
Siguiendo la perspectiva que Galdung ha propuesto para el análisis y tratamiento de la violencia, la violencia directa, donde entran todos los casos de violencia física contra las mujeres, es sólo la punta del iceberg de una violencia estructural, que emana del patriarcado; y otra violencia cultural, que se manifiesta en las prácticas cotidianas, por muy nimias que sean, que reproducen el dominio del varón en todos los ámbitos de la vida. La ideología androcéntrica crea, de esta manera, unos modelos de masculinidad y feminidad, larga y fuertemente arraigados en la sociedad, que alimenta comportamientos dominadores para los varones y de sumisión para las mujeres. Pero no todos los modelos de masculinidad tienen por qué ser iguales, de manera que hay varones que pueden sufrir la violencia androcéntrica de lo que se llama con frecuencia "hombres de verdad", "machos"... Hay varones que la sufren, por ejemplo, cuando su orientación sexual no es hetero, cuando manifiestan rasgos de personalidad que se atribuyen a las mujeres, cuando, en definitiva, se salen del modelo de masculinidad tradicional.
Y aquí entran las religiones, en cuyo seno se defienden, sobre todo por sus dirigentes, modelos patriarcales, por lo que contribuyen a crear caldos de cultivo para la violencia contra las mujeres y no sólo. Y la Iglesia Católica es acérrimamente patriarcal en su organización. No es cierto que dentro del matrimonio católico no haya violencia. La hay, como en todos los matrimonios y relaciones entre las personas, directa, pero también, y sobre todo, violencia estructural y violencia cultural, que son las que alimentan a la primera. Así se explica que se den reiteradamente casos de violencia sexual por una parte del clero contra menores, en gran medida, y no menores.
Pretender separar el origen de la violencia en ambas manifestaciones de oprobio contra las personas (mujeres y menores) es de canallas o de ignorantes. Y en el caso del obispo de Alcalá de Henares tengo clara la respuesta.