martes, 6 de febrero de 2018

Siguen sin esclarecerse las muertes de El Tarajal, mientras la justicia mira para otro lado

Hace cuatro años pudimos ver unas imágenes espeluznantes ocurridas en la frontera hispano-marroquí de El Tarajal, en Ceuta. Dos centenares de inmigrantes africanos, que intentaban entrar a nado en Ceuta, fueron víctimas de los disparos con botes de humo y balas de goma que lanzaban guardias civiles. Finalmente fueron recogidos los cuerpos ahogados de 15 personas. No faltaron las "devoluciones en caliente" de quienes lograron alcanzar la playa, ignorando el derecho humanitario. No se sabe cuántas personas más pudieron perecer. De lo que las autoridades marroquíes hayan hecho, nada sabemos. Al dolor se le unió una mezcla de inacción y versiones contradictorias por parte del ministerio del Interior, que ni investigó lo ocurrido ni asumió ninguna responsabilidad; y la actuación más que dudosa de la administración justicia, que un año después decidió el archivo de las denuncias. 

Si bien el año pasado la Audiencia de Ceuta volvió a reabrir el caso, por considerar que hubo deficiencias en la investigación, hace unos días, a finales de enero de este año, una jueza de instrucción ha decidido archivarlo una vez más. Según ha escrito en el auto, "de lo actuado, no aparece debidamente justificada la perpetración de los diferentes delitos que han dado motivo a la formación de la causa". Incluso, tal como ha informado eldiario.es, ha declinado llamar a testigos por no estar residiendo legalmente en España. Se exculpa de esta manera a los 16 guardias civiles involucrados.

La indignación ha vuelto a estallar. Hoy Público ofrece el testimonio de un superviviente de lo ocurrido. "La Guardia Civil disparaba a bocajarro", ha declarado. Aterrador. Las imágenes que se conocen, los testimonios recogidos y las investigaciones llevadas a cabo por colectivos de derechos humanos apuntan a un suceso de extrema gravedad. Para la coordinadora de barrios de la ciudad y la CEAR (Coordinadora Española de Ayuda al Refugiado) se trata de "un paso a la impunidad". Resulta evidente que existen demasiadas incógnitas para que se archive la causa.

domingo, 4 de febrero de 2018

Las denuncias de Pablo Hasel en el juicio contra él

Pablo Hasel, conocido cantante rapero, está siendo el protagonista estos días porque se ha celebrado el juicio en la Audiencia Nacional por la causa que se ha abierto contra él: enaltecimiento de terrorismo e injurias contra la Corona y el Estado. No es la primera vez que le ocurre, como tampoco es el único. Ya sabemos que en este país parece que gusta sentar en los banquillos a cantantes, tuiteros o titiriteros... que en sus letras, chistes, mensajes u obras critican al poder, la represión, la monarquía...

Las palabras que pronunció el jueves pasado Hasel durante el juicio han sido claras, directas y rotundas. Pueden escucharse en distintos medios alternativos  (por ejemplo, en Kaos en la red). La transcripción de algunos momentos de su intervención es la que sigue:

"A ver si encima yo voy a ser el culpable de que el Rey dilapide dinero público yéndose de caza por África. O que [de] sus amantes se compre su silencio con dinero público. Yo no soy el culpable de todo eso. Yo me limito a contarlo como lo han hecho tantísimos medios".

"Son hechos objetivos,  independientemente de que uno sea republicano o sea monárquico". 

Ante la pregunta de ¿la fiscal? sobre la "finalidad con esta actividad", dijo: "denunciar las injusticias. Defender unos derechos democráticos y una libertades democráticas". 

"Se me está exigiendo que yo no cuente unos hechos que están sobradamente probados. Y luego qué casualidad que los límites de la libertad de expresión siempre son para los mismos. Siempre somos antifascistas quienes somos juzgados, quienes somos perseguidos y condenados. El error para quienes quieren condenarme a prisión es que yo no sea un fascista que desee bombas a catalanes, que desee bomba a homosexuales, a inmigrantes, etcétera, etcétera. Porque si así fuera, yo hoy no estaría aquí sentado, como no están aquí sentadas todas aquellas personas que sí tienen libertad de expresión. Y al final va a parecer que sea mi culpa que se haya asesinado a inmigrantes o se haya vendido armas a Arabia Saudí, y que asesinar a inmigrantes sale gratuito y denunciar un hecho objetivo puede costarme la prisión".

