viernes, 22 de mayo de 2020

Poesía dedicada a Lenin: 2) cuatro poemas de poetas andaluces

Hace unos días publiqué el poema elegíaco "Vladimir Illich Lenin", que Vladimir Maiakovski escribió en honor del dirigente bolchevique tras su fallecimiento en 1924. Ahora voy a hacer lo propio con otros cuatro poemas dedicados a Lenin, en esta ocasión escritos por poetas andaluces: el cordobés (de Puente Genil) Juan Rejano Porras, el algecireño Adolfo Sánchez Vázquez, el salmantino-sevillano (de Osuna) Pedro Garfias y el gaditano (de El Puerto) Rafael Alberti. Los tres primeros poemas se publicaron en 1952 en la revista mexicana Nuestro Tiempo (los dos primeros, en enero-febrero, y el tercero, en julio) y los he localizado en el portal electrónico Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. El cuarto forma parte del libro de poemas Desprecio y maravilla, publicado en 1972.  



Canto de paz a Lenin

Juan Rejano Porras (1952)

I
Para llegar a ti, para cantarte,
padre inmortal, dialéctica centella,
yo necesitaría
una voz himalaya, un acento oceánico,
el verso con que Homero
dio cadencia a las islas mitológicas,
la música que duerme en la garganta
de los valles lunados del planeta.

¿Pero qué puedo darte, lámpara generosa,
si soy tan sólo un hálito sostenido en el viento,
si miro hacia la selva que tus brazos alzaron
y apenas sí sus bordes olorosos consigo?

Intentaré, no obstante, la aventura del pájaro
y viajaré entre endechas sobre tus vastos límites
para decir en cinco pétalos conmovidos
algo de lo que llena tu fragante morada.

II
No yaces: no estás lejos ni ausente ni impreciso
como los que se van,
                             como los que se van hacia las sombras
Sobre el pecho del Kremlin, nido ubérrimo,
muralla venturosa
de la paz y la vida
que ampara al oprimido de todos los confines, esta estrofa militante
quiero escribir en lengua de nardo o de paloma.
No duermes: no eres pausa ni olvido ni ceniza
como los que se llevan a la ribera silenciosa
el corazón helado por la duda
y astillas del vacío entre las manos herrumbrosas.
El aire, el mar, la luz, la cumbre, el héroe anónimo
te definen y esculpen sobre la piedra roja.
Todo lo que es eterno circunda y vivifica
tu presencia de llama, tu puntual aroma.
Como un astro amoroso, aun perdura tu frente,
sobre la que descansa la ciudad de la aurora,
la ciudad ecuménica del hombre,
la ciudad donde encuentran los sueños cada día su puerta luminosa.
Tu sangre está de pie como una lanza,
como un rosal, como una fuente pródiga,
y por ella corriendo van los jóvenes ríos,
las alas del trabajo socialista, la indómita
canción de un pueblo libre, inquebrantable,
soviética corola
de enardecida piel y labios diáfanos
que vencieron lo inerte y ya se posan
en la mejilla de otros recintos fraternales
y a cada esclavo de la tierra nombran.
Y tú, maestro ardiente, inagotable
polen, viva roca,
tú estás en las pupilas
del niño, en la brumosa
casa del pobre, al sur de los talleres,
al norte de la choza campesina,
en el jarro que el jornalero fatigado bebe,
entre las hojas
del árbol y del libro,
                           donde apunta
el dolor, donde el hombre explota al hombre,
allí donde se enciende un ansia
y un himno revolucionario asoma.

En medio de la noche de los siglos,
de las áridas luchas y las heridas luctuosas,
tú fuiste la primera claridad establecida,
tu planta tocó tierra sobre la nebulosa
de los negros sistemas iguales que patíbulos,
de las supersticiones y los mitos hipócritas
que amamantaba con sus largas ubres
la loba
capitalista
y agresora,
y por eso tu mundo fue el primer mundo virgen,
sustancia candorosa
donde el orden humano sin dogales se afirma
y el pan de la justicia se ofrece sin zozobra.

No yaces: no estás lejos ni ausente ni impreciso
como los que se van hacia las sombras.
Hasta el postrer aliento de vida, la montaña
perenne de tu frente presidirá las horas
fecundas, tu mirada
se alzará con el vuelo caudal de la victoria.

