miércoles, 15 de julio de 2009

Un poema para Matilde Urrutia









Hace no mucho Sirio entró en mi jardín.
No lo conocía -¡ay de mí y de mi ignorancia!
Su belleza me acercó al otro lado del hemisferio
y por ser tu estrella, quería ir al otro lado del océano
y atravesar las altas montañas que vertebran lo tuyo.
Sirio iba a ser el nexo de unión contigo y con los tuyos.
Y lo será, a pesar de todo.
Aunque Matilde entristeciera nuestro encuentro.
Su muerte, que también es tuya,
ha compungido mi ánimo.
Conozco sus últimas palabras,
sus entrañables, sinceras y bellas palabras
y las comprendo y hasta las comparto,
pero es que la muerte me abruma,
como me abrumó la tuya
y como nos abrumó a todos.
Tendré que hacerme a la idea.
Tendré que mirar a Sirio triste,
con las lágrimas en los ojos
y con mi abrigo y mi bufanda.
Poco a poco el tiempo tornará estos momentos
y convertirá su muerte en resurrección,
como pasó en la tuya y en todas las dignas.
No deben extrañar mis palabras,
llenas de un fuerte licor pagano,
porque hay muertes que avivan el fuego de la vida.

(Enero de 1985)