jueves, 1 de febrero de 2018

Memoria y paso del tiempo entre generaciones


En 2016 Francisco Correa, cabeza de la trama Gürtel, contaba durante una sesión judicial que en 1977 había acompañado a su padre a un mitin de Dolores Ibárruri en Madrid, en el que a su progenitor se le saltaron las lágrimas de emoción. Previamente había hablado de sus orígenes familiares, como hijo de un exiliado republicano tras la Guerra Civil, y de sus andanzas laborales, en las que se inició desde niño como botones en un hotel. Me imagino que era un recurso, cargado de emociones, para remarcar dos cosas: un pasado familiar entre heroico y sufriente, y el haberse formado como un hombre hecho a sí mismo. Lo que vino después, ya lo sabemos: su ascensión a la cúspide del dinero y del prestigio en el mundo del PP, y su caída vertiginosa hasta precipitarse en la prisión.

Este verano, durante una conferencia mía en una localidad cercana, en la que trataba el tema de la represión habida tras el golpe militar de 1936, una persona del público aludió a la sorpresa que se había llevado por la mención de uno de sus abuelos, que había sufrido represalias por ser comunista. Conociendo uno a su familia en varias de sus ramas y generaciones, inmersa dentro del mundo de la derecha más rancia, no me llamó la atención tanto que desconociera lo ocurrido con su abuelo, como que lo manifestara públicamente.

Conozco otro caso cercano que en su día también me llamó atención. Fue cuando me llegó la información documental de un antiguo miembro de la CNT que en los años de postguerra se había dedicado a actividades de contrabando. Por la coincidencia del primer apellido deduje quién podía ser su hijo, también conocido en la localidad por su dedicación durante un tiempo a ese tipo de actividades. Al igual que las dos personas antes referidas, forma parte de los ambientes conservadores del lugar.


Me acuerdo ahora de otros casos, esta vez más llamativos, por ser de personas que han alcanzado la fama en niveles muy elevados. Se trata del torero Manuel Benítez “El Cordobés”, el tenista Manuel Santana o el futbolista y entrenador José Antonio Camacho, hijos de represaliados que tuvieron que pagar el tributo de la cárcel durante la guerra, como le ocurrió al padre de “El Cordobés”, o después de ella, en el caso de los otros dos.

Nuestros famosos, sin embargo, han navegado en sus vidas por otros derroteros. Cercanos a Franco estuvieron “El Cordobés” y Santana, que se dejaron agasajar por el dictador cuando triunfaban en sus mundos respectivos. El torero, hijo de la represión y de la miseria, no tuvo reparos en llamar delincuentes a sus, antaño, hermanos de clase cuando reivindicaban eso de la tierra para quien la trabaja. El tenista, entregado por su madre, ya viuda, a una familia adinerada, acabó formando parte de ese mundo y mostrarse como un derechista confeso. El futbolista, por su parte, perteneciente a un tiempo diferente al de los otros dos, por ser más joven, ha hecho apología más de una vez de esa frase favorita entre la gente de derecha referida a dejar la política a un lado.  

He puesto estos ejemplos para ilustrar los cambios que se producen entre generaciones. Cambios en los comportamientos políticos que, en el caso que nos ocupa,  son producto de un contexto traumático. Situaciones que nos ayudan a entender algo más por qué el fascismo español se mantuvo durante tanto tiempo en forma de dictadura y todavía sigue presente, de otras formas, en nuestros días. Un fascismo que se cebó con quienes perdieron la guerra, que supo atenazar de miedo a muchas de esas personas, que llegó a atraer a su seno otras tantas ("El paso del tiempo") y que sembró en buena parte de sus descendientes esa semilla que aún perdura. 

(Imagen: fragmento de Persistencia de la memoria, de Salvador Dalí).     

martes, 30 de enero de 2018

El comienzo de las fiestas

























Cada 8 de septiembre, durante algunos años de mi niñez, acompañé a mis progenitores a la misa que abría las fiestas dedicadas a la patrona de la ciudad, la Virgen de la Vega. Al principio nos acompañaba mi hermano más próximo en edad, hasta que se hizo algo mayor y dejó de venir. La ceremonia religiosa era muy preciada en mi casa, pues era como el punto de arranque principal de las ferias, unos días para nosotros de alegría y emoción. Por las tardes teníamos ocasión de acercarnos a los cacharritos de feria, al circo o al cine, que nos servían de amortiguador en el tránsito de las vacaciones al curso escolar, cuyas clases empezaban oficialmente el día 15.