III
El látigo del zar hiere la estepa:
Lenin conduce un sueño de amapolas.

Se agazapa la muerte en un icono:
Lenin cruza la hoz con el martillo.

Siberia es un sudario de insumisos:
Lenin funda en la nieve duras páginas.

La semilla de Marx va entre eriales:
Lenin brota un fulgor, siembra un Partido.

Sube un arco doliente de las fábricas:
Lenin grita: ¡Juntad, unid los hombros!

La aciaga espina menchevique surge:
Lenin separa el hierro de la escoria.

El sol naciente clava un dardo a Rusia:
Lenin predice la columna rota.

Un domingo de sangre resplandece:
Lenin levanta al pueblo hacia su emblema.

Taller y surco, como un toro, embisten:
Lenin vuela en la luz de las banderas,

(Lenin vuela, origina, crea, irrumpe,
Lenin salva, pelea, ama, ordena,
Lenin, alto hemisferio, espuma insomne,
fértil cristal, erguida fortaleza.
Lenin, de polo a polo, luna errante,
Lenin, torrente inextinguible, letra
viva de la sabiduría, espada
proletaria, timón de la estrategia.
En cada poro, en cada fibra, Lenin,
Lenin, Lenin, quebrando las cadenas).

Llegan las horas  de repliegue y duelo:
Lenin con un laurel cubre su ejército.

Crepitan en su hoguera los imperios:
Lenin el desterrado está en su tierra.

Crece el incendio hasta tocar el cielo:
Lenin cruza en un tren forjando un rayo.

L a corona feudal rueda en el Indo:
Lenin pide el poder para los soviets.

Octubre estalla como un árbol rojo:
Lenin piensa en la paz, da tierra al paria.

El chacal extranjero envía sus dientes:
Lenin rompe las uñas invasoras.

Escala el hambre la vertiente niña:
Lenin cuida la espiga del futuro.

La noche empieza a retirar sus hieles:
Lenin dice: ¡Adelante, camaradas!

La edad comienza de abatir montañas:
Lenin sonríe al alba comunista.

(Lenin sonríe, ausculta, mira, impulsa,
Lenin contra el trotskista purulento,
Lenin más hondo que la muerte misma,
Lenin hacia el mañana, hacia lo eterno.
Sin vacilar, quemándose, quemando,
abriendo al hombre un resplandor perpetuo.
Lleno de verdes hojas perfumadas,
de musicales multitudes lleno.
Miradlo aquí, miradlo en todas partes:
Lenin, Lenin, campana de universo).

IV
Cuánto alumbró tu estrella, oh dinámico padre,
cuajado está en racimos de azúcar portentosa.
Cuánto anunció tu genio como un clarín al rojo,
en marcha incontenible, la madurez encuentra.
A tu costado escucha -radiante caracola-
la melodía innúmera de un país laborioso
escucha y dime, Lenin, si hubo nunca en la tierra
un hogar como el tuyo, tan firmemente bello.
Llega al koljós, al huerto, a la pradera,
mira el durazno rezumando mieles,
la yegua con los belfos de rocío,
el trigo rumoroso, satisfecho el abrigo.
Llega al torno, a la rueda bullidora,
mira el acero concentrar sus venas,
las bielas impacientes, los motores,
el ajuste perfecto de los seres mecánicos.
Llega al aula, al enjambre jubiloso,
mira el férvido afán, el pensamiento
nutriéndose de savias elocuentes,
la formación alegre de los tiernos epígonos.

Llega, Lenin, y mira. Escucha a tu costado
ascender las cosechas que tu grandeza buscan,
tu patria honrando el fuego creador del leninismo.
No floreció este ramo sonoro, sin embargo,
en el limpio sosiego, bajo un sol confiado.
La ronda de reptiles, el gángster, la pistola,
los turbios millonarios de todas las letrinas,
cada dulce latido con pavor acecharon,
con pavor, con envidia enroscada en el hígado,
conjurados, dispuestos al venenoso asalto.
Pero al pie de tu ejemplo, Lenin, un hombre hubo
que dijo: Te juramos ejecutar sin tregua
tus mandatos.
                   Entonces fue el heroico "crescendo",
la cita con lo inmenso, la estatura gigante.
Entonces se colmaron de abundancia
los senos maternales, en el campo
fue primavera inmarcesible, el agua
lamió las presas como hermosos buques
en la llanura anclados,
                              brotaron deslumbrantes
los grandes armazones de la técnica, el aura
de las artes, los códigos
políticos, los prodigiosos
cultivos de la ciencia, los canales
que en cintas de frescura sobre el yermo se tienden.

