jueves, 10 de marzo de 2011

De errantes a errados

Hace unos meses leí el libro El judío errado, del periodista Alberto Pradilla. No sé dónde, el otro día volví a saber de él. El autor es joven, pero cuenta ya con una carrera profesional intensa si nos atenemos a los lugares por los que ha transitado en busca de algo más que noticias. Israel es uno de sus lugares favoritos, donde ha buceado en sus profundidades para conocer a sus gentes. Israel es un estado judío, el único como tal, nacido en 1948, enclavado en territorio palestino y en un proceso de permanente y controlada expansión territorial a base de ocupar los lugares donde vive la población originaria del lugar, la palestina, para colonizarlos con asentamientos de población que se considera judía. El resultado son más de seis décadas en un estado permanente de guerra, más o menos abierta y de mayor o menor envergadura. De esta manera se entiende que haya escrito cosas como ésta: “Transferencia de población, limpieza étnica, pureza demográfica… Son conceptos espeluznantes que en Israel se repiten con absoluta normalidad”.

A lo largo del libro hace un repaso del nuevo Israel, transformado de tal manera que hasta han desaparecido ya lo que inicialmente se defendió por buena parte de la población judía sionista como una de sus señas de identidad dentro de una aspiración igualitaria: los kibbutzs. Para definir el grado de militarización alcanzado en esa sociedad se refiere, como hace en el título de uno de sus capítulos, a “Un ejército con un estado”. Entre la escasa oposición que existe dentro de la población israelí, se ha centrado en un movimiento pacifista muy minoritario y en declive. En palabras de Gideon Levy, un periodista pacifista, “el estado se ha vuelto muy nacionalista, muy militarista. Esta sociedad se ha vuelto muy peligrosa porque ahora es completamente indiferente al asesinato de niños y a todo lo que ha pasado en Gaza”. No falta tampoco en el libro el tratamiento del caso Mordejai Vanunu, el científico nuclear acusado de desvelar secretos de estado y víctima de una represión escandalosa, del que publica una entrevista. Sabedor de que Israel habría fabricado unas 100 bombas atómicas, en 1986 lo hizo público internacionalmente: “tenía pruebas, tenía fotos (…). Mi objetivo era la destrucción de las armas atómicas de todo el mundo, no sólo de Israel”.  

¿Tiene solución el problema? Pradillas no ha pasado por alto el decisivo apoyo con el que cuenta  por parte de EEUU y la pasividad del resto de potencias occidentales. Todo lo que está ocurriendo durante décadas persistirá “mientras no exista una presión internacional que obligue a Israel a convertirse en un estado para todos sus ciudadanos, no sólo para los miembros de la etnia mayoritaria”, apunta. Escéptico, al final del libro se refiere a otra de las claves, quizás la primera para comprender la raíz del problema: “cuando la única razón en un debate es apelar a las promesas aparecidas en un libro escrito hace 3.000 años, es difícil que exista algún hueco para el intercambio de ideas”.