La misa era oficiada en la Catedral Vieja por el obispo de la diócesis, que entonces era don Mauro, Mauro Rubio Repullés. En la ceremonia eucarística se rodeaba de un séquito de sacerdotes, miembros del cabildo en su mayoría, que iban ataviados con sus relucientes ropajes de casullas, estolas y manípulos con unos ornamentos cargados de fuerte simbología religiosa. En el centro, presidiendo, se situaba el obispo, que, una vez llegado al altar portando el báculo, vestía una reluciente casulla blanca de filigranas doradas e iba coronado con la mitra que sustituía en ese acto al solideo violeta propio de su rango. Frente a ellos, en las primeras filas, se situaban las autoridades de todo tipo. Las civiles y las militares. Las políticas y las sociales. Una larga lista formada por el gobernador civil y el gobernador militar, el alcalde y el presidente de la Diputación, los jefes de los cuarteles de Caballería y de Ingenieros, el jefe de la base aérea de Matacán, los jefes de la Guardia Civil, la Policía Armada y la Municipal, el Comisario jefe de Policía, el Rector de la Universidad, los presidentes de la Cámara de Comercio, de la Hermandad de Agricultores y Ganaderos, y de los diversos colegios profesionales, los delegados provinciales de los sindicatos verticales, del Frente de Juventudes y de la Sección Femenina… Todos, vestidos de gala con trajes de chaqué y uniformes, mostrando corbatas, gemelos, galones e insignias, y, en muchos casos, bigote. Los acompañaban sus esposas, también con trajes de gala y, como distinción, unas mantillas de encaje sobre sus cabezas.

Autoridades que no podían faltar en uno de los momentos señalados del año, en que era necesario hacer una demostración solemne de los poderes que, victoriosos tres décadas antes, habían sellado un pacto ventajoso e inmejorable. En ese día se escenificaba mejor que nunca, con todo su boato, la alianza de la cruz, la espada y el dinero. Como testigo, la feligresía que llenaba los bancos del templo o se apostaba de pie como mejor podía en sus naves laterales, y que asistía al oficio religioso por devoción, por conveniencia o por mera rutina.

Y allí, como espectadores privilegiados, estábamos mi hermano y yo, que íbamos con la mejor ropa que teníamos -la de domingo- en pantalón corto y estrenando calcetines. Una presencia que se debía a la iniciativa de mi madre, que seguía así la tradición heredada de su familia cuando vivía no muy lejos de la catedral. No le faltaba su disfrute de la música, que no faltaba nunca en ese acto, con el añadido de  sentir in situ la presencia de dos de sus hijas en uno de los coros de la ciudad. Una madre, en fin, devota, fiel al cumplimiento de los preceptos religiosos y en la asistencia al rito anual de la ceremonia solemne que se dedicaba a la que llamaba su Virgen.

Mi hermano disfrutaba por completo de la misa. Su devoción religiosa era tan grande, que a lo largo del año no perdía ninguna ocasión para demostrarlo. En mi caso, ocurría lo contrario. La duración del acto me parecía una eternidad, me provocaba aburrimiento y, en ocasiones, lo sufría como una tortura. Sólo el canto del himno de la Virgen de la Vega, el canto eucarístico “Beberemos la copa” y el “Aleluya” de Haendel hacían que mi estancia fuera por ratos más llevadera. Eran tres de lo cantos que interpretaba un coro de voces acompañado de un órgano y una pequeña orquesta que se formada para la ocasión.

El nombre de la Coral, como oficialmente se llamaba, lo pronunciábamos con el orgullo de tener dos hermanas que aportaban sus modestas, pero necesarias, voces. Una, la de tiple segunda, y la otra, la de contralto. Le gustaba decir a mi hermano con cierta maldad que eran de las del “chum-chum la-la-la”, para diferenciarlas del papel más relevante de las tiples primeras, donde destacaban ante todo las voces de las dos Pepitas, la Iñigo y la Albarrán, que se repartían los solos. Y yo, también malvado, le acompañaba con una risita cómplice.
  
No recuerdo cuándo se cantaba el himno dedicado a la Virgen, quizás lo fuera al final, no lo sé, pero sí mantengo el eco de su melodía y algunos pasajes de sus versos. Como el arranque tenue a base de voces femeninas: “Abre, madre, tus brazos / al hijo que a ti llega…”. Había momentos en que todo el coro, el órgano y los instrumentos de la pequeña orquesta resonaban con más fuerza en el amplio espacio del templo románico. Las bóvedas -ya de crucería- de su nave central y la espectacular cúpula semiesférica elevada desde el crucero con la ayuda de cuatro pechinas y un cimborrio acogían un sonido que si no me parecía salido del mismo cielo, al menos me sacaba de la antesala del sopor para llenarme de emoción.  