Y un día... un día, Lenin -mi pulso se acongoja-
los rencores en masa, el odio acumulado,
tromba de enfurecidas bestias, entró en tus ámbitos,
acribilló su espalda, destruyó sus tesoros,
y lágrimas y escombros sus ciudades redujo.
Solos en el martirio tus hijos estuvieron,
no hubo un segundo pecho que aliviara tu estrago,
pero de las entrañas mismas, apuñaladas,
se alzó la patria, sacudió su mole
y, al ritmo de tu enseña lo mismo que un relámpago,
cayó sobre las hordas del espanto,
abatió su soberbia, dejó escritas
las hazañas que al mundo liberaron
de la ponzoña parda, la esclavitud, el cieno.

En la frutal faena y en la batalla extensa,
un capitán condujo las huestes al triunfo:
Stalin, tu discípulo, tu amado y fiel Stalin.

V
Hoy estamos labrando, con la harina más noble,
el pan que fue tu orilla, tu esencial alimento:
hoy estamos ganando la paz al hitleriano
vestido de demócrata, lanzado al exterminio.

Corea se desangra como un niño caído,
se desangra y resurge como un torso iracundo.
Corea está creando la paz dichosa y clara
sobre un charco de crímenes que Wall Street decreta.

Viet-Nam, herido el cuerpo por un grotesco imperio
que vive del Plan Marshall y se humilla al Pentágono,
promueve vendavales guerrilleros, llevando
la paz en lo más alto de su indomable insignia.

También la paz construye su estandarte en Egipto,
que el gentlemen podrido agujerea a balazos.
Egipto, defendiendo su independencia trunca,
también la paz acerca a las fauces sedientas.

Grecia, en su cárcel nazi, alimenta el desquite,
con los huesos partidos por caballeros yanquis.
Grecia espera y resiste como un mármol pentélico
y entrega un sacrificio a la paz cada hora.

España -¡ay, de mi España!-, traicionada, vendida
al dólar insolente, se revuelve, combate
y jura no ser filo del hacha imperialista,
a la paz elevando sus ojos perseguidos.

Y el clamor de las almas sencillas, la corriente
del ímpetu pacifico rodea la cintura
del orbe reclamando mordazas para el lobo
atómico, un concierto de paz entre los grandes.

Es el grito angustiado que en todos los parajes
y entre todos los credos unánime resuena.
Yo lo llevo en mi canto como un ave exigente
y en el desnudo espacio sus silabas desnudo:

¡La paz no está en el bloque de caimanes atlánticos,
no está en la calavera sonriente de Truman,
la paz no está en la inicua mandíbula de Churchill
ni en la baba de Tito ni en el puñal de Franco!

La paz está en la ola popular y el hermano
que va calle por calle repartiendo cordura.
La paz está en la aldea, en la escuela, en el templo,
en el joven y el viejo, de esperanza transidos.

La paz, Lenin, la paz que se edifica
con tu materia y vive en elemento
la paz es el plumaje que nos cubre,
congrega nuestra fe, nuestros ejércitos.
Contempla este océano en vilo, mira
el dulce rostro de la paz naciendo
entre el ramaje de una estirpe nueva
que tan sólo en la paz funda su imperio.

Nunca una suma igual de voluntades
con tanta fuerza se ciñó a un anhelo.
Nunca encontró la paz más puro albergue,
mayor fervor, más dilatado aliento.

Ganaremos la paz, Lenin, juramos
ganar la paz, no permitir que el hierro
del salvaje aniquile tus estancias,
cave una tumba para el mundo entero.

Ganaremos la paz al falangista
que ha entregado la patria, ganaremos
la patria, el sol, la libertad caída,
la sonrisa y la espiga para el pueblo.

E iremos hasta ti con una rama
de mi olivo natal, un día sereno,
para cantar su inmensidad cumplida
sobre la libre rosa de los vientos.



