
Si hasta aquí todo resulta propio de su condición social, en 2006 tuvo lugar un hecho que creo que resulta de gran importancia por el fuerte componente simbólico que contiene: su reconocimiento como Hija Predilecta de Andalucía. Fue una iniciativa del gobierno andaluz, que entonces presidía Manuel Chaves, y contó con el apoyo del Parlamento de Andalucía a través de los votos de PSOE y PP, no así de IU. Durante la entrega de los galardones -el 28 de febrero, Día de Andalucía- se produjeron unos incidentes en los aledaños del Teatro de la Maestranza de Sevilla. El Sindicato de Obreros del Campo había organizado un acto de protesta pacífico, pero la actuación policial se saldó con golpes, detenciones y los posteriores procesamientos y sanciones. No faltaron las palabras de desprecio que la propia duquesa de Alba dirigió al mundo jornalero.
Si he traído esto último a colación, es porque ilustra con claridad el grado de servilismo a que llegó el PSOE, en este caso en Andalucía, en relación a los grupos sociales dominantes. La casa de Alba simboliza mejor que ninguna otra la pervivencia de la antigua aristocracia feudal, adaptada a la perfección al modelo capitalista desde el siglo XIX y parte fundamental del entramado socioeconómico del neoliberalismo dominante en nuestros días.
He leído que Alfonso Guerra ha lanzado esta mañana un panegírico sobre la figura de la duquesa. También, que en su día ella misma llegó a declararse felipista. Por Felipe González. Al fin y al cabo con el PSOE toda esta gente no perdió nada, sino todo lo contrario.