En ocasiones, para evitar derrumbarme entre canto y canto, paliaba la situación mirando el ábside del templo. Buscando la imagen, casi imperceptibles para mí, de la escultura de madera bronceada -hierática, por románica-, dedicada a la virgen que era motivo de celebración. Pero, ante todo, curioseando el grandioso fresco del Juicio Final que Nicolás Delli, llamado el Florentino, había pintado en el siglo XV sobre el cascarón del ábside. Un fresco que se superponía sobre el retablo donde se multiplicaban las escenas de la Biblia que el mismo artista y dos de sus hermanos plasmaron en tablas enmarcadas con molduras de motivos góticos.

Y hacia ese cascarón miraba yo con la curiosidad de un niño al que no le habían dejado de contar en casa y en la escuela lo habido y por haber sobre el cielo y el infierno. El fresco se mostraba ante mí como la ocasión ideal para poder imaginarme cuál podía ser mi paradero futuro según hubiera obrado en la vida. Una escenificación del bien y del mal, presentados frente a frente. A la diestra de Jesús, que era mi siniestra, estaban quienes se salvaban. Y a su siniestra, mi diestra, quienes se condenaban.

Mi mirada apenas se fijaba en ese juez severo y gesticulante que, situado en la parte superior y central, emitía su veredicto rodeado de su corte de ángeles, mientras el Bautista y la Virgen, en posición orante, testimoniaban su autoridad. Más atención yo prestaba al tropel de ánimas benditas que con los brazos levantados y las manos unidas iban ataviadas con unas túnicas blancas y pulcras, mostrando el agradecimiento por el premio de la salvación. Pero donde mi mirada y mi atención se centraban era en los cuerpos desnudos que, situados en la parte derecha de la pintura, iban saliendo de sus tumbas y acababan siendo devorados por un gran monstruo con dientes espinosos, paladar rojo y cabeza verde, como rotunda representación del Diablo. Una atención, la mía, que quizás fuera morbosa, pues no dejaba de ser una forma de presenciar lo prohibido. La contemplación de cuerpos desnudos, casi asexuados, que el catecismo nos señalaba como uno de los enemigos de la humanidad, esto es, la carne, el mundo –de los que nunca supe a qué se referirían- y el demonio.

Me he preguntado muchas veces el porqué de esa mayor atención hacia lo escabroso del infierno en vez de centrarme en la dulzura del cielo. Por qué me fijaba más en los rostros aterrorizados de quienes caminaban hacia el abismo en vez de preferir el gozo de quienes habían alcanzado el reino de la felicidad eterna. Hace unos años pude contemplar en Padova los frescos que Giotto pintó para la capilla Strovegni. Allí se encuentra representada otra escena del cielo y del infierno. Más clasista, eso sí, pues estaba erigida, con una finalidad entre expiatoria y purificadora, para salvar al padre pecador, un rico comerciante de esa ciudad italiana. Es un tema recurrente en el mundo del arte, por lo que parece seguro que existe una clara intencionalidad de buscar un efecto. Desde siglos, durante casi dos milenios, la Iglesia ha ido inculcando a generaciones y generaciones una conciencia moral para hacer del miedo uno de los pilares del control de nuestras vidas, presentando el premio final, pero a la vez resaltando la advertencia amenazante del mal. Y en la mente del niño que yo era desde luego que surtió el efecto suficiente para creérmelo y para temer que me pudiera ocurrir.

Pasado el ecuador de la liturgia y llegado ya el momento de la eucaristía, la letanía del canto “Beberemos la copa” me elevaba de nuevo el ánimo. Hoy me parece una melodía un tanto simplona, plana y de ritmo cansino, con la repetición constante de un “Amén, Aleluya” como coletilla en cada estrofa. Puede que fuera esa sencillez, que la hacía más pegadiza, la que me atrajera más y, quizás también, por coincidir con el movimiento de gentes que a ritmo procesional se acercaban en busca de la comunión que administraban el obispo y sus sacerdotes. Era, en fin, el momento en que se rompía para mí la monotonía y el paso lento del tiempo. Ese “Amén, Aleluya” lo prefería, en todo caso, al majestuoso “Aleluya” de Haendel, cuya mayor riqueza compositiva y armónica me parecía estridente. Para mi madre y mi hermano, sin embargo, era el canto preferido. “Hijo, dónde vas a ir parar. Es mucho más solemne y más bonito. Fíjate en las voces y en la orquesta cómo resuenan. Emociona mucho más”, me decía mi madre. “Pues a mí, no. Me gusta más el ‘Amén-Aleluyá’”, le contestaba.   

