
Ha muerto Saramago, aquel que recibió el Premio Nobel en 1998, que fue militante del partido comunista portugués, que se fue de su país cuando el gobierno se unió a la condena del Vaticano de El evangelio según Jesucristo, que defendió la ibericidad, que alzó la voz permanente contra las injusticias, que nombró al imperio para condenarlo, que nos recordó que el poder actual emana de las grandes empresas...
También el mismo que criticó a Cuba cuando las últimas condenas a muerte de 2003 ("hasta aquí he llegado"), aunque después se reconciliara ("amigo de Cuba en cualquier circunstancia"). Y el mismo que apoyó a Zapatero en las elecciones de hace dos años. Si lo primero me pareció un acto de honradez, lo segundo lo fue de pérdida de lucidez. Si en lo primero se mostró rotundo ante la decepción de lo ocurrido (Galeano se quedó con un "Cuba duele"), en lo segundo se abrió hacia el peligroso posibilismo de lo menos malo. Si con Cuba fue implacable, ante Zapatero mostró debilidad.
Dos pasajes de Memorial del convento pueden resumir su obra y pensamiento. Uno, cuando muere Bartolomeu Lourenço de Gusmao, el cura inventor de una máquina voladora: "Y la máquina, Allí sigue, qué haremos con ella, Cuidadla, cuidadla, puede que vuelva a volar un día". Otro, en las últimas líneas del libro, cuando Baltasar Sietesoles es quemado en la hoguera: "Entonces Blimunda dijo, Ven. Se desprendió la voluntad de Baltasar Sietesoles, pero no subió hacia las estrellas, si a la tierra pertenecía y a Blimunda".