Hace
un par días estuve viendo en Zahara de los Atunes el documental Lorca en La Habana. Incluido en las actividades de la Semana Cultural que organizado su Ayuntamiento, ha sido un bonito y emotivo homenaje al literato granadino, del que se cumple el 90 aniversario de su asesinato por el fascismo.
Con dirección y guion de José Antonio Torres y Antonio Manuel Rodríguez, estamos ante una recreación
muy original de la estancia del literato granadino en Cuba durante la primavera
de 1930. Después de su experiencia neoyorkina, adonde había llegado en junio de
1929, ya de regreso a España fue
invitado por instituciones culturales cubanas con el fin de impartir varias
conferencias. Y lo que inicialmente iba a ser una estancia corta, acabó prolongándose
de marzo a junio.
Y
a ello no fue ajena la calidez humana que encontró en la isla caribeña, donde descubrió
una sociedad viva, en la que el mestizaje cultural le llevó a sentir una gran cercanía
con su Andalucía natal. Ni podemos olvidar tampoco el contraste con la realidad
que había vivido durante los nueve meses en que residió en la Meca del
capitalismo internacional. Allí conoció el impacto del crack de la bolsa neoyorkina, que estalló en octubre de 1929, y el
consiguiente inicio de la profunda crisis económica que se extendió por todo el
mundo. Pero, ante todo, sintió el ambiente de una sociedad donde la
deshumanización de la vida se palpaba en cada momento.
Como
es sabido, fruto de ese viaje Lorca escribió su famoso Poeta en Nueva York, que empieza con estos versos:
Asesinado por el cielo,entre las formas que van hacia la sierpey las formas que buscan el cristal,dejaré crecer mis cabellos.
Y
cuyos versos finales, dentro de una especie de epílogo titulado “El poeta llega
a La Habana”, rezan así:
Cuando llegue la luna llena iré a Santiago de Cuba,iré a Santiago,en un coche de agua negrairé a Santiago.Cantarán los techos de palmera,Iré a Santiago.[…]¡Oh bovino frescor de cañavera!¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro!Iré a Santiago.
En
la estructura de la película se intercalan testimonios ficcionados de las
personas que conocieron en su día a Lorca, entrevistas de estudiosos de su vida
y obra, y representaciones breves en forma de teatro, guiñol y música, con imágenes
rodadas en los distintos lugares que
recorrió.
A
lo largo de casi hora y media van desfilando de ese tiempo pasado, interpretados
por artistas cubanos, el propio Federico
García Lorca (Javier Jiménez Noia); Flor Loynaz (Inima Dulce Fuentes) y Nicolás
Guillén (Carlos Cruz), poetas; Lydia Cabrera (Laura Martín), etnóloga cubana; José
María Chacón (Javier Vergara), diplomático cubano; Adolfo Salazar (Manuel
Carrasco Santos), musicólogo español; o la madre de Federico (Antonia Carranza).
De nuestro tiempo aparecen Urbano Martínez Carmenate, Ciro Bianchi y Luis
Machado Ordext, escritores; y Tania Licea Jiménez, lingüista. También lo hacen Rubén
Darío Salazar, que actúa con su guiñol dedicado al poeta; Antony Bernal, director
de la compañía Trebol Gitano, con escenas
de La casa de Bernarda Alba; los grupos
musicales Descendencia Rumbera y Ke Bolá; y el gaditano Jesús Bienvenido y la
jiennense Roko, que cantan “Habanera de la máscara”, el tema principal de la banda
sonora de la película.
En
su mayor parte se refleja la presencia de Federico García Lorca en Cuba y el
impacto tan positivo, de felicidad y alegría, que le supuso. Tal como ha manifestado
Antonio Manuel Rodríguez: “se sintió escandalosamente andaluz. No solamente en
las cartas que enviaba a sus padres, donde en más de una ocasión habla del
paralelismo, de la semejanza con su tierra, de que verdaderamente se había
sentido andaluz en Cuba. Y que había conocido una Andalucía en Cuba”. No faltan
tampoco referencias al devenir trágico de lo ocurrido seis años después y la
decisión fatal e irreversible que tomó el 13 de julio de 1936, abandonando Madrid
camino de Granada.
Es lo que
explica la metáfora del traje blanco que compró en La Habana y que cambió por
otro negro en su regreso a España.