Acabada la misa, por fin, a la salida del templo me esperaba la alegría y el paseo por las calles entre el bullicio de la gente. Era el momento de poder ver a las charras, ataviados con sus vestidos espectaculares de lentejuelas de colores y sus pañuelos blancos sobre la cabeza, y a los charros, con sus trajes negros y austeros de chaqueta corta y sus gorros alados y cónicos en el centro. Bailaban con las castañuelas al ritmo de la gaita y el tamboril, ofreciendo un espectáculo de música, color y movimiento.

Era también el momento de poder ver a los gigantes y al inmenso Gargantúa que se apostaban en la Plaza Mayor. Y, cómo no, poder ver a los temibles cabezudos. Hacerlo junto a mi padre, mi madre y mi hermano me daba seguridad, aunque no acababa de perder el miedo. Otra cosa era verlos con mis amigos. ¡Ay, los cabezudos! ¡El terror que me invadía cuando en el barrio oía a lo lejos el sonido atávico del tamborilero que anunciaba su llegada con el ritmo monótono que no cesaba! Los cabezudos el Padre Lucas y la Lechera, a quienes cantábamos eso de “que venden leche por cuatro perras”. O el Negrito y la Bruja, los que creía más terribles, que se dedicaban a arrear a diestro y siniestro con sus varas a la chiquillería.

Al cabo de unos años, todavía niño, dejé de tenerles miedo. Fue el día que me atreví a ir solo con ellos y echando carreras para evitar los palos. Ya adolescente dejé de tener miedo al infierno y sus demonios y al poco, sin embargo, empezó otro. Éste, sí, de carne y hueso. Provenía de las autoridades civiles y militares de la ciudad. Las mismas con las que habíamos coincidido mi hermano y yo en la misa en honor de la patrona de la ciudad. Ya no corría delante de los cabezudos, sino de los uniformados de color gris y porra en la mano que ya no jugaban en broma, sino en serio. Fue un tiempo de miedo. O de miedos.

No mucho más tarde fueron cambiando las caras y las formas de las autoridades, y a la vez, el color de los uniformes. Supe también que el Padre Lucas era en realidad una deformación puritana del Padre Putas, el mayordomo principal de la casa de la mancebía que hubo en mi ciudad siglos atrás. Y que la Lechera era, por así decirlo, la puta principal. En el tiempo de mi niñez, en vez de la casa de la mancebía, había, sí, un Barrio Chino lleno de casas y putas para todas las clases. Unas, para los hombres que se decían de bien y que por allí aparecían; y las más, para el resto de la clientela. Quién sabe, pero quizás en consonancia con la distribución de las almas que se hacía en el cielo y en el infierno. En la capilla Strovegni así se ve, no hay duda. En la Catedral Vieja de mi ciudad, puede que no. ¿O sí? Qué más da. A mí ya se me pasó ese miedo atávico que me había atrapado cuando era niño.    

domingo, 28 de enero de 2018

Lucha de aguas
























Hablaba por teléfono el otro día con mi hermana Chari. Y salió a relucir una fotografía que hice en el verano pasado durante uno de mis paseos por la playa. Es la que aparece en esta entrada. Me dijo que, cuando se la envié, le habían llamado la atención las figuras en forma de rombo que aparecían. Algo que le resultaba desconocido. Lo mismo que le comentó una amiga. Fueron varias las fotos que tengo de ese día con esas  figuras formadas en el mar. Como le dije, es el efecto de la lucha de dos aguas diferentes. Dos fuerzas que pugnan por abrirse un hueco en el espacio donde buscan la calma. Una, la del agua dulce del río, cuya corriente la empuja para descargarla sobre el mar. La otra, la del agua del mar, cuya marea, en plena expansión, intenta adentrarse en el estuario con que se abre el río en su tramo final. El agua del río que se desplaza en su último aliento chocando contra el oleaje que empuja el viento de levante. Eso es lo que explica las figuras romboidales. Todo un espectáculo geométrico construido por la naturaleza.   

jueves, 25 de enero de 2018

"¡Váyase, señor Rajoy!

Cada día tenemos que contemplar y sufrir el espectáculo mediático vergonzoso que están protagonizando un partido -el PP-, un gobierno -del PP- y unos personajes vinculados a ambos. En su cúspide, como presidente del partido y jefe de gobierno, se encuentra la misma persona: Mariano Rajoy. 

