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miércoles, 4 de febrero de 2026
Más poemas de Eugenio Abel Maroto dedicados a Manuel Abel Romero
Tanto dolor en mi corazón llevo que su peso
en mi cuerpo, en vez de recto, encorvado camina.
Se llenan continuamente mis pupilas
de lágrimas de amor por el hijo que se llevan.
No, no traed para sentarme una silla.
Dejad mi cuerpo quebrado sobre el suelo,
si hay Dios que me lo devuelva con vida.
Pues no hay justicia en los altares,
apartan al hombre y borran con guadaña su doctrina.
Días oscuros
Cae la noche y una madre mira que se abra la puerta;
sangre de mi sangre, mi alma de ti está llena,
larga es mi espera.
Son noches sin luna, de llanto y dolor;
con la aurora las noticias no llegan;
¡Hijo mío!, ¿dónde te han llevado?
¡Buscamos tu estrella!
Muy de mañana en Zahara preguntamos
por saber dónde estabas; se hizo la noche,
queda la esperanza, poco a poco la llama se apaga.
¡Este mundo es tan grande! Quisiera
encontrarte, que vuelva mi Dios.
El otoño se acaba y no dicen nada los que te apresaron.
La tormenta trae lluvia y el tiempo no cambia;
aumenta nuestro dolor; sospechas tenemos
de que te asesinaron sin juicios ni pruebas,
sin nosotros... decirte adiós.
Hay un demonio que no es humano
y hace la guerra sembrando el terror
tu familia te dice que nunca te olvida; son sentimientos
eternos los que dejan heridas en el corazón.
De vuelta a casa
(Homenaje a Manuel Abel Romero. Su familia)
Podrán matar tu cuerpo, pero tus ideas son
como esporas transportadas por el viento,
en estas tierras finas crecerán.
La aurora arrancó la primavera y en esos
campos lejanos, donde a ti te asesinaron,
rosas blancas acaban de brotar.
Maestro, tus sueños ahora son nuestros sueños;
las olas traen hasta tu casa en
Bonanza tus ansias de libertad.
Aunque hayan pasado cien años, tu memoria
en nuestra alma vivirá, luz que ilumina nuestro universo;
y como el Ave Fénix queremos... contigo eternamente volar.
El Crepúsculo y la Tormenta
(Familia de Manuel Abel Romero)
Sucedió cuando más tronaba el cielo,
su relato en la familia sigue fresco;
la puerta que se quede abierta...por si volviera el maestro.
Una madre cada noche, cada día, cada nuevo
amanecer le espera; dice: “eres mi luz y mi guía…
nadie sabe cómo yo te quiero”.
Estaba dispuesta la mesa, todos rezan un Padre Nuestro;
cuando llaman a la puerta por encargo del infierno.
Hacia la muerte camina sin saberlo…
al maestro llevan preso;
quieren arrancar de sus carnes con las balas
la libertad y sus pensamientos.
Arrancar la vieja doctrina del saber
y el conocimiento;
que se apaguen los luceros,
predica el Nacional Movimiento.
En los campos de Zahara germinan sus sentimientos;
y llegan hasta Bonanza esparcidos por el viento.
Un veintitrés de enero, cuando la aurora comienza;
caen desde las estrellas, en sus finas arenas,
esporas nacidas de entre sus huesos.
Había un tren y un pinar donde de niño solía jugar;
ya no está el tren donde arrancaron los pinos,
rosas blancas han florecido.
Sus amigos y su familia estamos aquí, a tu
cofre abrazados para recoger de estos campos
y sus viñas los frutos de tu legado.