Romance español de Lenin

Adolfo Sánchez Vázquez (1952)

Movidos por tu palabra,
cerca de la vida, lejos
de la muerte que no puede
tenerlos en cautiverio,
abriendo nuevos caminos
en la sabana del tiempo,
los comunistas afirman,
en la eternidad, tu sueño.

Nunca se cansan sus brazos
de empujar tu pensamiento,
levantándolo en la noche
hasta iluminar el ciclo.
Golpe tras golpe, su sangre
alza un nuevo firmamento,
donde camina tu estrella,
contra la muerte, ascendiendo.
Perros rabiosos persiguen
su luz en todos los pechos.

Asoma la libertad
con su doloroso vuelo
y la primavera humana
anuncia todos los vientos.

En el mapa socialista,
que ya ignora los desiertos,
verdes franjas engarzadas
ponen la vida en lo muerto.

Huye el pasado en sus campos,
como un fantasma en silencio
El futuro ya se ciñe
a la cintura de! cuerpo.
Nuevos relojes se inventan
para medir nuevos tiempos;
Nuevas medidas que miden
la realidad de los sueños.

La nave que tú dejaste,
navega contra los vientos.
Buen capitán la conduce
tocando seguro puerto.
Sobre el mar, sobre la noche,
contra remolinos ciegos,
contra tormentas de sangre,
Stalin, pulso de acero,
va señalando la estrella
que orienta hacia la eterno.

Y tú, prisionera España,
que entre sombras te contemplo,
en renovada esperanza
de que salgas del tormento.
España que sólo heridas
encuentras por alimento,
Lenin, vive con nosotros,
hecho realidad y sueño.
Viven su luz y sus vientos,
la roca de su doctrina,
la llama de su recuerdo,
la piqueta que sus manos
hundieron, viva, en lo muerto.

Para arrancar los cuchillos
que te atraviesan los pechos,
para desclavar los clavos
con que clavaron tu cuerpo,
están tus hombres tendidos
como espadas en acecho,
como martillos sangrantes
que destruyen los cimientos
de los muros que sostienen
sólo crimen, sangre y cieno,
v está la luz que le llega
de Lenin, padre de sueños...



A Lenin

Pedro Garfias (1952)

Me parecías
como esas voces que dicen
cosas a las cosas vivas,
a la sangre que conserva
una humanidad herida,
a la tierra que es de tierra
y a la hormiga y a la espiga.

Me parecías
una voz tan duradera
que me dura todavía.
Me parecías
una voz de acero dulce
exigente y conmovida.
Igual levantabas mundos
que levantabas sonrisas.

Blando con el mundo bueno,
duro con las injusticias.
Corazón de pecho entero
y ojos de mirada limpia.
De haberte yo conocido
mi pan alimentarías
dando frío a mi calor
y llamas a mis cenizas.

Padre Lenin, padre Lenin:
cuando naciste Marx y Engels sonreían.
Mientras viviste
crecieron las cosas limpias.
Cuando moriste
una mano precavida
tenía todas las riendas
de unos pueblos sin fatiga.

Antes de nombrar el nombre
del que te substituía,
discípulo tuyo, hermano,
y de la misma familia,
dime, padre Lenin, dime
de tus perennes vigilias.
Si era de día tu noche
y tu día era de día
¿de dónde sacabas fuerzas
cuando dormías?

Qué calor sentir tu sangre
correr por mis venas frías;
qué gozo sentir tu idea
arder en mi frente viva
y qué orgullo sentirse
comunista,
comunista de verdad:
leninista-stalinista.



1917

Rafael Alberti (1972)

Entonces yo tenía quince años
y yo llegaba de mi mar de Cádiz,
mi pequeña bahía azul y blanca,
a una ciudad distante, tierra adentro.
Y era 1917.

Una paleta de pintor me abría,
hoja verde en la mano, al claro sueño
de todos los colores. Se me entraba
la vida como un cálido paisaje.
Nada había: solamente eso.
Transparentar las sombras con un lila,
iluminar el agua con un blanco,
Hacer del sol un girasol de fuego.
Nada sabía, mas de pronto un hombre,
una aurora de Octubre, alumbró un rojo
nuevo en la noche del planeta: Lenin.

(Desprecio y maravilla, Barcelona, Seix Barral, 2002).