Ayer pudimos verlo y escucharlo en la entrevista en la cadena de radio Onda Cero. Y el resultado fue patético. Fue todo un compendio de su dimensión política. Llegó a añadir una más a su larga lista de sandeces, esta vez cuando, preguntado sobre la brecha salarial entre varones y mujeres, salió con un "no nos metamos en eso". Estamos, pues, ante una  figura que en la actualidad sólo es sustentada, amén de los apoyos electorales que sigue recibiendo -en retroceso, eso sí-, por los  impagables favores que le han brindado algunos partidos, en especial Ciudadanos y el PSOE. 

Voy a decirlo categóricamente: debe dimitir. Por muchas cosas. Por la corrupción, que es lo que está de actualidad, por supuesto. Por mentiroso, ya que no ha parado de mentir al menos desde que asumió la dirección de su partido. Por inepto, porque lo que se desprende de sus declaraciones es una reiterada alusión al "no lo sabía", "no tengo por qué saberlo todo", "es responsabilidad de quienes lo han hecho", "se trata de una minoría", "ya no están en el partido"... 

Y por encima de todo, por ser el principal responsable, como jefe de gobierno, de las medidas que sus gobiernos han tomado desde 2011: precarizando el empleo, empobreciendo a parte de la sociedad, rescatando las entidades financieras y grandes empresas, enriqueciendo más a quienes más tienen, reduciendo el gasto público en sanidad y educación, vaciando la caja de las pensiones, atacando a las libertades civiles, manipulando el poder judicial, favoreciendo aún más a la Iglesia Católica, obstaculizando la llegada de las personas inmigrantes, negando la solidaridad a las refugiadas, negándose al diálogo con las autoridades de Catalunya... 

Son ejemplos que me han venido de improviso, pero seguro que me faltan más. Son motivos más que suficientes para desacreditar al personaje. Por ello puede recuperarse la frase que acuñó en su día su antecesor en la dirección del partido, cuando lanzaba aquello de "¡Váyase, señor González!". Ahora correspondería decir: ¡Váyase, señor Rajoy!

miércoles, 24 de enero de 2018

En memoria de las víctimas de la calle de Atocha y del fascismo


He encontrado entre mis papeles un escrito breve que surgió con el impacto emocional de la matanza de Atocha, ocurrida en Madrid un día como día de hace 41 años. Estaba dedicado a los cinco antifascistas, militantes de CCOO y del PCE, que fueron asesinados vilmente por pistoleros fascistas, pero también, por extensión, a todas las víctimas habidas durante la dictadura franquista. 

Aquellos hombres que cayeron luchando por un ideal que conseguir, que fueron víctimas de una realidad injusta, estarán para siempre en el corazón del pueblo, jamás serán olvidados, su recuerdo perdurará a lo largo de los siglos como semilla de libertad, que se extenderá hasta el último rincón de la Tierra.

(Enero de 1977).

(Imagen: monumento A los abogados laboralistas de Atocha, basado en la pintura El abrazo, de Juan Genovés).

"A derradeira leccion do mestre", de Castelao, y la memoria de la represión del fascismo





































Tengo entre los momentos más impactantes del cine los finales de la película La lengua de las mariposas, de José Luis Cuerda. Basada en el relato homónimo de Manuel Rivas, recrea la situación vivida en cualquier lugar de Galicia o de España donde triunfó el golpe militar de 1936. En el relato de Rivas, ilustrada en la detención del maestro del pueblo y los insultos proferidos incluso por quienes habían sido sus amigos o, como el niño protagonista, conocieron de su bonhomía, se expresa con estas palabras: "Cuando los camiones arrancaron, cargados de presos, yo fui uno de los niños que corrieron detrás, tirando piedras". 



Lo que vino después para muchas de esas personas detenidas fue la muerte. La misma que sufrió Alexandre Bóveda, un economista gallego, republicano y galleguista, que fue apresado a los pocos días del golpe militar y ejecutado. Otro republicano y galleguista relevante, Emilio Castelao, que destacó en el mundo de la cultura como escritor y como artista, dibujó una estampa que tituló "A derradeira leccion do mestre" ("La última lección del maestro"), incluida dentro de su libro de dibujos Galicia mártir, editado en 1937. Ya instalado en Buenos Aires, donde se refugió como exiliado, realizó una versión de la estampa en forma de pintura al óleo, con motivo del noveno aniversario del asesinato de Bóveda. 



