
Por otro lado, no debemos olvidar que la popularidad de la monarquía, según los datos del CIS, ha ido bajando progresivamente con el tiempo hasta situarse en la actualidad con los 3,7 puntos sobre
Juan Carlos I contó con la ayuda de
varios aparatos poderosos: EEUU, el ejército, las finanzas, los partidos del
sistema y los medios de comunicación. La imagen de timonel de la Transición y del
salvador en el golpe de estado del 23 de febrero de 1981 ha sido
escrupulosamente cuidada, cuando no distorsionada, durante décadas, hasta el
punto que por ello se le han perdonado numerosos y variados asuntos turbios,
desde los líos de faldas hasta los financieros. No sabemos de su fortuna, pero sí de los tejemanejes y demás eventos que se ha traído con personas muy allegadas que, en algunos casos, han tenido que traspasar el otro lado de las rejas (los Prado y Colón de Carvajal, De la rosa, Conde, Díaz Ferrán...) y, cómo no, con sus amigos los emires del Golfo. Pese a ello, con el paso del
tiempo se ha ido relajando la protección de su imagen. El libro reciente de
Pilar Urbano sobre Adolfo Suárez es un buen ejemplo de cómo su figura se está
desacralizando incluso entre quienes participaron en la construcción de la campana
de cristal que la protegía.
Con la abdicación puede que se esté buscando un recambio en la
figura de su hijo Felipe como una forma de dotar a la institución monárquica de
una imagen más moderna y rejuvenecida. Una forma de poner freno a una sangría. Peor
el futuro nuevo rey -¿lo será?- tiene, de partida, dos obstáculos: no
dispone de la legitimidad de la que fue conferido su padre y cuenta con una
opinión pública que ve cada vez más la institución que encarna como un
anacronismo.
¿Supone todo esto el principio del fin del sistema político levantado durantela Transición y basado en la Constitución de 1978?
Mucha gente, por el momento, está en la calle mostrando su anhelo por la Tercera República. Está
por ver.
¿Supone todo esto el principio del fin del sistema político levantado durante