jueves, 15 de enero de 2026

La belleza de un atardecer, entre poemas


Hacia el ocaso radiante

Hacia un ocaso radiante
caminaba el sol de estío,
y era, entre nubes de fuego, una trompeta gigante,
tras de los álamos verdes de las márgenes del río.
Dentro de un olmo sonaba la sempiterna tijera
de la cigarra cantora, el monorritmo jovial,
entre metal y madera,
que es la canción estival.
En una huerta sombría,
giraban los cangilones de la noria soñolienta.
Bajo las ramas oscuras el son del agua se oía.
Era una tarde de julio, luminosa y polvorienta.
Yo iba haciendo mi camino,
absorto en el solitario crepúsculo campesino.
Y pensaba: “¡Hermosa tarde, nota de la lira inmensa
toda desdén y armonía;
hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía
de este rincón vanidoso, oscuro rincón que piensa!”
Pasaba el agua rizada bajo los ojos del puente.
Lejos la ciudad dormía,
como cubierta de un mago fanal de oro transparente.
Bajo los arcos de piedra el agua clara corría.
Los últimos arreboles coronaban las colinas
manchadas de olivos grises y de negruzcas encinas.
Yo caminaba cansado,
sintiendo la vieja angustia que hace el corazón pesado.
El agua en sombra pasaba tan melancólicamente,
bajo los arcos del puente,
como si al pasar dijera:
”Apenas desamarrada
la pobre barca, viajero, del árbol de la ribera,
se canta: no somos nada.
Donde acaba el pobre río la inmensa mar nos espera”.
Bajo los ojos del puente pasaba el agua sombría.
(Yo pensaba: ¡el alma mía!)
Y me detuve un momento,
en la tarde, a meditar...
¿Qué es esta gota en el viento
que grita al mar: soy el mar?
Vibraba el aire asordado
por los élitros cantores que hacen el campo sonoro,
cual si estuviera sembrado
de campanitas de oro.
En el azul fulguraba
un lucero diamantino.
Cálido viento soplaba
alborotando el camino.
Yo, en la tarde polvorienta,
hacia la ciudad volvía.
Sonaban los cangilones de la noria soñolienta.
Bajo las ramas oscuras caer el agua se oía.

(Antonio Machado)




Atardecer

Siento mi corazón en la dulzura
fundirse como ceras:
son un óleo tardo
y no un vino mis venas,
y siento que mi vida se va huyendo
callada y dulce como la gacela.

(Gabriela Mistral)




Playa de la Hierbabuena

Besa el infinito la arena
Y traen las mareas
historias del ayer
que los pueblos dejaron
escritas en la playa.

Embelesado el aire,
salobre y azul,
busca en las copas
de los pinos
las reverberaciones de la luz
incendiando las ramas
que miran al sol
del mediodía.

Tu virginal frescura
de espuma y hierbabuena
guardada en el silencio
de los días laborables
se entrega al alboroto
de los cuerpos desnudos
que llegan los domingos
en alegres bandadas
a imponerle sus voces
a la dulce salmodia
de las olas.

Hierbabuena y salitre
y la historia del mundo
dibujada en la arena
de una playa que guarda
el sagrado secreto
del silencio.

(José Gilabert Ramos)




¡Qué ancho es el Estrecho!

¡Qué ancho es el Estrecho, camarada,
para quien alcanzar la otra ribera 
es como abrazar la primavera 
e intercambiar el todo por la nada!

A bordo de una mísera patera, 
vieja la esperanza arrinconada, 
al garete, sin fe, desaborlada, 
soñando que, tal vez, es la manera

de arribar a un país hospitalario 
donde ser bien acogido sea un hecho 
tan real como ser justo y solidario.

Si en nuestras costas la ley y el derecho 
no asisten al indefenso y al precario, 
camarada, ¡qué ancho es el Estrecho!

(Francisco Malia Sánchez)