La imagen que se observa tanto en la estampa como en el cuadro es la de
una persona muerta sobre el suelo que está acompañada de dos niños, dentro de un paisaje nebuloso y casi desierto en el que sólo sobresalen al fondo las siluetas oscuras de dos árboles secos. Las diferencias cromáticas entre ambas versiones atañen, en el caso del cuadro, a unas tonalidades algo más remarcadas. Siempre, reflejando una atmósfera de desolación total. 



Se ha llegado a equiparar el cuadro en cuanto a su valor simbólico al "Guernica" de Picasso, en este caso dentro del ámbito gallego. Su valor artístico, en todo caso, debe ser tenido en cuenta dentro del conjunto de la obra artística del propio Castelao y, por supuesto, insertada en el contexto en que surgió. Desligar el arte de la realidad en que se desarrolla, es desconocer la dimensión que artistas y obras tienen. Nada se escapa a los contextos en que actúan, independientemente de las intencionalidades que tengan quienes realizan las obras o de las formas que adquieran éstas. 

En el caso que nos ocupa, la obra de Castelao forma parte de toda una generación  que vivió en un momento de gran trascendencia en nuestra historia, tanto la gallega, en particular, como la española, en general. Por supuesto, pero también la historia mundial. La dimensión universal de determinadas obras hace que su significado pueda ser reconocido en cualquier parte del mundo. Eso ocurre con el "Guernica" de Picasso, pero puede servir también para "A derradeira leccion do mestre" de Castelao. Porque el mundo gallego, tan disperso a lo ancho de numerosos países, en especial los latinoamericanos, su universalidad está presente. Suponen ambas obras la manifestación de la crudeza del fascismo, dominante durante esos años en Europa. Y si seguimos la respuesta que se dice que dio el artista malagueño a la pregunta de un oficial nazi sobre su cuadro, "es lo que han hecho ustedes". 

Existen algunas diferencias entre los cuadros y una de ellas, la sustancial, se encuentra en el destino que tuco el fascismo. Mientras Hitler acabó sucumbiendo, en España Franco resultó vencedor. Y su sombra sigue siendo alargada, incluyendo a Galicia de una manera especial. Y en este sentido recuperar y mantener la memoria de lo ocurrido resulta necesaria y obligatoria.  

Desde el primer momento el cuadro ha estado expuesto en la capital argentina, siendo el Centro de Galicia la institución que lo ha acogido. En la actualidad, ante la posibilidad de que dicho Centro acabe desapareciendo, ha surgido la incertidumbre sobre su destino. Estos días los medios de comunicación han recogido la noticia de una probable próxima presencia temporal en Santiago de Compostela, dentro de una exposición dedicada Castelao prevista para finales de año.  

Bienvenido sea este evento y también, si se hace realidad, la llegada de "A derradeira leccion do mestre".     



(Imágenes: busto de Alexandre Bóveda, de Alfonso Vilar, ubicado en Pontevedra; y estampa y óleo, respectivamente, de "A derradeira leccion do mestre", de Emilio Castelao)

martes, 23 de enero de 2018

Rajoy y los fantasmas del AVE

Ayer se inauguró el AVE Madrid-Castellón. Y al acto acudió, entre otras autoridades locales y autonómicas y centrales, Mariano Rajoy. Amigo de los eventos que prometen votos -faltaría más- y enemigo de contestar preguntas sobre las cosas feas que ocurren en su partido -faltaría menos-, acudió raudo a la cita.  

La provincia septentrional valenciana es -o ha sido, quizás-, uno de los paraísos del PP. Fue el primer lugar escogido por José María Aznar para el veraneo cuando inició su andadura de jefe de gobierno. Donde la fiebre del ladrillo alcanzó cotas entre escandalosas y ruinosas. La tierra de Carlos Fabra, que parecía el sempiterno presidente de la Diputación hasta que fue mandado a chirona por tener las manos largas. Sí, el del célebre aeropuerto sin aviones, el mismo que le preguntaba a su nieto eso de "¿te gusta el aeropuerto del abuelo?". También, la tierra de Alberto Fabra, el sustituto de Francisco Camps al frente de la Generalitat valenciana, mencionado el otro día en el juicio del caso Gürtel por su relación con la financiación del PP cuando era alcalde de la capital de la provincia. En fin, sin salirnos de la comunidad autónoma, nada diferente en lo esencial de lo que ocurría en las otras dos provincias hermanas. 

