miércoles, 26 de agosto de 2020

Memoria y represión franquista: entre el miedo y la falta de voluntad política en los años de la Transición

Hace unos años el magistrado Joaquín Navarro Estevan [1], que en 1977 era militante del Partido Socialista Popular [2] y fue elegido senador por Almería en las elecciones celebradas el 15 de junio [3], escribió acerca de lo ocurrido durante la campaña electoral en Andalucía:

Los resultados fueron muy positivos para el PSOE, sorprendiendo a la propia ‘casa’. Pero en muchos lugares -como Sevilla- causaron miedo cuando se fueron conociendo. Muchos se asustaron al pensar que podían ganar. ‘Aquello –me decía un dirigente socialista de Sevilla- era demasiado’. No lo entendí. ‘Pensé –le dije- que queríais ganar las elecciones’. ‘Pero ¿qué dices? ¡Podría organizarse la de Dios es Cristo! ¡Con las fuerzas armadas que tenemos, el golpe sería inmediato!’. Éste era el clima. Por esas o parecidas razones, no pocos militantes del PCE votaron PSOE. Algunos me lo dijeron y me indigné hasta el punto de que se quedaron muy sorprendidos, como si yo estuviese fuera de la realidad de la historia.

En las líneas siguientes Navarro Estevan siguió abundando sobre el tema, en el que resaltó que “el miedo también votó”, una frase que dio título al epígrafe. Ignoramos en qué medida se concretó la afirmación hecha por parte del magistrado y, por tanto, cuántas personas pudieron cambiar su voto como consecuencia del miedo.

Se ha escrito bastante acerca de la actitud de la sociedad española durante los años de la Transición y la preeminencia de la “paz” muy por encima de otros valores como los de “justicia”, “libertad” y “democracia”, tal como han resaltado Rafael López Pintor o Paloma Aguilar [4]. También se ha escrito sobre el comportamiento de los principales partidos parlamentarios durante los años de la Transición, desarrollando una política de consenso que tuvo como momento culminó la aprobación de la Constitución de 1978.

Pero esa línea de interpretación no fue en su día unánime. Hay trabajos que plantearon en su día la existencia de otro estado de opinión en esos años, en este caso resaltando unas condiciones más favorables a un cambio político más avanzado, dentro de los parámetros de lo que durante los últimos años del franquismo y los primeros de la Transición se denominó con el término ruptura democrática [5]. Más recientemente otros trabajos han abundado sobre ello, con algunas matizaciones, pero resaltando las limitaciones del modelo político conformado en la Transición y las repercusiones en el momento actual [6].

De lo que no hay duda es que el miedo estuvo presente en esas elecciones entre quienes habían vivido la guerra y los primeros años de la dictadura, y, como consecuencia, habían sufrido, directa o indirectamente, los rigores de la represión. Algo que también siguió perdurando en otros ámbitos de la vida durante las décadas de los ochenta y los noventa. Los ecos de la dictadura seguían presentes y es que, en palabras de Francisco J. Leira Castiñeira [7],

la guerra generó un curioso fenómeno, como fue la mentada necesidad de paz por parte de la ciudadanía y en gran parte de los excombatientes, junto con la imposibilidad de afirmar en público una memoria colectiva distinta a la defendida por la dictadura. Esto dio lugar a un silencio, no solo impuesto por los poderes fácticos, sino autoimpuesto.

El miedo y el olvido estuvieron instalados durante décadas en la sociedad española. Como también ha señalado Magdalena González [8]:

Aunque el franquismo fracasó en el intento de transformar un modelo de conciencia social y no pudo arruinar la memoria privada en la que aquella se reforzaba, incluso a pesar de la exhibición permanente de la memoria oficial y el desarrollo de la política de socialización emprendida para actuar sobre las nuevas generaciones, sí consiguió instalar el miedo y el mutismo entre la población, lo que también provocó que muchos prefiriesen olvidar.

Que durante los años de la Transición prevaleciera la idea de superar lo ocurrido durante la guerra civil en pos de un nuevo objetivo político basado en el modelo liberal-democrático, no impidió que en algunos sectores de la población, concretamente los relacionados con quienes resultaron perdedores en la contienda bélica, se diera un sentimiento de frustración, bien fuera propio o bien de las generaciones siguientes. Después de unos primeros escarceos por conocer más de lo ocurrido, como fueron los primeros descubrimientos de fosas comunes o la publicación de reportajes por parte de una revista generalista [9], hubieron de pasar algunos años, ya a finales de la década de los noventa, para que eclosionaran a la par, complementándose, investigaciones históricas sobre el tema y un movimiento por recuperar la memoria de lo sucedido y de quienes sufrieron los horrores de la represión.

Fueron muchos años, en su mayor parte bajo los gobiernos del PSOE (1982-1996) presididos por Felipe González, en los que se cultivó el olvido. A ello no fue ajeno el protagonismo que tuvieron determinados sectores políticos de una generación, la del 68, que participó en primera línea en el pacto constitucional y llevó las riendas políticas durante esos años. Para Pablo Sánchez León [10]

los de la  generación  del  68 […],  tras pactar  con  la  burocracia  tardofranquista,  pilotaron  la  transición y  aseguraron  su  estatus social  en una clase  media reforzada  con  la  consolidación  del  Estado  del  bienestar  y extendida  definitivamente  como patrón moral  de  la  democracia posfranquista. También monopolizaron el  relato  oficial  sobre  la  misma.  Era  de  esperar  entonces  que  las  narrativas sobre la transición disponibles hayan borrado toda huella de la experiencia colectiva de una juventud  radical  por  la  que  sentían  incomprensión  cuando  no  vergüenza  y  repudio.

