miércoles, 20 de abril de 2016

El retrato de Alan Turing hecho por Tato Cort

Hace unas semanas me envió mi amigo Tato un mensaje con la foto de su último retrato, expuesto, junto a otros tantos, en la Sala de Exposiciones El Giraldillo de Sevilla, donde no han faltado algunos de los ya expuestos hace unos meses en Barbate ("Tato Cort y sus retratos"). Como no sabía de quién se trataba, me contestó que era Alan Turing. 

Tenía una idea vaga del personaje, matemático precursor de la informática y nada más. Ello me me llevó de inmediato a informarme más acerca del personaje. Entre los varios artículos que consulté, me quedé con dos, relativamente recientes: uno, de Salvador López Arnal ("El honor de Alan Turing") y el otro, de Arturo Quirantes ("Perdón para Alan Turing"). Aparecieron en 2013 con motivo del indulto que la reina Isabel II de Inglaterra le concedió después de varias peripecias acerca de la idoneidad o no de hacerlo, como mas adelante relataré.


Turing tuvo una mente prodigiosa. Matemático de formación, pronto se orientó a la búsqueda de una máquina que ayudara a resolver problemas matemáticos. En ello estaba cuando se inició la Segunda Guerra Mundial, lo que le llevó a trabajar para los servicios de inteligencia de su país. Más concretamente, en la tarea de descifrar la información criptada de los servicios secretos alemanes. Y vaya si tuvo éxito, porque diseñó una máquina que logró acceder al conocido como código Enigma. Acabada la guerra, prosiguió en su tarea de construir máquinas automáticas, a una de las cuales denominó Automatic Computing Engine.


Junto a su labor como científico Turing tuvo dos rasgos de su personalidad que resultaban difíciles en su tiempo: uno, de carácter político, que le llevó a estar cerca de los círculos progresistas e incluso comunistas de su país; el otro, que resultó más peligroso y definitivo, su homosexualidad. Y como resultas de esto último se vio envuelto en 1952 en un episodio oscuro, derivado de una relación con un joven, que acabó arruinando su vida, hasta destruirla. Tenido como delito ese tipo de conductas, fue castigado severamente. O, para ser más preciso, se le dio una doble opción en su castigo: o la cárcel o el sometimiento a un programa de tratamiento hormonal. Siendo esto último lo elegido, dos años después apareció muerto en su laboratorio después de haber ingerido cianuro. Lo que posiblemente fuera un suicidio, no dejó de ser la culminación de una situación que resultó fatalmente irreversible, dada la depresión en la que entró como consecuencia de las secuelas de un tratamiento que era el equivalente a la castración química.


Hace unos años se iniciaron en Gran Bretaña algunos movimientos con la finalidad de rehabilitar su figura. Pero ningún gobierno -ni el laborista de Brown ni el conservador de Cameron- y ninguna cámara legislativa lo hicieron. Una decisión que se justificó porque la sentencia que le condenó se atenía a derecho, dictada según la ley del momento. Se olvidaban que se trataba de una ley injusta. Y hete aquí que tuvo que ser la propia reina la que, haciendo uso de una de sus prerrogativas, acabara concediendo el perdón al insigne matemático precursor de la informática. 


El problema es que sólo se perdona a quien ha cometido una falta o un delito, precisamente por lo que fue castigado Turing. Los gobiernos, las cámaras y la propia reina han seguido pensando, pues, que fue un delincuente, aunque hoy en día no lo hubiera sido. And this is the question


Invito a contemplar la obra de arte de Tato Cort, de quien no me canso de repetir que es un excelente retratista, como tanto lo es de artista. Inspirado posiblemente en una fotografía en blanco y negro en la que aparece junto con una de sus máquinas, Tato Cort ha aplicado sobre el lienzo sus pinceladas anchas con tonalidades preferentemente verdosas y grises, salpicadas de unos fugaces amarillos, verdes y rojos. Las letras que aparecen en el fondo, en vez de los números matemáticos, quizás aludan al mundo que domina en nuestros días la comunicación humana. 


Una obra que no deja de ser un homenaje merecido a quien tanto debemos y que tan injustamente fue tratado. Un homenaje, en todo caso, artísticamente prodigioso.