Ayer, sin embargo, Castellón saltó a la actualidad no sólo por susodicha inauguración. Como si de fantasmas se tratasen, a la noticia se le unieron tres anécdotas. La primera, que el AVE, prodigio de la rapidez, llegó con 20 minutos de retraso. Y no fue por un pinchazo, aunque el hecho pueda parecerlo. La segunda anécdota consistió en la invitación cursada a Rita Barberá. Si no fuera porque falleció hace casi un año y, además, porque en 2015 dejó de ser alcaldesa de la capital vecina, podría parecer normal que fuera convocada a la cita. Y hubo hasta una tercera, que en este caso tuvo como protagonista al propio Rajoy. Y es que en su discurso, se refirió al número de personas que viajaban en lo recién inaugurado, pero que denominó, a modo de lapsus, como un avión. 

¡Vaya tres fantasmas! El de un pasado, en cierta medida lejano y que parecía olvidado, de los crónicos retrasos de los trenes españoles; el de un personaje que lo fue todo en el partido hasta que acabó siendo una apestada entre su gente; y el del célebre aeropuerto, al que Rajoy llenó de pasajeros, quizás en una especie de traición de su subconsciente.      

¡Ave, María Purísima!

domingo, 21 de enero de 2018

Compañero de habitación, intelectual reconocido en la otra parte de Europa










































La verdad es que ha sido una sorpresa ver su fotografía a través de la red. Su cara me ha resultado perfectamente reconocible, pese a los 44 años que han pasado. Sigue manteniendo su característica perilla, que, junto a sus gafas, le dan una fisonomía propia hace tiempo entre la intelectualidad de los países del centro europeo, siendo él húngaro. 


Recuerdo muchas cosas de él. Como su cara de sorpresa cuando, de vuelta de su país tras unas breves vacaciones de invierno, me encontró alojado en su habitación, la staia 425. La residencia en Sofía donde vivíamos estudiantes de postgrado estaba formada por habitaciones dobles amplias, pero ante mi presencia debió de ver cierta intromisión en un espacio que durante un tiempo había ocupado con la ventaja de estar solo. Hubieron de pasar varias semanas hasta que, por fin, fuimos logrando entendernos mejor. El idioma era el principal obstáculo. Mi búlgaro, todavía al poco de llegar al país en un gélido enero, era prácticamente nulo, pero Yuri, como le gustaba que le llamaran, no entendía nada ni en francés, idioma con el que comunicaba con otra gente, ni en inglés.


Algunas de las situaciones vividas las conservo en imágenes fotográficas, otras han quedado reflejadas por escrito en mi diario y no han faltado unas pocas plasmadas en pequeños dibujos y pinturas. Tuvimos desavenencias, que no voy a mencionar ahora, pero de los buenos momentos destaco dos. Uno, la subida en dos ocasiones al Cherni Brej (Pico Negro), con caminatas gloriosas sobre un suelo nevado, donde la espectacularidad se unía a la belleza del paisaje. El otro, con motivo del 8 de marzo, en una velada con gente de varias nacionalidades, un momento muy agradable donde no faltaron los cantos que cada cual entonó de su país de origen.

Precisamente ayer, ojeando las cartas que conservo de aquellos años, me topé con la de Yuri. Eso me llevó a buscarlo en la red, lo que tuvo éxito pronto. Por lo que he podido averiguar, me resulta llamativo descubrir aspectos interesantes de su vida. Se trata de un personaje bastante conocido en  el mundo cultural de su país de origen, Hungría, pero también en el de su corazón, esto es, Bulgaria. Considerado como “bulgarista”, dispone de un currículum prestigioso y extenso: es experto en biblioteconomía, ha trabajado como profesor universitario en los dos países, es autor de varias obras de filología y literatura, es un reconocido traductor literario, ha sido editor de revistas y no le ha faltado sumergirse en el mundo de la poesía. 

Precisamente por esto último recibió en 2015 el que puede considerarse como el premio más importante de Hungría, el Attila Jozsef, dedicado a un célebre vate  húngaro de principios del siglo XX, conocido como el "gran poeta proletario". Nunca supe cuáles eran las opiniones políticas de Yuri, si bien mostraba interés por la actualidad de Bulgaria. Una actitud diferente, quizás prudente, de la de otro compatriota suyo, Csaba, que no me escondía sus opiniones claramente anticomunistas.     


Doce años mayor que yo, algo que se notaba cuando convivimos bajo el mismo techo, no parece que su edad actual, pasados los setenta, sea impedimento para seguir manteniendo una actividad intelectual fructífera. 


¡Quién iba a decir que después de tanto tiempo iba a reencontrarme virtualmente con él y que siga conservándose tan fresco como cuando ultimaba su tesis doctoral o subíamos por las nevadas rampas del Cherni Brej!