
El país llevaba dos años viviendo una situación muy difícil, sobre todo desde que murió Hugo Chávez. El liderazgo del movimiento bolivariano se ha resentido, con un Nicolás Maduro sin su carisma. A ello hay que añadir fisuras internas, por causas diversas, y ante todo una ofensiva muy dura desde los grupos de oposición, que están haciendo uso de todo tipo de estratagemas para provocar una situación límite. Las dificultades en la distribución de productos básicos no se deben sólo errores del sistema o a la crisis económica que está viviendo el país, dentro de un panorama similar en el continente, sino en el acaparamiento de dichos productos por parte de sectores empresariales para, a la vez, perjudicar al gobierno y obtener los correspondientes beneficios. Táctica nada novedosa, pero enormemente útil.
De otro lado se encuentra la batalla de los derechos humanos y en ella la detención de dirigentes políticos de la oposición, como el de Leopoldo López, o el asesinato reciente del candidato Luis Manuel Díaz. No faltan las permanentes alusiones a la elevada violencia en el mundo de la delincuencia, que, siendo crónica desde décadas y menor que en otros países latinoamericanos, es utilizada profusamente.
Ayer Caracas fue escenario de una movilización multitudinaria, como acto de cierre de la campaña electoral. No cabe duda que el bolivarianismo ha sacado músculo otra vez. Lo que ocurra hoy lo sabremos mañana. La incertidumbre, repito, es grande. La dirección de los resultados marcará con toda seguridad el rumbo político del país y del continente. De esto hablaré en otra ocasión.