Es verdad que durante los gobiernos del PSOE siguió desarrollándose una normativa legal, iniciada en el verano de 1976, tendente a conceder pensiones a quienes, con algún tipo de secuela física por motivos de la guerra, no las habían recibido. En su gran mayoría se trataba de combatientes republicanos, aunque no faltaron algunos “rojos” que se vieron obligados a formar parte de las filas del ejército franquista. En 1984 se reconocieron los derechos y servicios prestados por quienes durante la guerra civil formaron parte del ejército y las fuerzas de orden público bajo la autoridad del gobierno republicano [11]. Y finalmente en 1990 se aprobó, dentro de los Presupuestos Generales del Estado, la adicional decimoctava, que estaba dirigida a indemnizar a quienes por motivos políticos habían sufrido al menos tres años de privación de libertad [12].  Aunque el ministerio de Economía y Hacienda recibió más de 100.000 peticiones, 40.000 fueron desestimadas [13]. Y es que buena parte de los fondos documentales depositados en los archivos oficiales estaban desorganizados, cuando no habían sido destruidos [14].

De poco sirvieron las recomendaciones formuladas en 1994 desde la Oficina del Defensor del Pueblo al ministerio de Economía y Hacienda. Es verdad que se admitió que se flexibilizaran los “criterios de interpretación y aplicación” de la normativa, incluyéndose “como periodos de prisión, los de privación de libertad sufrida en campos o depósitos de concentración y edificios habilitados como prisiones”. Pero no ocurrió lo mismo con otra petición, la  que iba dirigida a que “se estudiase la posibilidad de establecer medios de prueba complementarios para la acreditación de los periodos de privación de libertad o, subsidiariamente, que se reconociese una bonificación temporal”.

Algunas comunidades autónomas, por su parte, aprobaron posteriormente algunas compensaciones, que han sido calificadas en algún caso como “ridículas” [15].  No conocemos su alcance en cuanto a datos concretos, pero sí que hubo problemas reales, derivados de las dificultades existentes a la hora de localizar en los archivos oficiales los documentos requeridos.

Llegados a este punto, resulta necesario abordar lo que fue ocurriendo desde  finales del siglo pasado, así como las controversias que fueron surgiendo, en las que dos mundos, el político y el académico, estuvieron muy presentes. Como también lo estuvo, como principal ingrediente, el cambio de mentalidad en una buena parte de la sociedad española y la voluntad de quienes, en mayor número que antes, decidieron dar un paso decidido para conocer más y mejor lo ocurrido, y para no olvidar.


Notas

[1] Navarro Estevan (2003, p. 27).
[2] Estaba dirigido por el catedrático de Derecho Político Enrique Tierno Galván; compitió con el PSOE el espacio de la socialdemocracia, pero resultó claramente perdedor, al obtener apenas el 4’46% de los votos y 6 escaños frente al 29’3% y 118 escaños del partido dirigido por Felipe González; en Andalucía el PSP se presentó coaligado con el Partido Socialista de Andalucía, obteniendo el 4’7% de los votos frente al 36’2 del PSOE (Junta Electoral Central, sin fecha, p. 5).
[3] Se presentó dentro de la Agrupación Electoral Democrática Independiente de Almería, que estaba apoyada por PSOE, PSP y PCE (Junta Electoral Central, sin fecha, p. 12).
[4] López Pintor (1981, p. 22) y Aguilar (1996, pp. 348 y ss.), que se basan en las encuestas del Instituto de Opinión Pública de 1966, 1975 y 1976; la segunda, además, en los informes FOESSA de 1966, 1970, 1975 y 1981.
[5] Existen distintos autores que han defendido una versión diferente a la más extendida, fruto del llamado consenso constitucional, como la de Garcés (2008; la edición inicial es de 1996), Navarro (2003),  Vidal-Beneyto (2007), etc.
[6] Doménech (2003), Gallego (2008), Monedero (2011), Rodríguez López (2015), etc.
[7] Leira (2020, p. 315).
[8] González (2023, p. 552).
[9] La revista Interviú publicó varios reportajes; conocí uno de ellos, “Salamanca. Así fue el terrorismo falangista” (Montoto, 1979).
[10] Sánchez León (p. 93).
[11] Ley 37/1984, de 22 de octubre (BOE n. 262, 1-11-1984).
[12] Ley 4/1990, de 29 de junio, de Presupuestos Generales del Estado para 1990 (BOE n. 156, 30-06-1990).
[13] Espinosa (2015, p. 107).
[14] Como ejemplo, el Archivo General de la Capitanía de la Zona Marítima del Estrecho sufrió un incendio en el verano de 1976, destruyéndose la mayor parte de la documentación existente.
[15] Espinosa (2015, p. 107).

Bibliografía

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DOMÉNECH SAMPERE, Xavier (2002). “El cambio político (1962-1976). Materiales para una perspectiva desde abajo”, en revista Historia del presente, n. 2; www.moviments.net/spaimarx (consultado el 1-07-2007).
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LEIRA CASTIÑEIRA, Francisco J. (2020). Soldados de Franco. Reclutamiento forzoso, experiencia de guerra y desmovilización militar. Madrid, Siglo XXI.
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VIDAL-BENEYTO, José (2007). Memoria democrática. Madrid, Foca.

(Imagen: paneles fotográficos del Museu Memorial de l’Exili, en la Jonquera, Girona)