
EEUU lleva tiempo moviendo sus piezas para incluir a Ucrania en el seno de la OTAN. Esto en sí mismo, como otras tantas (Yugoslavia, Georgia, Kosovo...), es una provocación a toda regla a Rusia. Supone de hecho el incumplimiento de lo acordado en la plenitud del proceso de desintegración de la URSS a principios de los noventa. La Unión Europea, por su parte, ha orientado su intervención en se país por la vía económica. Los intereses de Alemania, en mayor medida, y Francia está chocando, sin embargo, con las relaciones económicas que mantienen con Rusia y que en el caso de Alemania, además, conllevan el suministro energético de gas natural. Durante los últimos meses estamos asistiendo a un juego de reuniones, declaraciones y decisiones que llevan en su seno dos cosas: el castigo a Rusia y la sumisión de las potencias europeas a EEUU. No debemos olvidar que la bajada de los precios del petróleo tiene que ver con el acuerdo entre EEUU y Arabia Saudí para seguir aumentando la producción, lo que está perjudicando a Rusia, Irán y Venezuela.
Rusia ha respondido con una mayor contundencia que en otras ocasiones. Por tres razones principales: Ucrania es un país colindante, no es menor por sus dimensiones y se debe a una parte de la población que no quiere saber nada del horizonte occidental. La guerra de baja intensidad que se está dando en Donetsk-Lugansk corre el peligro de convertirse en un polvorín que acabe extendiéndose al conjunto del continente.
Ignoro cuál puede ser el alcance del recién firmado acuerdo de paz en Minks, la capital bielorrusa, entre las máximas autoridades de Ucrania, Rusia, Alemania y Francia, que ha contado también con el apoyo de las autoridades de Donetsk-Lugansk. Sobre el papel es una apuesta por la vida diplomática y por la resolución pacífica del conflicto interno ucraniano. Pero, atención, ¿qué hará EEUU? ¡Ay!