año su nombre y el de las otras doce rosas
renacen en los corazones 
de quienes quieren que se cumplan sus palabras.
Quisieron destruir trece rosas,
rojas como sus corazones,
pero no han impedido que sigamos recordándolas.